La buena noticia

La historia es sinónimo de conflicto. Así lo advirtió el escritor argentino Federico Lorenz al señalar que no se estudia o se investiga la historia con el propósito de conocer o heredar un pasado, sino más bien para interpretar mejor el presente e imaginar hacia dónde nos queremos dirigir. Es conflicto porque el pasado es de todos y es de nadie, pero siempre hay quien insiste en construir –o a veces imponer- una narrativa sobre cómo debemos entenderlo e interpretarlo.

Así como el presente es dinámico, complejo y conflictivo, el pasado también lo fue. Pero no toda la historia que se relata, logra demostrar la complejidad de este pasado. La construcción de la historia es también un territorio en disputa: a veces es batalla cultural, a veces herramienta política, a veces es germen de un mito fundacional.

¿Qué lecciones podemos aprender sobre el periodo de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos? ¿Cuál va a ser la historia que vamos a contar? ¿La del único presidente en la historia de aquel país al que se le iniciaron dos procesos de destitución –el famoso impeachment-? ¿la del presidente que despidió a un director del FBI, a un Secretario de Estado, a un Fiscal General, a un Secretario de Defensa, a tres jefes de Staff de la Casa Blanca, a tres asesores de seguridad nacional? ¿La del Presidente que decretó el paro más prolongado de las actividades gubernamentales del que se tenga registro, porque el Congreso de aquel país no le autorizó el dinero que pretendía para construir el Muro fronterizo con México? ¿la del Presidente que implementó medidas contra los inmigrantes que constituyen claras violaciones contra los Derechos Humanos? ¿la del Presidente al que el Washington Post le contabilizó más de cuatro mil mentiras o declaraciones falsas durante los cuatro años de su administración? ¿la del Presidente que saludó la insurrección contra la democracia y sus instituciones? ¿cuál es la historia que vamos a contar?.

Vendrán ríos de tinta, libros y algunos yottabytes (trillones de megabytes) que abordarán estas preguntas. Hoy quiero proporcionarle algunas claves de observación de lo que ha ocurrido durante la presidencia de Trump y que pueden –insisto, pueden- representar algunas lecciones relevantes para la interpretación de nuestro presente.

Donald Trump es un populista de cuerpo entero. Intentaré no discutir sobre ello. Las razones por las cuales los populistas llegan al poder a través de la vía electoral son varias y algunas muy legítimas: hay millones de ciudadanos que consideran que las instituciones del “establishment” les han quedado a deber, que les han insultado, que han abusado. Por lo que los discursos y –peor aún- las políticas que derriban al orden institucional representan un banquete exquisito para quienes no tienen por qué creer en las instituciones del estado. Les ha sido prometida una apuesta por su futuro. Una muy simple, frecuentemente vacía. Es la hueca habladuría, propia de charlatanes y presuntuosos. 

Las democracias no son inmunes a los ataques desde adentro. Me resulta preocupante la eficacia con la que Donald Trump logró tres victorias políticas significativas que amenazan a todo estado democrático: no es que el equilibrio de poderes se diluya cuando el partido en el gobierno tenga mayoría en el Congreso. Donald Trump logró someter a su propio partido por encima de las voces críticas que buscaban atemperar sus políticas. Debilitó la independencia del Departamento de Justicia y contaminó la actuación de las agencias gubernamentales a través de presiones y amenazas.

La buena noticia es que se requiere más que cuatro años, miles de tweets, cientos de amenazas y bailes ridículos con música de Village People para desmontar a la democracia y sus instituciones. La buena noticia no es que haya perdido Donald Trump, la buena noticia es que la sociedad protege a sus instituciones. Y si fue a través del voto –institución democrática- como pudo dejar entrar a un demagogo, es a través del voto como pudo echarle afuera de manera pacífica. El Congreso debe reivindicarse, las agencias gubernamentales deben actuar con independencia. Una sociedad tan heterogénea como la de Estados Unidos debe reencontrar el valor de su propia divergencia. Ahí radica la fortaleza de la nación, la historia así lo ha demostrado.

Hold your horses!

Siempre me ha gustado esa expresión, pero a veces es difícil lograr lo que significa. Implica calma, paciencia. Recuerdo con toda claridad la expectativa que se tenía en materia de reformas migratorias con la victoria de George Walker Bush –amigo de Fox, en 2000- o de Barack Obama en 2008. Esa gran reforma migratoria, “The whole enchilada” nunca llegó. Tampoco llegará con Joe Biden. Hay que ser pacientes.

Twitter. @marcoivanvargas