Nopales tunas y garambullos.
Yucas, órganos y hartos pirules saturados de puntos rojos
A través de una ventana de autobús; ése es mi panorama.
El ritmo parece lento pero hemos de ir a120 km x hora o menos; supongo que conforme a la norma de autobuses de pasajeros.
Una variedad de cactos y nopaleras que en medio de una nube de horizonte verde cubre hasta el tope hasta donde se distingue.
Es ese México de las leyendas, las novelas revolucionarias y los cuentos de los Pedros Páramos, que nunca escribieron una línea pero que experimentaron el campo teniendo en los ojos la marca de su sol, su viento y su marginación.
El campo como olvido de un México que se creyó el cuento del progreso, de la reforma agraria, de la libertad o del neoliberalismo.
Ya no hay muchos sombreros junto a esos páramos o Llanos.
Pocas cabras, pocos borregos quizá porque la vocación de esta tierra que veo desde la ventana, es la agricultura de tuna y nopal.
Semillas y fibras que forman el ADN del ciudadano mexicano – antes huachichil, aAzteca o cualquier otro-.
Hay un verde lejano que parece tibio con la poca luz solar, que las huellas del último huracán permiten que penetre.
Un verde plano de sembradío y cultivo planeado y supervisado.
Montones de redondas arboledas, pequeños pasos para quien viene a ver si su campo va por buen camino.
Atrás quedó la sierra de san Miguelito, empedrada y escarpada, como risco mexicano del centro del país.
Aquí, kilómetros adelante, la nopalera es menos y casi ausente pero aún se nota su presencia. Ahora se acompaña de magueyes, huisaches y zopilotes.
El valle como descanso a las faldas de cerros ahora azules y en otra estación del año, color aridez y sequía.
Verde de pueblo o poblado.
Estanques en donde el agua de vuelve gris y más tarde lodos.
Carreteras y caminos invadiendo esa naturaleza de escudo nacional con águilas que no alcanzo a ver aún.
Ladrilleras como sustento y amenaza. Bombas que alimentan el cambio climático.
Parcelas y ranchos perpendiculares a las casetas de cobro.
Torres que conducen los hilos eléctricos que nos permiten tener comida refrigerada.
Curvas y rectas en la señalética amarilla y negra, avisan de posibles riesgos carreteros y confirman el rumbo como destino final.
Yo veo “Ojuelos y Aguascalientes” sobre pizarras verdes localizadas estratégicamente para no perder el rumbo. ¿Acaso existe el rumbo?
Desviaciones y encrucijadas para corregirlo o cambiarlo. Voy en autobús de línea. Imposible modificar el rumbo.
Horas más tarde sigue verde pero hay bugambilias que despiertan de la monotonía. Hoy que escribo quizá moradas jacarandas amarillos huizaches.
El huracán parece haber descansado y la carretera sigue transitable y sin contratiempo. Mientras el país sigue un rumbo desconocido.