El tratar de explicar por qué llegó Gallardo a triunfar en las recientes elecciones y recibir la constancia de gobernador electo por parte de la instancia electoral del estado tiene varias respuestas, aunque muchos no quieran decirlas. Unos argumentarán que el voto popular le favoreció, y es cierto; otros dirán que –como en todas las elecciones–lo logró mediante la compra de una gran cantidad de votos, y es cierto; unos más afirmarán que fue un proceso amañado y fraudulento; en tanto que habrá quienes, abundando en lo anterior, supongan la complicidad de la propia autoridad electoral. Ciertamente obtuvo –por elección libre o coaccionada– una mayor cantidad de votos que su contrincante más cercano.
Pero también considero que en lo local la razón de mayor peso fue porque el gobernador Juan Manuel Carreras lo permitió, al evitar revivir agravios del pasado, evitando a toda costa que se activaran las carpetas de denuncias interpuestas en la Fiscalía del Estado, y al pretender jugar a dos bandas, en la elección de su sucesor. Para nadie es un secreto que mientras cachondeaba con uno, se amanteaba con otra; los adulterios descarados nunca acaban bien, y ahí está el resultado. Para quienes buscan un culpable, ahí está el verdadero.
A esto debe agregarse la ciega obediencia a sus dictados, del presidente del PRI local; ambos, siempre empeñados en llevar la contraria a la jefatura nacional del mismo, operando permanentemente a favor de la candidata Monimorena; y desde luego, no se debe pasar por alto la función de sicario contra la alianza partidista desempeñada por su ex secretario general de Gobierno, Alejandro Leal Tovías. Inmorales complicidades.
No puede pasarse por alto el ámbito nacional, fue evidente desde el principio que Ricardo Gallardo sería el verdadero candidato del centro y de Morena, la designación de la doctora fue una carnada de la dirigencia de ese partido para debilitar a su propia militancia. De ésta, quienes hoy se quejan de traiciones, son quienes se prestaron a ellas.
El candidato siempre estuvo señalado, nadie lo quiso ver. Todos los artificios, incluidos los dichos de Santiago Nieto que se utilizaron para señalarlo bajo investigación y como no grato al gobierno federal, eran evidentes patrañas; desde el inicio del proceso electoral, al día de hoy, no se ha solicitado ningún documento sobre Gallardo y sus familiares.
A pesar de las sospechas, algunas fundadas, del proceso electoral, resulta curioso que casi nadie al día de hoy cuestiones los hechos pasados de Gallardo y su clan; los pocos que lo han hecho son rebasados por la mayoría que concede el beneficio de la duda. Apostar a que todo estará bien es algo tan incierto como utópico, ya lo veremos en la primera conformación del gabinete; un aviso de lo que viene serán los nombramientos de su secretario general de Gobierno, de Seguridad Pública, de Finanzas, y su dirección de Comunicación Social. No será necesario ver más, eso nos bocetará el sexenio.
Los que aun abrigan alguna señal de esperanza que permita suponer su remoción, es conveniente que se desengañen: tiene la venia del Centro. Ayer, el Iván Terrible lopezobradorista, Santiago Nieto, dio muestra de ello, luego de señalar las “investigaciones” en contra de Gallardo, remató: “pero también debo decirlo, que del otro lado, en caso de Octavio Pedroza es una persona que en su campaña electoral estaba recibiendo recursos de Tamaulipas…el caso de Octavio Pedroza, no él en lo personal, pero sí respecto al recurso que venía de Tamaulipas, y Tamaulipas es Cabeza de Vaca hacia las elecciones…” Así dejemos las cosas; firme está.
Los que pudieron actuar, y no actuaron; los que debieron decir y permanecieron silentes; los que debieron denunciar y guardaron silencio; los que eran garantes de la institucionalidad, y se prostituyeron; los que debieron ser leales y traicionaron; los que eran guardaespaldas y apuñalaron por la espalda, son cómplices por acto y omisión como a los que ellos mismos acusan; todos han contribuido a la llegada –en versión parda– del nuevo Manuel Velasco. Comienza su historia.
Algo de iconoclasia:
Es muy loable la propuesta de la diputada Martha Barajas García para que el Congreso del Estado cree un reconocimiento “a mujeres destacadas que han contribuido en la consecución de una sociedad paritaria, o han realizado aportaciones importantes a la vida política, económica o social del estado”, y que éste lleve el nombre de doña Matilde Cabrera Ipiña de Corsi, regidora del Ayuntamiento 1955-1958, de la capital potosina, al que en 1957 solicitó licencia para contender como diputada a la XLII Legislatura, en la que tuvo un notable desempeño.
Lo que causa un poco de extrañeza es que la misma diputada Barajas siga sosteniendo temerariamente el mito de afirmar que la licenciada Socorro Blanc Ruiz fue la primera presidente municipal en el país. Si bien, a los potosinos nos resulta fascinante en medio de ese regionalismo de rancho colgarnos de los hábitos, sotanas, faldas o valencianas de quienes consideramos próceres, y poder alcanzar alguna primacía dentro de la historia patria, es conveniente señalar (y espero lo lea la diputada, o al menos me hagan favor de decirle) que la licenciada Blanc no fue la primera presidente municipal de México –como ella cree, o ha leído, o le han dicho, y lo comenta–, en realidad se desempeñó como presidente de un Concejo Municipal (es decir, no llegó por la vía de la elección popular) pero en ese sentido, tampoco fue la primera; este cargo fue detentado por primera vez en México por doña Aurora Meza, regidora del Ayuntamiento de Chilpancingo, en 1936; y, la primera presidente municipal electa en México, fue doña Gelasia Ceballos Gómez, en Sayula Veracruz, en 1949; más meritorio por haber sido indígena; a ella le siguió Amalia Cerecedo, alcaldesa entre 1955 y 1958, de Teocelo, Veracruz.
Gracias por su lectura; con precaución festejen a sus padres.