Hay historias que parecen escritas por el propio Chespirito. Tienen enredos, malentendidos, personajes que entran y salen en el momento exacto y un final que deja al público preguntándose quién tenía realmente la razón. La polémica alrededor de la música de El Chavo del 8 es una de ellas.
Durante décadas, millones de latinoamericanos crecimos creyendo que aquella inolvidable melodía que acompañaba las aventuras de la vecindad había sido compuesta especialmente para el programa. Era tan parte del universo del Chavo como el barril, la torta de jamón o los cachetadones de doña Florinda.
Pero la realidad, como suele ocurrir, resultó mucho más interesante. Hace algunos años comenzó a difundirse la historia de que el músico francés, Jean-Jacques Perrey, había descubierto que Roberto Gómez Bolaños había utilizado una de sus composiciones durante décadas sin autorización. El relato era irresistible: un artista europeo se enteraba, treinta años después, de que su música había acompañado uno de los programas más exitosos de la televisión latinoamericana sin que él recibiera reconocimiento alguno.
Las redes sociales hicieron lo suyo y muy pronto la conclusión parecía obvia: Chespirito le había robado la música a un compositor francés. Caso cerrado. O casi...
Porque resulta que el asunto escondía otro giro digno de un sketch. La pieza utilizada por El Chavo del 8 era efectivamente "The Elephant Never Forgets", un arreglo electrónico realizado por Jean-Jacques Perrey en 1970. Sin embargo, esa melodía tampoco había sido del todo idea suya.
Perrey había tomado como base la célebre Marcha Turca de Ludwig van Beethoven, compuesta alrededor de 1811 como parte de Las ruinas de Atenas. Es decir, la melodía original tenía ya más de siglo y medio de existencia cuando el francés decidió reinventarla con sintetizadores Moog, convirtiéndola en una de las obras más representativas de la música electrónica temprana.
Entonces apareció la pregunta inevitable. ¿Quién le robó a quién?
La respuesta, por supuesto, es que probablemente nadie. Beethoven llevaba más de cien años muerto cuando Perrey realizó su arreglo. La obra original ya pertenecía al dominio público, una figura jurídica que muchas veces se menciona pero pocas veces se explica. Los derechos de autor no duran para siempre. En prácticamente todos los países existe un plazo de protección que permite al creador, y posteriormente a sus herederos, explotar económicamente una obra durante varias décadas. Una vez transcurrido ese periodo, la creación pasa a formar parte del patrimonio cultural de la humanidad.
Eso significa que cualquiera puede interpretar una sinfonía de Mozart, publicar Don Quijote de la Mancha, representar una obra de Shakespeare o realizar un nuevo arreglo de Beethoven sin pedir permiso a nadie. Lo que sí puede generar nuevos derechos es precisamente ese arreglo.
Justo ahí está el detalle. La melodía era de Beethoven. La instrumentación, el ritmo, los sintetizadores y la personalidad sonora de "The Elephant Never Forgets" eran obra de Jean-Jacques Perrey. Es decir, el francés no era dueño de la composición original, pero sí de la manera específica en que la había transformado.
Por eso el conflicto nunca fue realmente sobre Beethoven, sino sobre la utilización del arreglo de Perrey en un programa de televisión que terminaría convirtiéndose en un fenómeno mundial.
Lo más curioso de toda esta historia es imaginar al propio Perrey descubriendo, después de tantos años, que una de sus obras era probablemente mucho más famosa en Latinoamérica que en Europa... aunque casi nadie supiera que era suya. Y del otro lado, millones de personas convencidas de que aquella música había nacido junto con el barril del Chavo.
La ironía es maravillosa. Una obra inspirada en Beethoven terminó siendo conocida como "la música del Chavo". Y el arreglo que hizo famoso Jean-Jacques Perrey acabó eclipsado por una serie de televisión mexicana. Cada generación fue apropiándose de la pieza de una manera distinta.
Para Beethoven era una marcha. Para Perrey era un experimento electrónico. Para nosotros era simplemente la hora de ver El Chavo del 8. Al final, este pequeño enredo musical termina pareciéndose muchísimo a las propias historias de Chespirito.
Hay confusiones, acusaciones precipitadas, personajes que parecen culpables hasta que aparece un nuevo detalle que cambia toda la perspectiva y un desenlace en el que nadie resulta ser exactamente el villano que imaginábamos.
Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, reza el dicho. Pero nadie sabe quién fue el pillo en esta situación. Porque muchos quisieron resumir el asunto diciendo que un compositor francés había descubierto que Chespirito le había robado su música. Pero bastaba rascar un poco la superficie para descubrir que ese mismo compositor había construido su obra sobre una melodía escrita más de ciento cincuenta años antes por Beethoven, quien, afortunadamente para todos, ya había regalado involuntariamente su música al dominio público gracias al simple paso del tiempo.
No hubo un ladrón que robó a otro ladrón. Hubo algo mucho más interesante: una misma obra viajando de compositor en compositor, de siglo en siglo y de continente en continente, transformándose con cada nueva interpretación hasta convertirse en parte de la memoria colectiva de millones de personas. Esta es la mejor prueba de que una gran creación nunca deja de pertenecer a su autor... pero, tarde o temprano, también termina perteneciendo a todos.