In-D: 5 bandas potosinas fundamentales

Hay ciudades que presumen su historia con monumentos; San Luis Potosí puede presumirla con sonido. No es un gesto menor. Aquí se pensó la música desde la raíz, desde la teoría, desde la osadía. Ahí está Julián Carrillo, rompiendo el molde del sistema musical tradicional con su Sonido 13, décadas antes de que la palabra "vanguardia" se volviera un cliché cómodo. Ahí está también el eco de una ciudad que, de una u otra forma, tocó la puerta de la historia nacional en momentos clave, incluida la construcción simbólica del himno que hoy entonamos con una solemnidad que rara vez cuestionamos. Y luego están los nombres que sobreviven más en la memoria que en los archivos: León Segovia, las grandes orquestas como la Jazz Capri, ese San Luis elegante, de traje y corbata, que entendía la música como espectáculo y disciplina.

Pero la historia no se quedó ahí. La ciudad mutó. Se ensució. Se electrificó. Porque San Luis Potosí tiene esa capacidad casi absurda de producir talento sin necesariamente producir industria. Aquí hay músicos. Lo que no siempre hay es estructura. Y aún así, contra toda lógica, la escena ha sobrevivido como esos organismos que crecen en condiciones hostiles: adaptándose, reinventándose, desapareciendo y volviendo a aparecer.

Por eso, lo que sigue no es un ranking. La música no compite, o al menos no debería. Pero sí merece ser señalada, reconocida, puesta bajo una luz que no sea condescendiente. Lo que sigue es, en todo caso, una declaración personal: cinco proyectos que, por distintas razones, representan (desde mi óptica) los mejores bandas surgidas en nuestra ciudad.

Primero, la disciplina hecha música. Pamalanga no solo fue una banda; fue un sistema de trabajo. Pulcritud, precisión, inteligencia. Una especie de maquinaria sonora donde cada engranaje está colocado con intención quirúrgica. Y en el centro, la mente de Judd Coronado, operando como ese cerebro que entiende que la genialidad no siempre grita, a veces se construye en silencio. Pamalanga hizo algo que en esta ciudad parece improbable: exportarse. Europa no como fantasía, sino como territorio conquistado. Llevar la música potosina (transformada, reinterpretada, vestida de world music) a escenarios lejanos. No pidieron permiso. Simplemente lo hicieron.

Luego está el mito. Porque toda escena necesita uno. Status no fue solo una banda: fue una actitud, una suerte de Rolling Stones potosinos en espíritu, no en sonido. Sexo, exceso, noches interminables y una narrativa que creció más allá de la música. La rivalidad con Nahuales, las fiestas que parecían no tener final, el aura de peligro. Y en medio de todo, personajes que ya no pertenecen a la realidad sino a la leyenda: el "Monstruo", ese guitarrista al que, dicen, Maná quiso reclutar y que prefirió desaparecer hacia una vida anónima en Puerto Vallarta; Rubén "Pitufo" Larregui, voz de una generación que aprendió que para cantar rock primero hay que vivirlo. Para muchos, fueron una banda. Para otros (sobre todo para quienes los vimos desde lejos, desde la infancia) fueron superhéroes.

Después viene la herida. Nekroma. La promesa que no terminó de convertirse en destino. Una banda de metal que entendió algo que muchos aún no entienden: la música no es solo sonido, es concepto, estética, narrativa. En la primera década de los 2000´s, cuando la industria todavía no se democratizaba como hoy, lograron construir un imaginario propio. "Obducción" no era solo una canción; era un statement visual que podía convivir sin complejos en la programación de MTV. Todo apuntaba hacia arriba. Y entonces, silencio. Se disolvieron. Dejaron ese sabor incómodo de lo que pudo ser. Y quizá por eso siguen vivos:  en el gusto del nicho metalero potosino, porque el mito también se alimenta de lo inconcluso.

En el presente, y mirando hacia adelante, está Phyzh Eye. Un proyecto que rompe con la idea romántica del músico solitario. Sí, es un nombre propio, pero detrás hay comunidad, banda, complicidad. Trabajo en bloque. Escenarios que se multiplican entre lo íntimo y lo colectivo. Y, sobre todo, una decisión clara: no quedarse estático. Girar, moverse, ocupar otros territorios. Entender que hacer música en San Luis Potosí no significa limitarse a San Luis Potosí. Ahí hay futuro, y no como promesa hueca, sino como proceso en marcha.

Y finalmente, la esencia del rock and roll adolescente y despreocupado: Evola. Jóvenes. Demasiado jóvenes. Y, sin embargo, con una claridad brutal sobre lo que el rock debe ser: un poco estúpido, un poco inocente, profundamente libre. "Alcohol and Cigarettes" fue una canción que no necesitaba mayor explicación; es un manifiesto. Guitarras, cerveza, humo, risas. Y una decisión valiente para una banda local: cantar en inglés sin pedir disuclpas. La banda se disolvió. Pero dejaron algo más importante que una discografía: una base. Hoy, sus integrantes siguen activos, creciendo, expandiendo esa semilla que empezó como juego adolescente y terminó convirtiéndose en plataforma.

Cinco proyectos. Cinco momentos. Cinco formas de entender una misma ciudad. Vivimos en una época obsesionada con el "consume local". Bebemos cerveza artesanal porque es de aquí. Vamos a restaurantes porque son de aquí. Aplaudimos el emprendimiento local como si fuera una causa moral. Pero cuando se trata de música volteamos hacia otro lado. Como si lo hecho en San Luis Potosí fuera, por defecto, de menor calidad. Como si necesitará validación externa para existir.

No es cierto.

Lo que pasa es otra cosa: hay una deuda. De los medios, primero. Durante años se ha usado el término "talento local" como diminutivo y despectivo, como etiqueta que suena más a condescendencia que a reconocimiento. Se les menciona, sí, pero rara vez se les analiza, se les critica, se les exige con la misma seriedad que a proyectos de fuera. Y sin exigencia no hay crecimiento. Y sin visibilidad no hay escena.

Pero también hay una responsabilidad del público. De quien escucha. De quien decide. Si podemos exigir calidad en lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que vestimos, ¿por qué no en lo que escuchamos? Y más importante aún: si esa calidad existe aquí, frente a nosotros, ¿por qué no consumirla?

San Luis Potosí no necesita que le inventen talento. Lo tiene. Lo que necesita es que dejemos de tratarlo como si fuera una curiosidad y empecemos a tratarlo como lo que es: una escena con historia, con presente y, si dejamos de ignorarla, con futuro.

La próxima vez que alguien diga que en esta ciudad "no hay música", no hace falta discutir. Basta con poner play. Y dejar que el sonido haga lo que siempre ha sabido hacer mejor: decir la verdad.