Leí con atención un texto publicado ayer en prensa por Eduardo Andrade Sánchez, conocido político y abogado veracruzano con una larguísima trayectoria en puestos públicos en los gobiernos del PRI. Este texto se titula “Restauración Constitucional” (lo puede encontrar en cualquier parte de internet).
Le ahorro la fatiga: el autor celebra lo que él llama la “restauración constitucional” en México, es decir, la reciente reversión de reformas que, según su idea, introdujeron principios ajenos al espíritu original de la Constitución de 1917. En su opinión, nuestra Carta Magna fue “colonizada” por las malvadas y oscuras ideologías neoliberales, lo que generó un conflicto entre principios antagónicos, como la libre competencia y la rectoría del Estado. Andrade destaca la necesidad de devolverle al Estado un papel preponderante en la economía, particularmente en el sector energético, critica la influencia de organismos autónomos que habrían debilitado al Ejecutivo, y celebra la ampliación de la prisión preventiva oficiosa como un acto de resistencia ante organismos internacionales. En resumen, Andrade defiende una visión centralista y nacionalista del Estado, abogando por una mayor concentración de poder en el Ejecutivo y la eliminación de contrapesos democráticos.
A propósito del 108 aniversario de la promulgación de nuestra constitución, la lectura del texto de Andrade me deja preocupado, no por la obscena cantidad de reformas que ha experimentado nuestro texto constitucional -se estima que al momento se han hecho 871 modificaciones a 119 de los 136 artículos que la componen- sino por el aparente uso político con el que las mayorías legislativas buscan -y logran- anclar sus intenciones políticas por encima de la necesaria estabilidad constitucional y de las instituciones que de ella emanan.
Permítame ser claro con algo. Soy de la idea de que nuestra Constitución es un texto vivo que se adapta según las exigencias del contexto. Pero una cosa distinta es que el texto constitucional se convierta en un producto de las voluntades políticas del momento. Esa es la razón por la que la inviolabilidad de la constitución se garantiza a través de una alta cuota legislativa que, en principio, significaría que hay un enorme respaldo popular detrás de esas modificaciones.
Regreso al texto de Andrade. parte de una falsa premisa: la idea de que una Constitución debe ser un texto monolítico e inmutable. En realidad, las constituciones modernas reflejan el pluralismo ideológico y buscan equilibrar distintos principios y derechos en función de la realidad social y económica. Lo que él denuncia como “colonización” es, en realidad, la evolución natural de un documento fundacional que debe responder a los desafíos del tiempo. Más preocupante aún es su celebración la eliminación de organismos autónomos y el regreso de un modelo estatal centralizado, como si el Ejecutivo fuera el único actor legítimo en la toma de decisiones nacionales.
El problema con este tipo de posturas es que confunden la soberanía con el autoritarismo. Cuando Andrade exalta la “supremacía constitucional” sobre los tratados internacionales, en realidad está defendiendo la posibilidad de que el Estado pase por encima de los derechos fundamentales reconocidos internacionalmente sin restricciones. Su respaldo a la prisión preventiva oficiosa como una muestra de “independencia” es una burla al derecho a la presunción de inocencia y a las garantías individuales.
En última instancia, el texto de Andrade no es un alegato jurídico, sino un panfleto político. Si realmente quisiéramos fortalecer nuestra Carta Magna, la solución no es regresar a modelos del pasado, sino consolidar su capacidad de proteger derechos, equilibrar el poder y garantizar la justicia en un país que aún tiene una enorme deuda en materia de Estado de derecho.
Feliz cumpleaños, Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
X. @marcoivanvargas