In-D: Si de piedras angulares hablamos

Algunas veces los homenajes celebran una carrera. Otras funcionan como una disculpa. Cuando en 2018 Sister Rosetta Tharpe fue incorporada al Salón de la Fama del Rock and Roll, el acto tuvo un poco de ambos, aunque predominó lo segundo. No era la coronación de una artista vigente, sino el intento (muy tardío) de corregir una omisión que llevaba más de medio siglo escribiéndose. Para entonces, Rosetta había muerto desde 1973. No pudo escuchar los discursos, recibir los aplausos ni contemplar cómo el género al que ayudó a dar forma, finalmente pronunciaba su nombre con el respeto que merecía.

El reconocimiento llegó cuando ya no podía servirle a ella. Sirvió, más bien, para tranquilizar la conciencia de la historia.

Pero hagamos el viaje al revés

Retrocedamos hasta 1964. La escena parece sacada de una película: una estación de tren en Manchester, Inglaterra; lluvia persistente; un escenario improvisado y una mujer empuñando una guitarra eléctrica blanca. Mientras Estados Unidos comenzaba a relegarla al cajón de las viejas glorias del góspel, al otro lado del Atlántico ocurría algo mucho más importante de lo que cualquiera podía imaginar. Entre quienes observaban con fascinación aquella forma salvaje de tocar la guitarra había jóvenes británicos que estaban redefiniendo el rock. Eric Clapton, Jeff Beck y Keith Richards quedaron profundamente marcados por aquella combinación de blues, góspel y electricidad que Rosetta dominaba como si hubiera nacido con una guitarra entre las manos.

Qué ironía tan extraordinaria. Mientras su propio país empezaba a olvidarla, Inglaterra la recibía como una profeta. Y esa profeta sembró semillas en una generación que terminaría conquistando el mundo. La llamada Invasión Británica no sólo bebió de Chuck Berry o Muddy Waters; también encontró inspiración en aquella mujer que hacía rugir una guitarra eléctrica cuando todavía muchos pensaban que ese instrumento no tenía lugar dentro de la música religiosa.

Retrocedamos un poco más

Antes de que Elvis Presley moviera las caderas frente a las cámaras de televisión. Antes de que Little Richard incendiara los pianos. Antes de que Chuck Berry caminara con su célebre "duck walk". Incluso antes de que el término rock and roll existiera como tal, Sister Rosetta Tharpe ya estaba ahí.

Nacida en Arkansas en 1915 y criada entre iglesias pentecostales, convirtió el góspel en algo que sonaba peligroso. Sus guitarras tenían distorsión natural cuando la palabra "distorsión" todavía no pertenecía al vocabulario de los músicos. Tenía ya el atrevimiento de construir solos veloces, agresivos y llenos de una energía que décadas después sería una de las principales señas de identidad del rock. En 1944 grabó Strange Things Happening Every Day, una canción que muchos historiadores consideran uno de los primeros registros auténticos del rock and roll.

Sin embargo, cuando llegó el momento de escribir la historia oficial, el relato prefirió otros protagonistas.

Resultaba más sencillo construir el mito alrededor de hombres carismáticos que aparecieron después. Elvis fue bautizado como "El Rey". Chuck Berry fue convertido en el padre de la guitarra rock. Little Richard pasó a ser uno de los arquitectos definitivos del género. Todos ellos son gigantes y nadie discute su importancia. Lo que durante demasiado tiempo se ignoró fue que muchos de esos gigantes caminaban sobre un suelo que Rosetta había ayudado a construir.

No se trata de restarles mérito a ellos. Se trata de devolverle el suyo a ella. Porque la historia de la música, como tantas otras historias, también fue escrita con silencios. Y en esos silencios cabían perfectamente una mujer, afroamericana, profundamente religiosa, tocando una guitarra eléctrica en una época en la que casi nadie esperaba que una mujer encabezara una revolución musical. El problema no fue únicamente el machismo. También pesaron el racismo y el hecho de que interpretara góspel, un género que durante años fue visto como una categoría distinta, casi incompatible con el nacimiento del rock. Como si el rock hubiera aparecido por generación espontánea, sin reconocer que muchas de sus raíces crecían precisamente dentro de las iglesias afroamericanas.

Quizá por eso el caso de Sister Rosetta Tharpe resulta tan fascinante. No sólo fue una pionera. Fue un puente. Sus acordes viajaron desde los templos del sur de Estados Unidos hasta los amplificadores que dominarían los estadios del planeta. Inspiró a Elvis y Little Richard, pero también ayudó a moldear la imaginación de Clapton, Beck y Richards. Su influencia cruzó generaciones, géneros, fronteras y océanos. Pocas figuras pueden presumir una herencia tan amplia.

Tal vez esa sea la mayor lección que deja su historia. Las revoluciones no siempre son recordadas por quienes las iniciaron. A veces la fama termina siendo un reflector caprichoso que ilumina únicamente a quienes llegaron cuando el escenario ya estaba montado. Por fortuna, la historia tiene una virtud: aunque tarde, de vez en cuando vuelve sobre sus propios pasos para corregir algunas injusticias.

La de Sister Rosetta Tharpe jamás podrá repararse por completo. Ningún discurso de inducción, ningún documental y ningún reconocimiento póstumo devolverán los años en que su nombre debió pronunciarse junto al de Presley, Berry o Little Richard. Pero al menos hoy sabemos algo que durante demasiado tiempo permaneció oculto: antes de que existiera un rey del rock, ya había una reina enseñándole al mundo cómo hacerlo sonar.