En su visita este fin de semana al estado de Hidalgo, la presidenta hizo recorrido de los lugares comunes de su gobierno. Con la falta de imaginación expresiva que marca todos y cada uno de sus discursos, repitió con método las frases que se remachan desde hace siete años y presumió los beneficios de su gobierno. Cuando habló de su política de salud, hizo alarde de la visita médica que deben recibir las personas mayores. Esa es una de las apuestas principales de su agenda sanitaria. Confiada, la presidenta preguntó a la concurrencia si había tenido ya contacto con los enfermeros que deben visitar todas las casas del país para dar atención preventiva a los mayores de 65 años. Lo que escuchó fue una sorpresa para ella. La gente que la escuchaba negó que tales visitas estuvieran sucediendo. La presidenta celebraba un programa que no había tenido ningún impacto en la vida de quienes la escuchaban. A la mitad de la intervención de la presidenta, se escucha a un hombre que grita “No hay doctores, no hay medicamentos.” Sheinbaum reaccionó de inmediato y de modo brusco refutó a quien la interpeló: “No. sí hay medicamentos.” El reflejo de la presidenta fue llamar mentiroso al hombre que denunciaba que las medicinas siguen faltando en el hospital de su pueblo. Yo sé que sí hay medicinas y si usted lo niega, miente. Sus colaboradores la habrán convencido con algunas láminas de que el problema que le heredó la administración anterior estaba totalmente resuelto. Al parecer, todas las semanas revisa los números y el problema ha sido superado. De acuerdo con esos reportes, solo falta un porcentaje mínimo de medicinas en los centros de salud.
Del desapego de la presidenta a la verdad hay muchas muestras. Como Jefa de gobierno de la Ciudad de México, como candidata a la presidencia y ahora como presidenta de la república se ha apartado de la verdad con toda naturalidad cuando así le conviene. Una mujer que presume de razonar como científica no tiene el impulso de cotejar la información que le presentan sus colaboradores ni la información que difunde al país. Pero lo que quiero registrar no es un gobierno que miente sino uno que vive en la mentira. La mentira puede ser, en efecto, una estrategia del poder para ocultar lo que puede lastimar su imagen pública. Se niega que el palacio nacional se utilice como asoleadero, se niega que la empresa gubernamental sea responsable de un gravísimo derrame de combustible en el mar. Pero lo que vemos es que la mentira corre dentro del gobierno tan libremente como sale de él.
Se gobierna en la mentira cuando la información se evalúa por la lealtad que demuestra a la causa y no por su fundamento de verdad. Todo aquello que confirme el discurso oficial se tendrá por aceptable. Lo que lo niegue será tratado de inmediato como una agresión y una mentira. En un régimen sustentado en la polarización constante, el pensamiento es de trinchera. Ese ha sido el clima de la comunicación gubernamental desde hace siete años y el efecto no es solamente el engaño, sino también la incompetencia. Al someter toda información al filtro de la adhesión política, el gobierno deja de ver lo que sucede, reacciona tarde a lo que pasa, no puede adelantarse a lo que puede venir. Un gobierno sin soportes de verdad es un gobierno que pierde los sentidos.
Se gobierna en la mentira cuando se ha impuesto la opacidad en todos los ámbitos de gobierno. La destrucción institucional de los últimos años ha terminado por destruir el ecosistema de la transparencia que es indispensable para una buena gestión pública. Eso que se descartaba como una frivolidad onerosa era también un valioso apoyo de la administración. Las víctimas de la devastación de las instituciones no son solamente los particulares, las minorías, quienes son vulnerables a la arbitrariedad del poder. También es víctima la administración misma al perder fuentes de información independiente y verificable. El engaño tiene permiso en toda la pirámide burocrática.
Si a la presidenta se le ve sin brújula es precisamente porque está en el centro de una telaraña de mentiras. Porque no se empeña en confrontar la verdad, porque le mienten cotidianamente y sin consecuencia alguna, porque hay licencia para el engaño en su gobierno y en su partido.