Innovación y desarrollo

Una vez más pareciera que se pierde la visión del bosque por andarse entre las ramas. Si bien es cierto que la innovación tecnológica tiene implicaciones a considerar para la convivencia social cotidiana, el problema de fondo para el caso de países como el nuestro es el de cómo enfrentar la concentración de esa innovación en el exterior y evitar seguir subsumidos en una relación asimétrica de poder político y económico, sobre todo, cuando se impide mejor desarrollo de los términos de intercambio de bienes producto de ciencia y tecnología propias. Pareciera chiste, pero no lo es tanto. En redes sociales circulan memes de cómo el ingenio mexicano anda luego rebasando a la mismísima inteligencia artificial, con ocurrencias para resolver problemas prácticos de la vida cotidiana. El problema es que, en efecto, pareciera que no queremos comernos el mundo porque así estamos a gusto. 

Pero la realidad es la realidad y allí tienen que ya hasta tenemos al primer billonario del mundo y, tenía que ser, precisamente, el magnate Elon Musk, dueño de complejos tecnológicos de amplio espectro entre los que sobresalen las compañías de vuelos espaciales que parecieran no tener otro fin que lanzar naves que orbiten la Luna o la Tierra, confirmando lo que alguna vez planteara Jean Braudillard como el espejo de la producción: darle vueltas en espiral al conocimiento que se genera por la explotación del trabajo científico, más para especular y ganar con la incertidumbre, para mantener una reproducción ampliada del capital que permita su valorización perpetua y, en el extremo opuesto, el ahondamiento de la pobreza de muchos. La pervivencia de la clásica ley de acumulación, aunque enmascarada por la expectativa de alcanzar un pedazo de precario como inestable “progreso”.

Como se comentó en una colaboración anterior, lo que mueve a los grupos de interés que gravitan en torno a la política del presidente Trump, son los grandes negocios de la especulación financiera y un proceso de valorización para la subsunción plena del trabajo al capital, esto es, la maximización de las ganancias con un proceso creciente de concentración y de cambio tecnológico para la explotación intensiva en todas las áreas de la vida, pero decíamos que ese proceso ya no es tan simple como en el pasado y, por eso, la defensa de la soberanía que no se reduce a meros gritos y sombrerazos es esencial. La presidenta de México ha sido prudente y valiente para enfrentar con firmeza pero con inteligencia las tácticas del Trump que ha llegado al extremo de descalificar cuestiones científicas como el cambio climático, considerando que se trata de una suerte de “globaloney” (neologismo formado por “globalization”  y “baloney” -tonterías-), algo así como “tonterías de la globalización”. 

Pero ya se sabe que Trump no es algún tonto que no entienda los alcances de la innovación tecnológica, el problema es para qué considera que le sirve eso en aras de mantener boyantes los negocios propios y los intereses comerciales de sus socios. Por tanto, Donald no puede hacerse pato y tiene que construir “enemigos” por doquier para mantener viva cualquier cruzada, incluso bélica, que asegure disponer de las riquezas energéticas que alimenten su papel hegemónico en el mundo. En contraste, en el caso mexicano, históricamente el gasto realizado por capitales privados nacionales y extranjeros para apoyar la innovación tecnológica ha sido muy bajo porque se gobernaba por y para empresarios. Ahora, la visión es diferente y empieza por ajustar privilegios a empresarios rentistas como el tal Salinas Pliego. Sobre esto seguiremos en la siguiente.