Como se planteó en la colaboración anterior, siguiendo las observaciones de la obra de Jorge Veraza en torno al desarrollo de la inteligencia artificial (IA) con respecto a la subsunción real del consumo al capital, resulta que, en los procesos de automatización de la producción, las máquinas sustituyen a los obreros y, por tanto, se abarata el costo de la mano de obra al ahorrarse los salarios de los trabajadores sustituidos por las máquinas, pero al mismo tiempo disminuye el plusvalor por el menor número de obreros explotados, porque quien produce más valor es el obrero (toda vez que el valor es la medida del desgaste humano) y no una máquina. Esta contradicción se manifiesta en la tendencia general a la caída de la tasa de ganancia del capital y, por tanto a la necesidad de contrarrestar ese proceso cada cierto tiempo porque, de lo contrario, sobrevendría la extinción del trabajo y del propio capital, en una suerte de determinismo que, en el extremo, conllevaría sostener que los procesos de automatización se traducen en la subordinación plena de la razón a la robotización y la conversión de la IA como “sujeto” con un poder incontrolable, un fetichismo de un mercancía “sui géneris” como la IA.
Parte de ese proceso para contrarrestar esa tendencia de caída de la tasa de ganancia es que la automatización de la producción mediante tecnología como la IA sea desarrollada para responder al consumo desaforado de aparatos como celulares y computadoras que simplemente son utilizados como herramientas para el trabajo pero sin comprender los procesos propios de su funcionamiento interno. Lo anterior se traduce en que la innovación no se traduce en desarrollo científico técnico propio en ciertos países y economías que terminan, en efecto, como dependientes de economías más desarrolladas tecnológicamente, pero en estricto sentido se diría que más que dependientes, subdesarrolladas. Parte de ese problema es lo que, recientemente, planteaba el investigador José Rimero como la persistencia de un capitalismo que “fabrica propietarios y no empresarios”, situación que, por ejemplo, en el caso mexicano fue paradigmática con los gobiernos neoliberales en los que el Estado también tuvo que ver para favorecer ese estatus, al privatizar empresas nacionales que, se decía, serían altamente competitivas pero que se dedicaron ¡a administrar un activo heredado y eso no equivale a crear la oportunidad que produjo el salto patrimonial de lo público a lo privado”, al contrario, se siguió en el despilfarro y corrupción que llevó, en no pocos casos, al infame rescate estatal para socializar pérdidas como en el caso también paradigmático de los bancos quebrados a través del Fobaproa, por ejemplo.
Por eso, la diferencia con un gobierno de transformación como el actual está en que la innovación en ciencia y tecnología está siguiendo un distinto derrotero, con implicaciones para generar una economía para la democracia que sea de beneficio para la mayoría de la gente y no de unas cuantas manos privadas como en el pasado, con las consecuencias que ya se han comentado. Controlar la innovación en el conocimiento que se genera como propio para disputar la frontera tecnológica es uno de los retos que se tienen en economías como la nuestra y eso implica seguir una ruta distinta a la de los gobiernos neoliberales entreguistas del pasado; eso es también una forma de defender la soberanía de nuestro país y es un proceso que, afortunadamente, el actual gobierno de la transformación nacional lleva adelante.