Desde hace ya casi año y medio, los mexicanos estamos inmersos en un fenómeno político que hace 90 años no se presentaba en nuestro país: un poder presidencial disputado, cuestionado, contrariado. Esta experiencia inédita durante poco menos de un siglo desemboca en una sensación de incertidumbre. ¿Quién manda realmente aquí? ¿Dónde está la sede del poder real, en Palacio Nacional o en Palenque?
En México las dudas sobre el monopolio del Poder Ejecutivo se acabaron desde aquella mañana de abril de 1936 en que un pelotón de soldados enviado por el presidente Lázaro Cárdenas sacó de su casa al expresidente Plutarco Elías Calles, lo montó en un avión y lo llevó a Brownsville, Texas. Regresaría cinco años después, ya muy enfermo, previa autorización del presidente Manuel Ávila Camacho. Junto con el entonces llamado Jefe Máximo de la Revolución, fueron enviados al exilio tres de sus incondicionales: Luis N. Morones, Luis L. León y Melchor Ortega.
Habrá quienes digan que algo parecido se vivió 40 años después con Luis Echeverría y López Portillo, pero en todo caso fue una disputa más moderada, menos impactante. Al término de su sexenio, Echeverría se quedó con una extensión de la red presidencial en su casa de San Jerónimo, desde donde llamaba a integrantes del gabinete. Pronto alguno de ellos hizo notar el hecho al secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles, quien simplemente le mandó cortar la línea. El expresidente insistió en meter mano donde ya no debía, y cosa de dos años después fue enviado como embajador a las Islas Fiyi, localizadas en las antípodas de México. Regresó un año más tarde y ya se quedó en santa paz.
De vuelta a la circunstancia política actual, sea inédita desde hace 90 o 50 años, que para el caso es lo mismo, habrá quien diga que no hay evidencias sólidas al respecto. Aquí aplica a la perfección la máxima de que, en política, lo que parece, es. Pero el fenómeno no se agota en apariencias. Quizá el expresidente López Obrador no tenga desplantes que lo hagan ver como dueño del poder, pero su alejamiento de esos escenarios no ha sido total ni su silencio absoluto.
La incertidumbre sobre en qué manos efectivamente está depositado el poder, se alimenta también de la permanencia de lopezobradoristas irredimibles en las inmediaciones operativas de la presidenta Sheinbaum.
Los anticipos del libro Ni Venganza Ni Perdón, de Julio Scherer Ibarra y el periodista Jorge Fernández Menéndez, que ayer llegó a las librerías, dan cuenta de la denuncia más reciente sobre los arreglos mafiosos y corruptos de Jesús Ramírez Cuevas y de Mario Delgado, exCoordinador de Comunicación Social de la Presidencia y expresidente nacional de Morena, respectivamente, hoy convertidos en Coordinador de Asesores y Secretario de Educación del gabinete claudista. Poco ayudó en términos de opinión pública que Adán Augusto López dejara la coordinación de la bancada morenista en el Senado, pues se quedó en su escaño con el valiosísimo fuero; presume de que cumplirá tareas partidistas en buena parte del país y se tomó la libertad de perfilar su muy particular Corcholata al gobierno del Chihuahua.
Las incidencias trascendidas de la preparación del proyecto de reforma electoral tienen un común denominador, leña seca para la especulación: los que probablemente sean los dos partidos más mercenarios y desconfiables de la escena política nacional -Verde y PT-, parecen estar torciéndole la mano a la presidenta Sheinbaum para que abandone su idea de suprimir o por lo menos reducir los legisladores plurinominales y para entregar menos dinero público a los partidos.
Este capítulo viene además a poner bajo el reflector el hecho de que las disputas al poder presidencial de Claudia Sheinbaum Pardo no surgen exclusivamente de Palenque, tienen diversos orígenes. El menú incluye a sus propios aliados en la coalición partidista que se supone encabeza Morena, cuya fuerza electoral triplica o cuadruplica la de sus renuentes compañeros de viaje, que sin embargo logran imponer su agenda.
Permítanme recordar que en el 2018 el Partido Verde Ecologista de México apoyó electoralmente al candidato priista José Antonio Meade. Tres años después, en el 2021, se acercó con Morena para buscar un nuevo aliado más prometedor. A poco de iniciar las negociaciones, su vocero Manuel El Güero Velasco, declaró que su partido se alejaba de las pláticas porque debía reevaluar sus alianzas, en una clara forma de presión para sacar ventaja. Menos de una semana después fuentes del SAT filtraron que durante su gestión como gobernador de Chiapas, Velasco había dejado un hoyo negro de 500 millones de pesos de impuestos retenidos y no enterados a Hacienda. Horas más tarde el aludido regresó contrito a la mesa de negociaciones, mucho más mesurado.
Es exactamente el mismo personaje que el primero de octubre del 2024 se acercó a saludar a la nueva presidenta de México que había rendido protesta minutos antes, y ella se inclinó para besarle la mano. Semanas más tarde, de consuno con Ricardo Gallardo Cardona, el Güero y sus cómplices bloquearon y lograron posponer tres años las reformas en materia de nepotismo impulsadas por su afectuosa amiga la presidenta Sheinbaum.
Así, es fácil descubrir que las dudas sobre en qué manos está realmente el poder presidencial se alimentan de diversos manantiales: el expresidente y sus infiltrados en el gobierno; el propio partido con sus enclaves “duros”, los aliados y otros adversarios embozados que lanzan la piedra y esconden la mano.
Y como envoltura de todo esto, una enorme paradoja: Claudia Sheinbaum Pardo es la presidenta más poderosa de nuestra historia institucional. A su doble condición de jefa de estado y jefa de gobierno, con amplias facultades constitucionales y metaconstitucionales, en los hechos acumula en sus manos otros factores reales de poder: controla el Poder Legislativo; luego de las muy cuestionadas elecciones del año pasado, también domina el Poder Judicial; el Instituto y el Tribunal electorales son ahora apéndices del Ejecutivo, y la desaparición o minimización de varios órganos autónomos despejó el camino para muchas acciones de un gobierno que se ha ido quedando sin límites ni contrapesos.
Una jefa de estado y de gobierno con ese poder tan amplio que no puede en la práctica ejercerlo sin tener que cortejar a diversos actores, sobre todo de su propio partido y aliados, y al expresidente, siembra dudas sobre sus verdaderos alcances.
México ha sobrevivido a presidentes autoritarios y represivos; a frívolos e incompetentes, a corruptos y a bebedores. Lo que por ahora no es posible saber, aunque sí temer, es cómo nos puede ir con una presidenta que no sea la que realmente manda.
Los defensores de la doctora Sheinbaum, que los tiene y no son pocos, argumentan mucho en los medios y programas de opinión que a la presidenta no le faltan ni carácter ni determinación, que todo esto es cuestión de estilo y de timing. Ojalá sea cierto y todo este entorno de incertidumbres y preocupaciones sea pasajero. Y el ojalá se justifica porque estilo no es destino. El manejo del calendario tampoco.
COMPRIMIDOS
Hoy hace justo una semana el Ayuntamiento de la Capital celebró un evento para presentar sus resultados en materia de seguridad pública correspondientes al año pasado. Las cifras, que ya han sido ampliamente difundidas, son buenas, alentadoras. Tienen la ventaja de que no son números preparados por la propia autoridad municipal sino extraídos de dos fuentes ajenas: el INEGI, a través de su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Destacan algunos datos: el comparativo con 2024 indica que durante 2025 el homicidio doloso bajó un 54 por ciento, y el secuestro lo hizo en un impresionante 75 por ciento. En los seis tipos de robo clasificados (en transporte público, con violencia, a transeúnte, de vehículo, a negocio y en casa-habitación) las reducciones van del 14 al 68 por ciento.
Durante el evento, al que asistimos periodistas, dirigentes empresariales, los comandantes de la Zona Militar y de la Guardia Nacional, funcionarios federales y municipales y algunos líderes de opinión, tanto el alcalde Enrique Galindo como el secretario de seguridad municipal, Juan Antonio Villa, reconocieron la persistencia de un fenómeno negativo que si bien se ha reducido, es necesario seguir combatiendo: la percepción de inseguridad. Líneas arriba citamos la consagrada frase de que en política, lo que parece, es. Tiene una prima hermana que aplica en esto de la seguridad pública: percepción es realidad. Por otra parte, como signo de los tiempos, no hubo ningún funcionario estatal.
Las dos semanas anteriores probablemente hayan sido las más terribles para el gobernador Gallardo Cardona, en cuanto a comunicación social se refiere. A base de videos en redes, sus malquerientes lo hicieron pomada. Todo comenzó con el muy desafortunado episodio con Juan Carlos Valladares Eichelmann, donde al gobernador le valió absolutamente madre que el diputado federal tenga una esposa y unos hijos, es decir una respetable familia, que no merecían ese bochorno. Luego, se volvió a difundir una grabación de mediados de diciembre donde RGC hace una apasionada defensa de la llamada Ley Esposa, satanizando a quienes se opusieran por misóginos y asegurándoles el castigo femenino en las urnas. ¿Y quién vetó esa ley, impidiendo con ello la justicia histórica para las mujeres potosinas? Finalmente, en una edición perversa, se ve y escucha al gobernador echando pestes contra los chapulines que cambian de partido creyendo que eso los redime, y luego de una catarata de descalificaciones aparece Aranzazú Puente estrenándose como militante Verde después de toda una vida en el PAN. Pronto doña Aranza va a descubrir que todos los partidos son el mismo infierno nada más con demonios diferentes.
Cada vez con mayor frecuencia el enorme y costoso aparato de comunicación del gobierno del estado se pasa de tueste y acaba en excesos que provocan más críticas que adhesiones. La última visita presidencial, breve y monotemática, a diferencia de otras anteriores, no dejó mal sabor de boca para el gobernador Gallardo Cardona. El trato fue correcto y atento, se reconoció su apoyo al proyecto presidencial de la Universidad Nacional Rosario Castellanos. Sin embargo, al día siguiente todas las gacetillas insertadas por sus comunicólogos hablaron de que el gobernador, acompañado de la presidenta Sheinbaum, inauguró el edificio del plantel. O séase: el protagonista fue él y ella la acompañante. Por eso no los quieren.
Hasta el próximo jueves.