Ahora que estamos en la discusión sobre el uso de dispositivos digitales en la escuela y la pertinencia de reducir o no el acceso a las redes sociales para las personas menores de 15 años debido a sus efectos nocivos, me parece importante reflexionar acerca del tiempo.
El tiempo es uno de los recursos más importantes de los que disponemos; su adecuada gestión juega un papel muy importante en la escuela, el trabajo y nuestra vida personal. Sin embargo, para gestionar el tiempo primero hay que adueñarnos de él, tener la certeza de que nos pertenece, de que es nuestro y es valioso. Tenerlo es habitarlo, lo cual en nuestros días no es una tarea sencilla. Habitar el tiempo no significa llenarlo de actividades y mucho menos pasarlo frente a las plataformas digitales; es estar con nosotros mismos, verdaderamente presentes en la vida cotidiana, en nuestras relaciones y en las actividades que realizamos. Es tener consciencia de dónde estamos y cómo estamos.
Si sabemos que los algoritmos no son neutrales, que incorporan decisiones, prioridades e intereses humanos expresados en lenguaje matemático; que los dispositivos digitales interactúan, estimulan, moldean nuestras conductas e influyen en cómo entendemos la realidad, entonces es momento de reaprender y enseñar a las nuevas generaciones a tomar el control de nuestro tiempo, porque al hacerlo tomamos el control de nuestras decisiones y de nuestra vida.
Coincido en que el uso excesivo de las pantallas reviste un problema de salud, incluida la salud psicoemocional; resta calidad de vida, reduce o interrumpe el tiempo que debe asignársele a las necesidades y actividades fundamentales: sueño; alimentación; relaciones familiares, sociales y afectivas; estudio, espiritualidad, descanso, ejercicio, lectura, etc.
Somos prisioneras y prisioneros de la tiranía de la urgencia y de la inmediatez. Esclavos de las ofertas de los mercados, de la moda e ideales impuestos sobre cómo debemos lucir, hablar y comportarnos. Al interior de los dispositivos hay siempre un tirano obligándonos a desear sus deseos.
Las personas adultas también sufrimos la hiperconectividad; al igual que las niñas, niños y adolescentes, somos lacayos de las plataformas y los dispositivos digitales. Además, generalmente tenemos la sensación de que no alcanza el tiempo o de que se tienen demasiadas actividades para realizar en el día; por lo tanto, dejamos de atender lo esencial.
Estamos hiperconectados y enfermos de hiperproductividad; sí, de esa obsesión por hacer, producir y rendir sin parar, y aunque no necesariamente logremos hacer más o hacerlo mejor, la compulsión está presente. La enfermedad, a manera de delirio, nos lleva a vincular el valor personal con ocupaciones que conducen al éxito. No al éxito propio, sino al que nos presentan las plataformas digitales, ese que genera ansiedad y estrés debido a la sensación de insuficiencia y una gran culpa al descansar. Culpa que difuminamos, precisamente, a través de la hiperconectividad. Vivimos en una paradoja.
El uso del tiempo está ligado a valores y hábitos. Es necesario resignificar las pausas, dejar de correr contra el reloj, vivir con consciencia el presente. Tenemos que dejar de huir de la vida diaria, abandonar la prisa y con ella el miedo de estar consigo mismo.
Si habitamos el tiempo de forma consciente transformaremos nuestras relaciones, les imprimiremos calidad, daremos valor al instante compartido y encontraremos ese sosiego que nos acerca a la felicidad.
Si aprendemos a habitar el tiempo, enseñaremos con el ejemplo a las nuevas generaciones. No habrá necesidad de arrebatarles el celular, lo dejarán por ahí en cualquier lugar y nos tomarán de la mano para caminar la vida y buscar nuevas aventuras en la sala de la casa, en un parque o en el supermercado.
@larapaola1
(Activista social)