Ignoro, porque nunca lo percibí y quizá porque nunca he estado largas temporadas fuera de mi entorno, en qué momento San Luis Potosí dio el salto de pueblo a ciudad; aunque quizá nunca lo dio, aunque así la queramos percibir.
El encanto de la provincia que evocaba López-Velarde en No me condenes o la Suave Patria, estuvo presente en nuestro pueblo hasta hace no muchos años. En ocasiones, sólo en algunas, en pausadas pero largas caminatas, disfruto caminar con el crío y en singular pasatiempo, propio de los ociosos, señalarle quien vivió en tal casa o qué casa comercial o dependencia pública se ubicaba en determinado sitio. Sencillo ejercicio que quizá ayude a fortalecer la memoria y a afianzar el sentido de pertenencia a un entorno.
Las mismas caminatas, invariablemente, siempre serán interrumpidas por el o los saludos de algún amigo o conocido que cruza en nuestro camino. Una cosa es cierta, indiscutiblemente, va quedando atrás aquel lugar en que todos nos conocíamos, en que todos sabíamos quién era quién, sin necesidad –dice el arquitecto Eugenio Sánchez Soler– de pedirles el RFC.
Hoy aquel especio de mi infancia, y de la de aquellos que me antecedieron, va quedado cada vez más lejos, la pequeña extensión geográfica que todos recordamos, crece anárquica y desproporcionadamente por los cuatro puntos cardinales. Ahora aparecen colonias con nombres que no nos dicen nada, y menos sabemos dónde se encuentran, los nombres de sus calles ya nada nos dicen.
Allá durante el virreinato y luego en los primeros años como nación independiente, la nomenclatura de las calles derivaba de un personaje, suceso u objeto, que en ella había residido o daban referencia al sitio; eran nombres impuestos por sus viandantes, por el pueblo, por el vulgo parlero y decidor. Nombres dados por todos y para todos.
Luego, durante el gobierno juarista, comenzó la tradición de imponer a las calles nombres de héroes militares y batallas de relevancia. A mediados de la década de 1860, por ejemplo, se decretó que en todo el país, dos de las calles que partiera de la plaza principal de todas las ciudades del país, deberían ser denominadas del Cinco de Mayo e Ignacio Zaragoza; en San Luis Potosí el primero se le impuso a la antigua calle de la Cruz, y el segundo a la de la Concepción.
Unos años antes la euforia provocada por el triunfo de los generales conservadores Luis Gonzaga Osollo y Miguel Miramón, sobre los liberales Santiago Vidaurri y Juan Zuazua, en la acción de Ahualulco, en 1858, determinó que el nombre de la batalla se le impusiera a la calle de La Estacada, hoy de Damián Carmona. Ese mismo año, Miguel Miramón, gobernador y comandante militar de San Luis Potosí, decretó que a unas calles recién abiertas al poniente de la plazuela de la Compañía, se les denominara de Osollo, en memoria del héroe de Ahualulco, fallecido en esta ciudad, víctima de tifo, el 18 de junio. Hoy esa calle, de principio a fin, se llama Independencia.
Durante el porfiriato, la conformación de una identidad o de un reconocimiento a los héroes de bronce, generó que se impusieran nuevos nombres; luego, la revolución y el modelo de ella derivado otorgó a las calles nombres de caciques, caudillos, líderes sindicales, políticos y matones. A pesar de eso, muchas calles, conservaron sus nombres tradicionales por muchos años.
Pocos ya, supongo, han sido testigos de algún cambio de nombre en las calles de nuestra ciudad, vienen a cuenta el reemplazo de Filisola, por León García; Ponciano Arriaga, por Eje Vial; Alamitos, por Santos Degollado; Diagonal Sur, por Salvador Nava. Por mencionar algunas relativamente recientes.
Todos recordamos como la megalomanía combinada con la ignorancia, y el profundo desprecio por la historia, consiguieron que una horda de salvajes, casi por la fuerza y en medio de una escena que pareciera sacada de alguna obra de Graham Greene, dieran el nombre de un populachero neo caciquillo al antiguo camino al cerro de San Pedro, en el vecino municipio de Soledad.
De las viejas calles de San Luis, tres eran las que habían logrado conservar sus nombres impuestos desde el virreinato: la de García Diego, desde el siglo XVIII, y las de Simón Díaz y de Alonso, desde el siglo XVII.
Desafortunadamente en el año 2005, algún burócrata municipal, imbécil e ignorante, pero con mucha iniciativa por sentirse iluminado y con autoridad, determinó que esa última calle, en realidad se llamaba Doctor Antonio F. Alonso. Estupidez mayor denominarla con el nombre de un personaje nacido en el último tercio del siglo XIX y fallecido en 1950.
No busco restar mérito alguno a una de las glorias de la medicina potosina; le debemos los potosinos, incluso, que durante su gestión como director del Instituto Científico y Literario, haya logrado rescatar de la pira a la que habían sido enviados por Gabriel Gavira, la mayor parte de la biblioteca del obispo Montes de Oca.
El nombre pues, de esa calle que corriendo de poniente a oriente, va del llamado Eje Vial–Ponciano Arriaga a la de Guillermo Prieto, en el barrio del Montecillo, no deriva del flamante oftalmólogo potosino, sino de don Alonso Muñoz de Castilblanque, caballero de Calatrava y alcalde mayor de San Luis Potosí, de 1690 a 1692, propietario de una huerta por el rumbo del antiguo cementerio de la ciudad, allá por donde se encuentra la llamada Casa Redonda de los talleres
de ferrocarriles.
Así, en los planos del siglo XVIII, el de Vildósola y el de Burgoa, la calle aparece como Calle de don Alonso, o Calle que va para la Huerta de don Alonso, el pueblo hizo el resto simplificando el nombre. Hoy, ya no lleva esa secular denominación; desafortunadamente tampoco hay un padre Montejano que, por su autoridad en el tema, hubiera obligado a resarcir el daño.
***
La ignorancia, insensibilidad y desinterés no sólo se manifiestan en hechos como el expuesto; el tema central de esta semana fueron precisamente los dislates cometidos frente a temas tan delicados como el acoso sexual ocurrido en el interior de la UASLP, el feminismo y el aborto.
Así, al inicio de la semana Juan Carlos Machinena, delegado del INAH, fustigaba a las manifestantes que pintarrajearon el edificio central de la UASLP, en protesta por los casos de acoso sexual ocurrido dentro de algunas escuelas de la institución. Intentar reparar el daño y presentar las denuncias, son una necesidad, señaló el arquitecto, avivando así las confrontaciones.
Ciertamente su papel, muy desacreditado, es la protección al patrimonio histórico arquitectónico, pero hay ocasiones en que el daño que generó la protesta, supera a la misma, y es preferible callar, si no por prudencia, al menos por sentido común.
Luego, mostrando una imbecilidad apoteósica, aparece el coordinador jurídico del Congreso, escribiendo comentarios antifeministas en sus redes sociales; menos mal que es la institución desde la que se nos representa a los ciudadanos, si no, sabrá Dios que nos esperaría. Comienzo a pensar que el adagio es cierto y esta Legislatura será peor que la anterior; ya no están los loquitos Desfassiux y Tekmol, pero hay personajes como Roy González Padilla, que invita a las mujeres a rayarse las nalgas. Vaya cretino.
Pero bueno, lo local fue un flamazo comparado con la hoguera que provocó Paco Ignacio Taibo, al señalar que con su casi inminente llegada al fondo se las metimos doblada. Cometario que logró unificar a algunos morenistas y opositores, en contra de sus dichos y nombramiento.
La corrección política del lenguaje y de los tiempos, ya no permiten hacer apologías del sometimiento sexual, quedaron atrás los tiempos de la roqueseñal y las carcajadas provocadas por los dichos de la Güera Rodríguez Alacaine, perito en vulgaridades. Hoy sólo subsisten el referido Taibo, y la panista Xochitl Gálvez; de los locales ni hablar por mucho honoris causa.
Todo pareciera, sin embargo, una cortina para cubrir el último acto de indignidad y sumisión del gobierno de Peña Nieto: otorgar la Orden del Águila Azteca, la más alta condecoración que nuestro país otorga a los extranjeros, al yerno de Donald Trump. Concluye así un sainete sexenal que concluyó hace casi un año.
***
Felicidades a Ramón Orozco Amaya por esos 74 bien llevados y mejor vividos. ¡En hora buena y que vengan muchos más!
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social; disfrutémoslo, es el inicio de un nuevo sexenio. Ya lunes o miércoles se nivela el peso.