In-D: Gustavo eterno

La tecnología ha logrado algo que durante siglos fue patrimonio exclusivo de la memoria y la nostalgia

La escena es poderosa y, al mismo tiempo, inquietante. En un escenario monumental, entre pantallas, luces y una multitud que canta como si el tiempo no hubiera pasado, aparece la figura de Gustavo Cerati. No está ahí, pero está. La tecnología ha logrado algo que durante siglos fue patrimonio exclusivo de la memoria y la nostalgia: darle continuidad visible a la ausencia. Y en ese gesto se abre uno de los debates culturales más complejos de nuestro tiempo.

Las presentaciones de Soda Stereo que incorporan proyecciones avanzadas, visuales intervenidas o recreaciones digitales del líder fallecido han sido recibidas con una mezcla de fervor y disgusto. Para muchos, se trata de una experiencia profundamente conmovedora: la posibilidad de reencontrarse con canciones que definieron generaciones, ahora envueltas en una narrativa escénica que se niega a aceptar la lógica definitiva de la muerte. Para otros, el espectáculo plantea una pregunta incómoda que nadie parece querer responder con claridad: si la imagen de un artista puede seguir generando ingresos después de su muerte, ¿Quién decide el destino de ese dinero y bajo qué criterios éticos se administra ese legado?

Vivimos una época en la que la inmortalidad ya no es una metáfora poética sino una posibilidad tecnológica. La inteligencia artificial y los sistemas de proyección cada vez más sofisticados permiten extender la presencia simbólica de figuras que marcaron la cultura popular. En ese sentido, lo ocurrido con la figura escénica de Cerati no es una anomalía sino una advertencia. El artista del siglo XXI no solo compone discos o da conciertos: también deja un archivo visual y sonoro susceptible de ser reactivado indefinidamente. El escenario deja de ser un espacio del presente para convertirse en una cápsula de tiempo manipulable.

Sin embargo, hay un matiz crucial que hasta ahora ha contenido la polémica dentro de límites razonables. Las recreaciones tecnológicas han servido para interpretar canciones que Gustavo Cerati compuso y grabó en vida. Es decir, la experiencia no pretende inventar un nuevo Cerati ni atribuirle decisiones creativas que nunca tomó. Se trata, en esencia, de amplificar su obra existente mediante un dispositivo emocional contemporáneo. Mientras la música que suena sea la que nació de su propio impulso artístico, puede sostenerse el argumento de que el espíritu creativo permanece intacto, aunque el cuerpo ya no esté.

El conflicto sería radicalmente distinto si la industria decidiera ir más allá y utilizar su imagen digital para interpretar composiciones generadas por inteligencia artificial. En ese escenario, el artista dejaría de ser un autor para convertirse en un avatar rentable. Ya no hablaríamos de memoria ni de homenaje, sino de una simulación productiva capaz de fabricar "nuevas obras" sin la participación consciente de quien les da nombre. La frontera entre preservar un legado y explotarlo se volvería peligrosamente difusa.

También resulta revelador que parte del público haya centrado la discusión en la calidad técnica del recurso. ¿Se ve realista? ¿El movimiento es convincente? ¿La sincronización es perfecta? Esta obsesión por la verosimilitud parece ignorar lo esencial: no estamos ante un truco cinematográfico sino ante un canal simbólico. El objetivo no es engañar a nadie haciéndole creer que el artista ha regresado, sino construir un puente sensible entre distintas generaciones. Quienes crecieron con Soda Stereo encuentran una forma de despedida compartida; quienes nunca los vieron en vivo reciben una invitación tardía pero efectiva a descubrir su música.

Tal vez ahí reside la clave para entender por qué este tipo de espectáculos, pese a la controversia, logran conectar con tanta fuerza. La música sigue siendo el centro. La tecnología, por espectacular que resulte, funciona como un amplificador emocional, no como el mensaje en sí mismo. Cuando miles de personas cantan al unísono una canción que forma parte de su biografía, el dispositivo visual se vuelve secundario. Lo que permanece es la obra.

El futuro promete llevar este fenómeno a niveles todavía más radicales. No es difícil imaginar giras completas protagonizadas por artistas digitales, duetos imposibles entre figuras separadas por décadas o repertorios inéditos generados por algoritmos que estudian minuciosamente los patrones creativos de los muertos. En ese contexto, el caso de Soda Stereo podría verse algún día como una etapa inicial, casi inocente, de una transformación mucho más profunda.

Mientras tanto, la pregunta sigue flotando sobre los estadios iluminados: ¿estamos honrando la memoria o inaugurando una nueva forma de negocio eterno? Tal vez la respuesta dependa de algo tan simple y tan complejo como esto: mientras la tecnología sirva para mantener viva la música que ya existe, el legado respira. Cuando empiece a inventar lo que nunca fue, la inmortalidad dejará de ser un tributo para convertirse en una ficción rentable.

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