La elite de la política, la clase política del Estado de San Luis Potosí, que son todos los que en alguna forma participamos de la cosa pública, a los que nos interesa el poder, la política y la administración pública, esa elite, que está integrada por los poderes formales legislativo, ejecutivo y judicial; los tres órdenes de gobierno, federal, estatal y municipal; y los “poderosos” poderes -valga la redundancia- de facto, representados por el sector empresarial, sector social; los partidos políticos y la iglesia. Si, esta soberbia clase política, fue vergonzosamente derrotada en las elecciones del pasado 6 de junio.
En el estado potosino, sobre todo en el municipio de la capital, todavía tenemos la oportunidad de conocernos, de saber quién es quién. Lo mismo sucede en el ámbito de la cosa pública, así se pertenezca a partidos políticos o ideologías diferentes, a grupos de poder distintos u organizaciones no gubernamentales, al final del día, todos sabemos, como coloquialmente se dice, “de qué pie cojeas”, para bien o para mal.
Este conjunto de individuos son los que componen esta elite, aunque diversos en posición social, económica y jerárquica, donde existe gente honesta y honorable, quien vive para la política, tienen buenas intenciones; pero una gran mayoría de esta elite, ha vivido de la política.
Esta clase política tiene un común denominador que los une, una característica que los amalgama, que les da pertenencia e identificación: el presupuesto, o como coloquialmente se le dice, “los dineros públicos”.
Decía el finado exdiputado panista J. Carmen García, (QEPD) “en el Congreso la ideología nos separa, pero el presupuesto nos une”. Y efectivamente así es, durante los últimos veinte años esta elite política ha vivido del erario y poco, muy poco, hicieron en favor del pueblo.
Se enriqueció, entró en complicidad, para hacer del gobierno, de la política, del ejercicio de la administración pública, un “Gran Negocio”; la corrupción y la impunidad fue su pan nuestro de todos los días.
No importaba que partido llegara al poder. Como todos tenían “cola que les pisaran”, se tapaban los unos a los otros. La corrupción y la impunidad los mantuvo unidos en un pacto invisible, pero evidente de complicidad, arreglos de encubrimiento y silencios convenencieros. Todo ello a costa del presupuesto… y de los potosinos.
Con el tiempo, estas situaciones fueron calando duro en el pueblo, y -ese pueblo- respondió el día de las elecciones, derrotándolos vergonzosamente y de manera inesperada. Una arrogancia alimentada por años los mantuvo cegados ante el quizás inesperado, pero inevitable resultado. El pueblo se cansó, y habló.
Esta historia de poder, soberbia, corrupción e impunidad comenzó hace veinte años cuando en el barco donde viajaba plácidamente la clase política potosina, comenzó a perder el rumbo.
Al capitán del barco, de uniforme tricolor, se le extravió la brújula, el navío iba a la deriva y sucumbió ante los poderes fácticos, a los que consintió para supuestamente cicatrizar la herida que su antecesor había dejado al afectar sus intereses.
Años después, los pasajeros cambiaron de capitán, escogieron a uno de impecable y sobrio uniforma azul con blanco, que condujo el barco como si fuera un carruaje faraónico. Este no sucumbió ante los poderes de facto, se alió a ellos, juntando al poder político con el económico. Los dueños de los dineros se sobaban las manos y se acomodaban los bigotes, satisfechos por el panorama que se les ofrecía, y los políticos, estuvieron listos para recoger las migajas del festín.
Así, el barco se hundía más y más comenzando a “hacer aguas”. Ante esta situación la tripulación cambió nuevamente al capitán regresando a otro de uniforme tricolor, justificándose entre ellos “más vale viejo por conocido”; pero resulta que este nuevo líder no supo, o no quiso maniobrar el timón como en principio se esperaba de él, definió una ruta mediocre, y el barco encalló.
Quien pudo establecer un equilibrio para sacar al barco del encallamiento en que había caído y sacarlo a flote nuevamente, fueron los integrantes de las legislaturas correspondientes a estos veinte años, pero resulta que se subieron al mismo barco, ¡y del lado de los corruptos! Estos “representantes del pueblo” a quien el capitán debió rendir cuentas de su itinerario, oyeron el canto de las sirenas y gozaron de las mieles mal habidas.
Estando el navío casi por hundirse, rápido eligieron otro capitán, también de uniforme tricolor, con grandes conocimientos, experiencia, preparación y juventud. Con todos esos atributos se creyó y confió que sacaría y rescataría de las turbulentas aguas en que todos habían metido al buque de bandera potosina.
Pues nada, este capitán tricolor resultó más gris que la niebla de Xilitla, y en esa neblina, ¡el barco naufragó!
Los pasajeros, todos de la clase política, nadaban y nadaban para salvarse, lograban flotar ayudados por el “salvavidas” del sargazo y su propio excremento acumulado por años de malas decisiones; y al grito de ¡¡¡ no hagan olas!!!!, ¡¡¡¡ no hagan olas!!!, nada más saquen la cabeza y respiren porque nos ahogamos, ¡¡¡ hay que juntarnos, la unidad hace la fuerza!!! Gritaban y gritaban.
Si nos unimos, lograremos salvarnos… y se juntaron los tricolores con los de azul y blanco, e invitaron a los amarillos y a los de la organización familiar, para treparse entre todos y poder salir a flote.
Pues nada, ni quien les aventara un salvavidas, el pueblo desde la costa reía y reía… y se ahogaron. Perdieron la batalla. Hundidos por un mar de orgullo, y el pueblo, acabó con ellos. Los derrotó.
¿Qué le deparará el destino a este sufrido pueblo potosino, ahora con un nuevo capitán de uniforme verde? No lo sabemos aún, y menos nos atrevemos a afirmar con certeza alguna la posible dirección que tome el buque con este capitán que está a punto de tomar las riendas del timón de mando.
Sus adversarios encienden cirios para que los jueces electorales anulen la elección. Los analistas políticos serios e informados, dicen que no hay vuelta de hoja, que no hay poder humano que le arrebate la inminente conducción del gobierno. No sabemos.
Unos dicen que nos va a ir muy mal, otros, que será más de lo mismo, que todos son iguales y, por tanto, todo seguirá igual, o peor. Otros confían en que, después de un acto sacramental de arrepentimiento y expiación de culpas, si es que las tiene, el nuevo capitán tomará el mando y conducirá el buque a buen puerto. Tampoco lo sabemos… al tiempo.
En el poder los conoceréis. Dale PODER a un hombre, e inmediatamente aflorará su condición humana.
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