Creo que nos hemos vuelto demasiado indulgentes con la ignorancia orgullosa. Ignorar algo es normal, todos ignoramos casi todo y entramos en terrenos donde dependeos del conocimiento de otros, como un médico, un ingeniero o un mecánico. El problema empieza cuando la ignorancia deja de ser una carencia reconocida y se convierte en credencial moral. Cuando alguien presume no haber leído, no haber estudiado el tema, no confiar en quien sí lo hizo y, aun así, exige que su ocurrencia reciba el mismo peso que años de investigación.
Resulta seductor despreciar al que sabe. El experto incomoda porque introduce límites, dice que una ocurrencia no basta, que un dato puede destruir una convicción querida, que ciertas preguntas requieren años antes de admitir una respuesta. Frente a eso, la consigna, la frase, es mucho más amable, cabe en una playera o en un video de quince segundos.
Hay que decir que irrita la solemnidad del mundo académico, en el especialista que escribe para no ser entendido, el profesor que usa jerga como cerca electrificada para proteger su ego, el intelectual que confunde oscuridad con profundidad. Hay una parte del antiintelectualismo que ellos mismos han cultivado. Pero una cosa es criticar la arrogancia del experto y otra muy distinta celebrar la incompetencia.
No todo conocimiento merece obediencia. Todo conocimiento merece examen. Esa diferencia se ha ido borrando. Hoy “cuestionar” puede significar investigar, contrastar fuentes y soportar la posibilidad de estar equivocado. También puede significar mirar tres videos, encontrar a alguien que confirme lo que uno ya pensaba y salir a anunciar que ha desenmascarado a científicos, jueces, economistas, historiadores o epidemiólogos. La palabra es la misma, pero el esfuerzo no.
Las redes sociales no inventaron este vicio, pero aprendieron a premiarlo, pues la certeza circula mejor que la duda. El algoritmo no siente especial respeto por una frase cuidadosamente matizada, prefiere una afirmación rotunda, una indignación reconocible, un enemigo fácil de identificar. La duda necesita tiempo y el negocio de la atención cobra por segundo porque el apocalipsis tiene modelo de suscripción y la sospecha también monetiza; por eso nos prometen “información confidencial” cubierta con el manto de ser incontrovertible, sin prueba alguna.
Una sociedad que pierde la capacidad de distinguir entre evidencia y ocurrencia queda disponible para cualquiera que grite con suficiente seguridad. El poder no necesita quemar libros si logra que leerlos parezca una afectación de gente presuntuosa. Tampoco necesita prohibir preguntas cuando consigue que preguntar en serio resulte más cansado que repetir.
Pensar cuesta y mucho. Cuesta abandonar una opinión después de haberla defendido en público, decir “no sé”, descubrir que el adversario tenía un dato correcto, reconocer que una idea que nos daba identidad era falsa. Quizá por eso hemos sustituido con frecuencia el pensamiento por pertenencias, eligiendo primero el grupo y para después buscar las explicaciones y las razones.
No me interesa una sociedad gobernada por sacerdotes del conocimiento, pero tampoco por influencers de la certeza instantánea. Prefiero una ciudadanía con el hábito casi antipático de preguntar ¿cómo lo sabes?, ¿qué prueba lo sostiene?, ¿qué tendría que ocurrir para que cambiaras de opinión?
Si ninguna evidencia imaginable puede modificar lo que pensamos, entonces ya no estamos defendiendo una conclusión, estamos protegiendo una identidad. Y ahí comienza otra forma de ignorancia, bastante más resistente que la simple falta de información, la del que ha decidido de antemano que ninguna información será suficiente.
Tal vez por eso el verdadero gesto de rebeldía intelectual es detenerse antes de compartir, leer aquello que contradice lo que creemos, soportar unos minutos la incertidumbre y, de vez en cuando, pronunciar dos palabras que han adquirido una extraña dignidad: “no sé”.
X: @jchessal