La política, como toda actividad organizada por seres humanos, conlleva una estructura que define “las reglas del juego”. Estas reglas representan un papel vital en el desarrollo de nuestras actividades. Dan certeza, dotan de racionalidad al juego, permiten que los individuos comprendan las lógicas de interacción y establecen ambientes y recursos para que cada quien emprenda las estrategias que considera adecuadas para conseguir sus fines.
En el ensayo “Los andamios que el ser humano erige” publicado por Douglass C. North en 2005, se explica que son las instituciones las que definen estas reglas del juego. Por instituciones, North entiende a las reglas formales, las normas informales y las características de refuerzo. Y lo explica a través de la descripción del futbol americano -aunque en realidad puede ser casi cualquier deporte-. El juego se desarrolla dentro de un conjunto de reglas formales -el reglamento-, normas informales -códigos de conducta no escritos que tratan de evitar, por ejemplo, que un jugador lesione a otro-, así como el uso de árbitros o jueces que se encarguen de reforzar la aplicación de estas reglas y normas. ¿Hasta ahí todo bien?. Viene el problema.
[Intermezzo. Tengo algunos años -eufemismo de décadas- viendo futbol americano y puedo afirmar que las lesiones más horribles que he visto se han suscitado en jugadas legales. Es decir, que la mera existencia de un reglamento no es suficiente para prevenir un efecto indeseado. Están las lesiones de Joe Theismann en 1985 o la de Alex Smith en 2018 -ambos Quarterbacks del equipo de Washington que antes se llamaba los Pieles Rojas -otro día hablamos de por qué ya no se llaman así-. No las vea nunca, pero créame, fueron jugadas legales].
El problema comienza a partir de una de las tesis centrales de North. El reconocimiento de que las instituciones -la estructura- que los humanos crean para ordenar su entorno político-económico, constituyen una base determinante del desempeño de la economía, del gobierno, de la política. ¿Por qué algunas naciones son ricas mientras otras son pobres? ¿Por qué algunos sistemas electorales presentan más regulaciones que otros? ¿Qué es lo que explica que en un país, las autoridades sean más proclives a la corrupción que en otro país? ¿Por qué en algunos lugares se respeta la ley y en otros no? ¿Qué no se supone que en todos lados hay leyes -reglas formales-, normas de comportamiento -reglas informales- y agentes de justicia -características de refuerzo-? ¿Por qué aquí sí y allá no? ¿se lo ha preguntado?.
A propósito de la primera pregunta, Mancur Olson lo explica así: “Cuando se pregunta uno: ¿por qué algunas naciones son ricas mientras otras son pobres? La idea clave es que las naciones producen dentro de sus fronteras, no aquello que la dotación de recursos permite, sino aquello que las instituciones y las políticas públicas permiten”. Las instituciones proveen incentivos que dan forma a las elecciones que los humanos hacen. Y todas estas Instituciones provienen de las creencias que el ser humano tiene. Es decir, que la creación y consolidación de las instituciones proviene de la trayectoria de nuestra propia historia, es reflejo de nuestras propias creencias.
Otra vez, siguiendo esta idea piense, por ejemplo en nuestra zona huasteca. La riqueza no está determinada por su disponibilidad de recursos naturales, sino por aquello que los gobiernos y sus políticas logren articular. De manera similar, ningún gobierno podrá mantener finanzas públicas estables si no se le presta atención a la estructura de incentivos que permiten que el dinero se desvíe o se malgaste. El tema no se resuelve con más impuestos -disponibilidad de recursos-, sino prestándole atención a las reglas formales e informales que siguen permitiendo el dispendio, la improvisación, el desvío de recursos. No puedo ser más claro: ninguna política o reforma fiscal va a ser suficiente si no se atiende a la estructura de incentivos que sigue permitiendo el malgasto de los recursos públicos.
¿Por qué hay actores que hacen trampa en el juego político?. Tengo un rato -unos años- dándole vueltas al asunto de la interacción constante entre las instituciones -reglas formales, las informales, las características de refuerzo- y los incentivos que éstas generan para que, por ejemplo, los contendientes en un proceso electoral puedan presentar conductas desleales sin ser sujetos de sanción. No hay que olvidar que bajo un principio elemental de legalidad, las autoridades -las características de refuerzo- solo pueden hacer lo que las leyes -reglas formales- les permiten. Pero muchos de los comportamientos de los actores desleales son determinados por las normas informales -las reglas no escritas- que también son reales. Ninguna reforma electoral será completa, ninguna autoridad será completamente eficaz, ningún presupuesto será suficiente si no se le presta atención a la estructura de incentivos que permita que alguien opte por hacer trampa.
Hacer trampa es siempre una decisión deliberada. Implica el cálculo entre las posibles consecuencias y la recompensa esperada. Hay quienes hacen trampa por necesidad, quienes lo hacen por diseño o quienes lo hacen por placer. El árbitro siempre estará ahí para aplicar el reglamento, pero necesitamos algo bastante más profundo -comportamiento ético y voluntad política, por ejemplo- para cambiar la conducta de quienes optan por ese camino. Sin hipocresías: la legalidad necesita adeptos.
Twitter. @marcoivanvargas