Hablemos de La Diplomática

Usted sabe, lectora, lector querido, que me fascina todo aquello donde quepa la ficción, la ciencia y la siempre sorprendente realidad, más si estamos hablando del campo político. Así, encontrar la nueva temporada de la serie La Diplomática, creada por Debora Cahn, ha sido toda una delicia. No voy a spoilerear la trama, bastará con decir que es de lo mejorcito que hemos visto en los últimos meses. Esta política-ficción asume en esta temporada la función de un incómodo espejo que a ratos se acerca a un agudo tratado de Ciencia Política sobre inestabilidad global, la fragilidad de las instituciones, el complejo escrutinio de las mujeres en las más altas esferas de decisión, la omnipresencia del populismo sin importar ideologías, caray, todo un dechadito de ideas para reflexionar. 

La historia de Kate Wyler lidiando con crisis internacionales que tienen como epicentro Londres, pareciera a primera vista una historia de amenazas al mundo libre desde el exterior; sin embargo, al desarrollarse la trama resulta inevitable recordar a Levitsky y Ziblatt: las democracias modernas mueren cuando los lideres electros subvierten las reglas e instituciones desde adentro. No se necesita ningún “extraño enemigo”, nosotros solitos nos bastamos y sobramos para deshacer en minutos aquello que tanto tardó en construirse. La “seguridad nacional” se convierte en ese comodín en las cartas que se usa para entender la crisis como un método de gobierno y la semilla del autoritarismo se riega para, paradójicamente, decir que se defiende el corazón mismo de la democracia y la libertad, tal y como ya lo había escrito Giorgio Agamben. 

Así de pronto la diplomacia, como ese ejercicio que traspasa la cortesía que tiene su eje en un método de diálogo, se convierte más bien en una constante contención de daños. Joseph Ny definió como “poder inteligente” (Smart power) ese titánico intento por equilibrar persuasión y diálogo frente a actores políticos que sienten una fascinación enfermiza por el uso irracional de la fuerza. 

Ryan y Haslam han hablado extensamente de lo que llamaron “El acantilado de cristal”, donde las mujeres son puestas frecuentemente en posiciones de liderazgo durante crisis externas, cuando el riesgo del fracaso es inminente y se necesitan pararrayos políticos. Este es el caso de Kate Wyler, que lleva tres temporadas fungiendo de muro de contención en un momento donde nadie va a salir ganando, menos ella. Pero también esta en caso de la presidenta por default, Grace Penn, que desmitifica el esencialismo de género, es decir, aquella trampa teórica que asume erróneamente que las mujeres lideran inherentemente desde el pacifismo y la empatía. La presidente Penn encarna el pragmatismo político a plenitud y la “razón de estado” como justificación para cualquier cosa. Y a lado, Billie, la jefa de gabinete, que simboliza la inestabilidad del modelo de política burocrática (de Garham Allison). Billie no es el rostro del poder, es la cara de la infraestructura necesaria para su ejercicio, es una especie de guardián de aquel monstruo que sólo pocos pueden domar porque para hacerlo, se requieren horas de estudio anatómico de sus entrañas. 

La Diplomática puede verse bien nomás para pasar el rato, entretenerse y estar al borde del sillón esperando el siguiente giro inesperado, pero también puede verse como un recordatorio de la fragilidad de las instituciones y entender que el poder siempre busca expandirse sin límites. Y tal vez un recordatorio de que romper el techo de cristal es únicamente el comienzo. El verdadero desafío es sobrevivir al acantilado.