Incómodo

El día iba a ser largo. Trabajo, luego dar clases toda la tarde. Me gustan los días así, pero también se que a medio turno, necesito urgentemente café. Mucho más a sabiendas que no me libraría regresar a casa para comer. Salí entonces a prudente hora a conseguir refuerzos y encontré un restaurancito por los Arcos Ipiña. Llegué en hora concurrida, así que me senté a esperar. Ya de paso, pediría algo de comer para llevar. Tomaron la orden y me senté en una mesa que lindaba con la puerta del local y la barra de atención a paseantes. 

Una chica de unos treinta años entró al lugar y se acercó a la barra. Llevaba ropa formal, como de oficina. Tenía el cabello suelto, castaño claro, con ligeros brillos dorados. Su cara era afilada. Era guapa. Parecía que al igual que yo, tendría un día largo. Pidió una bebida (café frío con crema batida) y luego pareció indecisa sobre qué pedir de comer. Mientras ella estaba absorta en el menú, un hombre se paró atrás de ella. Era quizá un par de años mayor, vestía un traje color gris claro con corbata y camisa a juego. Estaba embelesado con su celular y le daba la espalda a ella.  Cuando finalmente la mujer habló para completar su orden (un panini con algo vegetal), él pareció quedarse paralizado. Vi como metió el celular a la bolsa del saco y volteó hacia donde ella estaba: “-¿Karla?-“. Ella soltó el menú. “-Luis-“. Cualquiera que estuviera a kilómetros a la redonda podía detectar que ahí había alguna historia pendiente. Ella se acomodó el cabello, nerviosa y él instintivamente se aflojó el nudo de la corbata. La chica que tomaba la orden dio un paso para atrás, sabiendo que estorbaba. Se dieron un cortés beso en la mejilla y algo se dijeron sobre tanto tiempo, cómo estás, pensé que seguías en Toluca, ¿cómo está tu mamá?, Julián ya debe tener unos ocho años, no, nueve, mira qué bien. Adelgazaste, te pintaste el cabello, te queda bien. Silencio.

 Comenzó a sonar la recién resucitada Kate Bush, con Running up that Hill. Ella, con su mano derecha, le tomó un rizo al hombre y se lo acomodó detrás de la oreja. El dio un paso atrás. Ella, como saliendo del trance, dijo “-Perdón-“ “-No pasa nada-“ “-¿Viste lo de Checo? ¿Te siguen gustando las carreras?-“ Él tomó comenzó a jugar con su mano derecha con la argolla de matrimonio que llevaba en la izquierda. El gesto no pasó desapercibido para ella. Enrojeció, le dio vergüenza. “-Si, claro. Son jaladas. Comesolo el Verstappen.-“ La barista se acercó a preguntar qué le servía a él. Pidió un café americano, para llevar por favor. Ella se hizo un paso hacia adelante. La barista le dijo que podía  pasar a sentarse en lo que le entregaban su orden.  Silencio de nuevo. “-Y ¿estás bien, Karla?-“ “-Si, si. Fue lo mejor para los dos.-“ “-Me refería a lo otro-“ “-Ah, si, en remisión, controlada.-“ La barista se acercó con las dos bebidas. El panini tardaría unos minutos. Él tomó su vaso. Ella dejó el suyo sobre la barra. “-Estás casado.-“ “-Si.-“ “-¿No que no?-“ Él se encogió de hombros: “-Me enamoré-“. Ella se hizo pequeña, muy pequeña. El lo dijo naturalmente, sin ápice de saña. Inmediatamente puso cara de arrepentimiento.  Claramente su intención no era dañarla. 

Entregaron mi pedido perfectamente empaquetado, pagué y la chica tomó mi billete para ir por feria. Ellos se despidieron con el mismo beso soso con el que se habían saludado. Él dio la vuelta y se alejó. Ella volteó conmigo. “-¿Puedo encargarte mis cosas en lo que entro al baño?-“ “-Claro.-“. Ella se fue hacia el interior del local y a mí me trajeron el cambio. Salió con los ojos rojizos. . Le di una palmada el hombro. Una muy torpe. Ella dijo “-Fue muy incómodo-“. Asentí. “- Yo lo decidí. Pero me equivoqué.-“ La barista llegó con la nota de ella. Tomó la nota, su feria, me dio las gracias y caminó con rumbo a Fundadores.

La barista y yo intercambiamos suspiros. A veces toca ser testigo 

de lo incómodo.