Hulk Esponja

Soñé que estaba en un elevador de un edificio sin identificar. Supongo que era tarde, porque el sueño inicia conmigo viendo frente a un ventanal a una ciudad que no es San Luis, porque veo a la lejos un río en el que claramente corre agua. Veo el sol a punto de esconderse entre unos cerros, como terminando el día.  Suena una campanita que anuncia que el elevador ha llegado por mí. Hay un hombre adentro, que conozco. Me desagrada encontrarme con él. Saludo y entro a la caja de metal. Veo mi reflejo en la puerta. Visto formal, tengo un portafolio en mano. Nunca he tenido un portafolio, pero si tuviera, seguro sería ese. Cuero rústico, color café chocolate. 

El tipo comienza a regañarme por temas que no identifico.  Yo saco varios papeles de mi portafolio. Discuto con el hombre, documentos en mano. Él con su traje arrugado, comienza a hablarme de trámites, formatos, fotos tamaño infantil, sellos, tinta color verde. Yo le muestro sellos de recibido, copia de documentos. El elevador para. Para entre dos pisos. No avanza. Ambos callamos. Apretamos un botón que tiene una campana dibujada. No se escucha ningún sonido. Apretamos un interruptor que creemos conecta a algún intercomunicador. Silencio. El hombre comienza a desesperarse. Yo lo veo desencajado, asustado. Comienza a brincar, como en las películas, para destrabar el elevador. Su esfuerzo no vale de nada. Luego, trata de abrir la puerta. Lo veo como si yo misma estuviese fuera de la escena, como si fuera una espectadora sentada en algún cómodo sillón, frente a una pantalla de televisión. De alguna manera, su desesperación me calma. El hombre sigue forcejeando contra la puerta metálica. Cede en algo, cosa de un centímetro, sólo para comprobar que estamos en medio de dos pisos. Ya casi no hay luz natural. El hombre intenta abrir más la puerta, que no se mueve ni un milímetro. Voltea hacia mí, enojado me dice que lo ayude, que intente con él empujando hacia un lado y yo para el otro. Yo me quedo inmóvil divertida. Saco de mi portafolio un formato sellado. Es la solicitud de arreglo del elevador. Él se torna verde-amarillento. Entre Hulk y Bob Esponja. Luego, desperté. 

Llevo semanas lidiando con burocracia estúpida y sin sentido. De esa que cuando se supone ya entregaste todo, piden dos papeles más que les faltaron. Y luego, piden más copias, otro sello, formato a dos tintas. Ya  envié documentación por paquetería, porque necesitaban mi firma autógrafa… por segunda vez. El reembolso que se supone iban a hacerme, se fue ya en dos envíos de paquetería. Dijeron que iban a reembolsarme los gastos de envío para solicitar el primer reembolso. Kafkiano. Estuve a punto de claudicar, ¿Qué caso tiene enviar algo donde el trámite cuesta casi el equivalente del resultado? 

Hay gente que amablemente busca agilizar el trámite. Me tratan bien, hasta me dicen Doctora, como si fuera árnica después del guamazo donde me informan “que sigue en proceso mi trámite”. Flaco favor me hacen doctoreándome. 

El viernes me marcó una señorita. Hablaba del departamento administrativo de esa institución. Me pidió, por tercer vez, ciertos datos. Le dije que ya los había proporcionado, verbalmente, en un formato que ellos mismos me dieron y por correo electrónico. Luego me dijo que no, que necesitaban el documento original de donde yo había obtenido esos datos. Le dije que el documento que me solicitaba contenía un montonal de datos personales completamente intrascendente para el trámite, y que, además, los datos que sí eran necesarios, ya los tenían ellos.  La señorita, con la fresca de quien sabe que tiene en sus manos la pequeñísima porción de la vida de alguien me dijo, con una prepotencia indigna de cualquiera, que “Pues no me lo mande, y yo no le pago.” 

Excuso decirles que ahora sí enfurecí. De entrada, el desconocimiento absoluto a los principios que rigen la protección de datos personales resultó palpable, pero, sobre todo, relució su pequeñez y su pobreza mental, impropia de cualquiera que atienda al público. Pedí hablar con su jefe y me dejó colgada con ese todo que los conmutadores tienen para aplacar a las bestias, que en este caso, era yo. Le escribí al superior de su superior. No me ha respondido. Quizá no lo haga.  Y bueno, como ya me la cantó, posiblemente no obtenga mi reembolso. Ni el otro trámite anexo. Que se lo coman si quieren.

Estoy a favor de los procedimientos claramente establecidos y estandarizados. Todos debemos de tener el mismo trato. De lo que no estoy a favor, es de las ocurrencias de momento, de la repetición constante y de la desorganización absoluta. Mucho menos del cinismo. Por eso, independientemente del resultado de la atención de aquél trámite, se ha hecho mi misión hacerle saber al jefe de estas personas, lo indolente de su servicio. Y ya. Hasta ahí llegué, porque no quiero mis noches invadidas con elevadores cargados de papeles sellados y tipos que parecen Hulk Esponja.