Gente solitaria

Hay gente que tiene vocación para la soledad. Recuerdo a una mujer con la que conviví hace tiempo. Sus únicas salidas a la calle eran para trabajar o para ir al supermercado a comprar víveres para la semana. No es que fuera desagradable, al contrario, tenía un trato suave y cálido. Empatizaba con la gente notando detalles sencillos pero importantes: si a alguien se le caía en botón de la blusa,  acercaba un segurito. Si alguien se iba de vacaciones, se encargaba de regar las macetitas de la oficina, sin que nadie lo pidiera. Vaya, su presencia era silenciosa, pero constante. Por eso a todo mundo le caía bien. La invitaban a reuniones, idas al cine, a tomar café, pero siempre declinaba cortésmente. Un día, hocicona como soy, le pregunté si había alguna causa específica por la cual sistemáticamente se negaba a convivir con la gente, y me respondió que aquello no le producía ningún placer. La gente le gustaba, sí, pero no tanto como para estar con ella en sus ratos libres. Ella prefería la tranquilidad de su casa, la soledad entre las notas de música (era especialista en blues y jazz), y la compañía de Nina, su viejo pastor inglés.  Me comentó que desde pequeña su carácter introvertido le había causado problemas. Sus maestros y adultos alrededor la presionaban para hacer amigos, realizar actividades grupales, convivir. Pero no era lo suyo. Apreciaba a la gente, le caían bien sus compañeras, pero no le gustaba el contacto extra con nadie. Al crecer, no hubo necesidad de justificar nada. Dejaron de molestarla. Comenzó a abandonar el sentimiento de hacer algo malo y se dedicó a lo suyo: trabajar y estar consigo misma.

Ella fue la que me contó que Harper Lee, autora de Matar a un Ruiseñor, tenía un profundo espíritu solitario que le hacía evitar a toda cosa a cualquiera que invadiera su privacidad. No daba entrevistas salvo en ocasiones contadas y si la homenajeaban y tenía que ir, evitaba dar el discurso. Lo mismo pasaba en Proust, que a pesar de superar su timidez y salir a cafés y hacer amigos con facilidad, optó después de la muerte de su madre, en 1905, por abandonar su casa lo menos posible. J.D. Salinger también fue un celoso de su intimidad: dio su última entrevista en 1980 y murió hasta el 2010. No lo volvieron a ver en persona. Similar fue el caso de Emily Dickinson, a quien se le veía únicamente pasear por los jardines de su casa. Su timidez era tal que parte de su obra, publicada inicialmente bajo un seudónimo, vio la luz gracias a que su hermana se empeñó en imprimirla. Mucho más reciente es el caso de Thomas Pynchon, quien ha velado su privacidad al grado de tener no más de una decena de fotos del autor. Su identidad fue incluso cuidada en un capítulo de los Simpson, donde accedió a participara porque a su hijo le gustaba la serie. Ahí, lo caricaturizan con una bolsa de pan en la cabeza marcada con un símbolo de interrogación. Intercambia diálogos con Lisa y para despejar incógnitas, aclaró que efectivamente, la voz era la suya. Más o menos lo mismo ha ocurrido con quien escribe bajo el seudónimo de Elena Ferrante, de quien, a pesar de haber muchas teorías sobre su identidad, lo cierto es que bien a bien, nadie sabe de quién es la pluma.

No es lo mismo la soledad de Eleanor Rigby y no pertenecer a nadie, ni saber de dónde viene; a la soledad abrazada voluntariamente, aquella con la que estamos cómodos y con la que nos encontramos para disfrutar de nosotros mismos. 

Me gusta tener gente alrededor. Sin embargo, he confesado ya que soy una introvertida de clóset. Aun cuando sea yo quien organice los mitotes, siempre necesito unos diez minutos a solas, fuera del gentío y del bullicio. Ahí, en la banca de la entrada de mi casa, me encontró Ricardo, quien iba entrando a la fiesta que organizamos el sábado, cargaba un tiramisú que resultó ser  una delicia y se me quedó viendo con cara de sorpresa mientras yo tomaba calmadamente una taza de tinto caliente. Ya había yo recargado mi soledad interna y entonces, entramos a la casa, a seguir abrazando, brindando y comiendo. 

En la calle Stanley de Liverpool hay una estatua de una mujer de mediana edad, homenajeando a Eleanor Rigby. La escultura está sentada en una banca de metal, en donde queda espacio suficiente para que una persona más se siente. Tiene un letrero donde se lee “Dedicated to all the lonely people”, es decir, dedicado a toda la gente solitaria.  En estas épocas de jolgorio y bullicio no está mal darnos tiempo para sentarse a lado de Eleanor y abrazar la soledad como la amiga poco entendida y vagamente apreciada; pero que estará ahí constantemente, dándonos oportunidad para  que escuchamos las voces de nuestra propia intimidad.