Ineptos y desquiciados

Casi desde la fundación de San Luis Potosí, una de las zonas que proveyeron mayor cantidad de recursos naturales al recién fundado pueblo, fue la sierra llamada de San Miguelito; el nombre –supongo– deriva del barrio dentro del que se encontraba como frontera sur.

De ella se extrajeron madera para construcción y para combustible, lo mismo que cantería para las construcciones de casas, templos y dependencias virreinales; fue su piedra rosada la que volvió característica la fisonomía de nuestra ciudad. Más aún, proporcionó alimento para ganado y animales de tiro y carga; sobre sus estribaciones se fundaron importantes y productivas haciendas; y en ocasiones sirvió de refugio y guarida a salteadores de caminos. Así, surgieron muchas leyendas, vinculadas todas a la sierra y a sus caminantes o moradores.

En el siglo XVII, los frailes agustinos tendieron desde ella un acueducto que abasteció la ciudad por años; luego, sobre la saca de agua que abastecía a los frailes, se construyó un acueducto que terminaba justo atrás del convento mercedario. Allí se levantó la Conservera o Caja del Agua, símbolo de la ciudad.

En el trayecto de este acueducto, todavía apreciable (y rescatable) en la mayor parte de su recorrido se construyeron algunos respiraderos, unos arcos para cruzar por encima del cauce del rio de Españita, y junto al Santuario de Guadalupe, fuera de la casa que después fue del coronel Mariano Martínez, una caja en forma de rectángulo vertical que regulaba el flujo y cantidades del líquido. Frente al templo, a unos cincuenta metros, una fuente denominada la Alcantarilla, que servía de depósito público de agua; en ella se refaccionaban los aguadores y vecinos del rumbo.

Poco más adelante, apenas pasando la hoy calle de Ontañón, se construyó otra fuente de menores dimensiones pero de factura similar; en la década de los veinte, en el cedillato, durante la alineación de la calzada, la fuente fue removida unos cinco metros hacia adentro de la calzada. El acueducto terminaba en la ya referida Caja del Agua; esta fuente y las anteriores fuentes, fueron diseñadas por el prestigiado grabador José María Guerrero Soloache; el trazo y construcción del acueducto, corrió a cargo de Juan Nepomuceno Sanabria.

Durante el último tercio del siglo XIX, una comisión de vecinos de la calzada, solicitaron al Ayuntamiento un permiso para construir una fuente abastecedora cerca de la calle llamada Del Corral de Toros, hoy de Fernando Rosas, una vez dada la aprobación por la institución municipal, fue construida la fuente que desde sus orígenes fue conocida como La Conchita. Unos años antes el farmacéutico, cartógrafo y gran conocedor de la historia potosina, Florencio Cabrera Lacavex, había conseguido la autorización para prolongar –a su costa– un acueducto desde la Caja del Agua hasta la intersección de las calles del Sol y de la Artillería (Universidad y Constitución), donde construyó otra fuente que al poco se convirtió en la cajita octogonal, semejante a un torreón, que hasta hoy existe.

De la arquitectura hidráulica para abastecimiento humano hay pocos ejemplos en la ciudad, ninguno de esas dimensiones (acaso lo fue el conjunto del que formaba parte la llamada fonja de Pedroza, y el canal que llevaba agua de la presa a la plante de los Filtros; funcionaba hasta que algún descerebrado alcalde lo mandó tapar). Así, el acueducto de la sierra de San Miguelito al Santuario debería ser salvado, se ve cercana su destrucción; ningún obstáculo detiene a los voraces lotificadores.

No sólo el acueducto corre peligro, la caja reguladora del Santuario, hoy en el abandono, fue rescatada durante el gobierno de Horacio Sánchez Unzueta, pero después quedó en el olvido; hoy su barandal ha desaparecido, y sirve de basurero, de soporte de toldos para puestos ambulantes o de contención a accidentes vehiculares. Todo merece mejor suerte.

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Ya que andamos en la sierra, hay que decir que la secretaria de Ecología y Gestión Ambiental, Ivette Salazar, dejó perder la protección de 1,200 hectáreas de la Sierra de San Miguelito, pertenecientes al municipio de la capital, mismas que en 1996, habían sido declaradas Área Natural Protegida.

Hace unos días, el gobernador se vio obligado luego de una resolución judicial, a publicar un decreto que dejaba sin efecto la anterior declaratoria; evidentemente la demanda promovida para retirar la protección, parte de algunos miembros del ejido San Juan de Guadalupe, y tiene como objeto beneficiar a los fraccionadores de la zona.

La titular de la dependencia, que mucho cuidado tuvo en ocultar esta pérdida desde mayo de 2018, pareciera que sirve a intereses ajenos a la protección medioambiental, y hace quedar a su jefe el gobernador potosino, como –ya muchos dicen que lo es– un perfecto incompetente. Lástima que las cuotas con el Verde lo obliguen a mantenerla en el cargo, porque no es que se ejerza contra ella la violencia de género, es que es una inepta.

Así andan las cosas en el Ejecutivo, pero en el Legislativo están peor que en Tlahuelipan, algo hay en esos recintos que afecta las capacidades mentales de los legisladores. Resulta que Mario Lárraga, diputado por el PES, no ha podido controlar sus apetitos naturales, y ha sido señalado como acosador sexual, explotador laboral –por retener salarios– según señalamientos de una de sus asistentes en el Congreso, y a eso hay que agregar el calificativo de violento. Pues acorralado por los medios de comunicación utilizó a uno de sus asesores como escolta y ariete contra los que lo cuestionaban. Lo que faltaba, un asesor –pagado con recursos públicos– utilizado para golpear reporteros. Volvemos a los tiempos de Julio Ceballos.

Los culebrones legislativos no acaban allí; según la diputada Paola Arreola, el diputado Óscar Vera ha ejercido violencia política contra ella. Sabemos pues que el diputado es medio deslenguado, eso que ni qué, pero lo curiosos es que las acusaciones surgen después que se le cuestionó su falta de disposición para disminuirse el sueldo, y que no existe alguna denuncia interpuesta contra el supuesto violentador. Difícil resultará que el diputado Vera aprenda a quedarse calladito, perro viejo que rompe huevos, no aprende ni quemándole el hocico; pero en el caso de la diputada, de casta le viene al galgo ser rabilargo.

Cómo estarán las cosas en que ya hasta la Comisión Estatal de Derechos Humanos se horrorizó frente a las conductas de los diputados; como que les falta dar una repasada a la Cartilla Moral de Alfonso Reyes.

Y a propósito de moralidad y remoralización, Pedro Carrizales, el diputado mejor conocido como Mijis, está a nada de convertirse en el nuevo Desfassiux; anda desatado en redes sociales, medios de comunicación y casas editoriales, en donde absuelve, acusa, beatifica, declara, dice, habla, pontifica. No sé si el señor sepa lo que es un megalómano, pero va en camino de convertirse en eso; perdió el piso, o se lo hicieron perder sus asesores, quienes pareciera que le dirigen la vida y le redactan hasta las pintas de los muros. Debería tomar el ejemplo de Edson Quintanar, el bebé legislador y reemplazarlos.

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Aunque estamos en manos de ineptos y desquiciados, la presencia de la doctora Beatriz Gutiérrez Müller a la ciudad, y concretamente al Colegio de San Luis, a donde asistió con motivo de la presentación de tres obras literarias, en el marco del aniversario 22 de la institución, otorgó un toque agradable a la semana. La obra presentada tiene como fondo algunos textos maderistas rescatados por la investigadora literaria; y aunque el evento se desarrolló dentro de los parámetros de una presentación académica desafortunadamente las mayoría de las preguntas finales nada tuvieron que ver con lo hablado; qué pena con las visitas. Seguimos en la protagónica barbarie.

Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan.