Lo valioso de la historia, es que, a través de ella nos permite regresar a recordar tiempos pasados donde los sucesos ocurrían de maneras tan distintas que hoy, las características de tales sucesos, los consideraríamos no sólo inapropiadas sino hasta inmorales.
Así, es muy difícil explicar a las nuevas generaciones, que no hace mucho tiempo, hubo un México donde no existía un documento que además de servir como identificación con fotografía, permitiera a las y los ciudadanos tener la certeza de que su voto iba a ser debidamente contabilizado.
Hubo un México donde la Secretaría de Gobernación organizaba las elecciones, contaba los votos y declaraba al ganador. Hubo un México donde no existía un Tribunal Federal Electoral que atendiera las impugnaciones suscitadas en los procesos electorales, es decir no exitía la justicia electoral ni la protección a los derechos políticos.
Hubo un México donde la frase "carro completo" era sinónimo de decir que un solo partido ganaba la mayoría absoluta de la Cámara de Senadores, de la Cámara de Diputados, de los Congresos Locales, Gobernaturas y Presidencias Municipales con cabildos inlcuidos. Hubo un México donde el accionista mayoritario concesionario de la única empresa privada de televisión y radio, afirmaba publicamente ser un soldado del sistema.
Hubo un México donde la tortura era parte de las formas de "investigación" criminal por la entonces Policía Judicial y, en el catálogo de delitos del código penal hasta existió la conducta denominada: disolución social, para perseguir adversarios. Hubo un México donde hasta para atender a la pregunta, ¿a que horas son?, se respondía diciendo: las que Usted diga señor Presidente.
Hubo un México descrito por Vargas Llosa como una dictadura perfecta, sin auténtica democracia, sin contrapesos reales, sin Organismos Autónomos Ciudadanos, pero aún en ese México al que ninguno queremos volver, hubo una institución que permaneció intocada, una que al contrario de lo que pasaba en los poderes Ejecutivo y Legislativo Federal, mantuvo viva la esencia de una mínima expresión de Justicia a favor de las personas, me refiero a la Institución ideada por el yucateco Manuel Cresencio Rejón: el Juicio de Amparo.
Institución que aparece en México en el siglo XIX y que desde entonces a la fecha lo han mantenido vivo juristas, mujeres y hombres que todos los días, los 365 días del año, trabajan arduamente al servicio del justiciable, si bien a los abogados pueden en muchas ocasiones no gustarnos sus decisiones, en otras el Amparo dictado por la Justicia Federal es también la última esperanza ante la injusticia y se revierte.
Pero el Amparo no existe por sí sólo, el Amparo lo trabajan día con día miles de personas quienes, -me consta,- laboran más allá de sus horarios de oficina, empeñan vida familiar y social en lo que es mucho más que un trabajo burocrático, es una vocación de servicio, de modo que, el Poder Judicial Federal y sus trabajadores representan muy probablemente el último reducto de vida democrática que merece defenderse ante los apetitos tiránicos de quien añora ese México que millones ya no queremos que vuelva.
Pues hasta en aquellos tiempos tan obscuros, descritos por Vargas Llosa, existió siempre un respeto presidencial por la investidura de los Jueces y en general por todo el Poder Judicial Federal, con la Suprema Corte incluida, seguramente porque los detentadores del poder de aquella época, por mucho, más sapientes que los actuales, aún con todo el poder que llegaron a acumular, sabían, bien que sabían que al Poder Judicial no se le toca, porque hasta ellos, cuando lo necesitaran frente a los avatares de la politica, lo requerirían, fuerte, profesional e independiente. Así, por el bien de México, por el bien de ese pueblo al que tanto se apela, defendamos a nuestro Poder Judicial Federal, que es valioso patrimonio de todos los mexicanos. Libro recomendado: La República de Platón.
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