Idiocracia es una película de 2006 dirigida por Mike Judge. La temática es sencilla, trata de un hombre completamente promedio que participa en un experimento militar, queda dormido y despierta quinientos años después, en un país donde la estupidez se volvió norma cotidiana. No se trata de una sociedad malvada ni de una dictadura elaborada y sofisticada, sino de algo peor, un mundo donde nadie entiende casi nada, donde el espectáculo sustituye al pensamiento, donde la publicidad ocupa el lugar del juicio y donde el hombre más inteligente del planeta resulta ser alguien que hoy apenas parecería de promedio bajo. Por eso Idiocracia se ha vuelto una referencia casi automática cuando alguien quiere describir una sociedad donde el ruido vale más que la razón.
El problema del ruido es que muchas veces se usa mal. Se emplea para insultar a los demás, para decir que “la gente es tonta”, como si el diagnóstico consistiera simplemente en burlarse del prójimo. Pero la película va más allá, no dice que la decadencia venga de un defecto individual, sino de un ecosistema completo que premia lo fácil, lo estridente, lo inmediato y lo emocionalmente rentable. ¿Le suena nuestro país hoy?
En México padecemos una degradación visible de la conversación pública, pues cada vez cuesta más discutir asuntos serios sin que todo termine reducido a consignas, burlas, etiquetas y frases vacías. La política se ha ido pareciendo menos a un espacio para debatir problemas reales y más a un ring de ocurrencias, en el que no importa quién tenga mejores argumentos, sino quién coloca la frase más viral, el gesto más desafiante, el enemigo más útil.
La lógica del espectáculo se volvió el método de la política, donde la vida pública se organiza como entretenimiento y la realidad se simplifica hasta volverse irreconocible. Los problemas dejan de ser serios y se transforman en cuentos de buenos y malos, “conmigo o contra mi”. La inseguridad, la salud, el agua, la educación, la justicia, la corrupción, todo acaba traducido a una especie de melodrama nacional televisivo donde lo importante no es entender qué pasa, sino sentir que uno ya escogió bando, y es el ganador.
Hoy pensar se vuelve sospechoso, matizar parece traición, dudar parece debilidad, pedir pruebas parece mala fe. Lo más peligroso no es la ignorancia, sino su estatus. Ese es el tema central de Idiocracia y también uno de los males de nuestro tiempo. Siempre ha habido personas mal informadas, pero hoy muchas veces la desinformación viene acompañada de orgullo, ya que no saber ya no avergüenza, da identidad.
Vemos como la intuición vence a los datos, el sentimiento al análisis, la sospecha a la evidencia. Se festeja al que “habla como la gente”, aunque lo que diga sea falso, torpe o inviable y se desprecia al técnico porque “se cree mucho”. Gusta el discurso de la transformación, la gran elocuencia, la promesa absoluta, el gesto simbólico, la política como relato moral. Nuestra vieja costumbre nacional de rituales presidenciales, propagandas manipuladoras y mensajes grandiosos se ha multiplicado con las redes sociales, donde todo debe ser rápido, claro, indignado y fácilmente compartible. El resultado es un país donde millones opinan todos los días y, sin embargo, cuesta cada vez más construir una opinión pública verdaderamente informada.
La tontería pública no nace sola, se fabrica con sistemas educativos débiles, medios que viven del escándalo, algoritmos que premian el conflicto, gobiernos que descubrieron la utilidad de polarizar y ciudadanos agotados que prefieren una explicación simple antes que una verdad incómoda. Lo peor es que hoy la justicia se discute a gritos, la economía se reduce a filias y fobias, la seguridad se vuelve propaganda y la tragedia se convierte en contenido televisivo.
Tal vez la lección más útil de la película sea que una sociedad no se hunde solamente por la maldad de sus gobernantes, sino también por la pereza mental de sus ciudadanos.
X: @jchessal