¿Qué va a pasar con esta epidemia que amenaza la salud de la población? ¿qué capacidad tiene el estado para atender a la población enferma? ¿y si en dos semanas más se contagia un familiar mío?, ¿Cuándo se reanudarán las actividades económicas y escolares? ¿Cuáles serán las consecuencias de la recesión económica mundial que está por venir? ¿Qué va a pasar con el tipo de cambio y las tasas de interés? ¿y con los créditos que tengo firmados?, ¿Qué va a pasar con la población que está siendo seriamente afectada en sus ingresos por la situación actual? ¿quién los va a apoyar?, ¿qué va a pasar con las elecciones en Estados Unidos? ¿alguien ya se dio cuenta que también tenemos elecciones en México, en este año y el que sigue? ¿y los presupuestos para el siguiente año?, ¿cuándo saldremos de casa? ¿Hasta cuándo podremos ver a las personas que queremos?. Esa situación de no saber o no poder anticipar las respuestas que nos dan cierta capacidad de control sobre nuestro entorno es a lo que llamamos incertidumbre.
Nadie podía anticipar lo que ha estado ocurriendo. Como si se tratara de una novela distópica que relata los hechos que Usted y yo podemos leer en las noticias desde hace unas semanas, la epidemia mundial por el Virus Covid-19 ha presentado escenarios o situaciones de decisión que son inéditas para todos. Y lo que normalmente hacemos es acudir a la racionalidad de siempre, solemos hacer las mismas cosas y esperar los resultados a los que estamos acostumbrados; acudimos a la necesidad de construirnos una percepción de control –hay quien hace esto comprando papel sanitario- basados en lo que conocemos y suponemos. La obligación al cambio por adaptación nos resulta difícil o repulsiva, nos genera ansias o estrés porque implica abandonar nuestra “zona de confort”, aquella región o situación que Brené Brown identificó como “un lugar donde creemos tener algún control”, donde la incertidumbre y la vulnerabilidad son mínimos.
Está bien procurar la zona de confort, querer mantener el control, anhelar un mundo conocido y previsible. Lo que no se debe perder de vista es que la única certeza que tenemos será el cambio –así lo advertían Bryar y Banningan-. Es el reino de lo inesperado, es el mundo real donde las variaciones, las rarezas y los accidentes ocurren siempre.
Frente a la incertidumbre hay personas –algunas son responsables de negocios, organizaciones, instituciones gubernamentales- que niegan la cambiante realidad y se refugian en lugares comunes, en esas formas tradicionales de hacer las cosas que poco a poco van demostrando su ineficacia frente a un entorno demandante. Otros han desarrollado sendas metodologías de planeación para establecer cursos de acción basados en la previsión de los riesgos. Pero nos hemos equivocado y lo seguimos haciendo. Nassim Nicholas Taleb en un ensayo titulado “El Cisne Negro” advierte que cometemos dos errores fundamentales: la magnitud de nuestros errores de pronóstico y la falta de conciencia que tenemos de ellos.
Nos equivocamos cuando esperamos respuestas gubernamentales tradicionales ante problemas de magnitudes inéditas. Nos equivocamos cuando, en la búsqueda de respuestas, refugiamos nuestra orfandad de certezas en carismáticos gurús que construyen explicaciones plausibles pero que no parecen sostenerse en nuestras pocas islas de conocimiento objetivo. Nos equivocamos cuando negamos la posibilidad de que la primera semana de mayo encontraremos las condiciones para replicar nuestras relaciones económicas y sociales a como nos hemos acostumbrado. Nos equivocamos cuando negamos la naturaleza del cambio y renunciamos a cultivar nuestra capacidad de adaptación. Pero no es culpa nuestra, es que no nos hemos acostumbrado a ello.
Hace unos años le escuché a Edgar Mata, profesor de matemática adscrito a la Universidad Tecnológica de Torreón –y quien forma parte de mis cinco lectores, hasta donde tengo registro- una idea perturbadora: No estamos formando a nuestros estudiantes –o si Usted quiere, a nuestra sociedad- para la incertidumbre. Creemos y cultivamos una noción de éxito basado en el control de las variables. En un trabajo estable, en un crédito de vivienda –que nos amarra a ese trabajo por 30 años, como claramente describió Viviane Brachet-Márquez en su libro “El Pacto de Dominación”- y que Diosito no quiera que pase algo que nos sacuda del lugar o situación en donde estamos instalados.
La perspectiva tendría que ser distinta. No podemos basar el funcionamiento de la economía, las relaciones comerciales, la operación de las instituciones, la provisión de los servicios, la manera en que consumimos, enseñamos, aprendemos, a la ingenua aspiración de controlarlo todo. Es una mejor idea –dice Francesc Miralles- estar dispuestos a esperar lo inesperado. A soltar sin sucumbir al miedo, a aceptar que la vida es cambio y sorpresa constante.
Hay quien ya está entendiendo esto. Si Usted que me lee ahora tiene la capacidad de adaptar algo frente a esta situación, inténtelo. Eso probará que la incertidumbre nos hace crecer.
Twitter. @marcoivanvargas