Está por acabarse. El último silbatazo de la Copa del Mundo no solo marca el fin de los noventa minutos en la cancha; marca también el cierre de un gigantesco paréntesis de irrealidad colectiva. Hoy, cuando las luces de los estadios se apagan y los festejos de la justa en Norteamérica comienzan a desalojar las calles, nos queda ese silencio incómodo, ese vacío en el estómago. Nos queda, pues, la cruda. Y no hablo de la que se cura con un caldito de camarón o unos chilaquiles bien picosos, sino de la otra: la resaca anímica, la cruda social de volver a mirar el rostro de nuestra vida ordinaria.
Vaya que nos metimos de lleno al brindis de la evasión. Las cifras oficiales que ha arrojado este torneo no dejan mentir sobre la magnitud de nuestra hipnosis. Nos dicen los reportes preliminares de la FIFA y las coordinaciones del evento que el cardiaco encuentro de Octavos de Final entre México e Inglaterra rompió absolutamente todos los récords de audiencia del siglo XXI en el país, congregando a más de 60 millones de espectadores frente al televisor. Prácticamente medio México paralizado, conteniendo la respiración al mismo tiempo por un balón. Si nos vamos más atrás, la mismísima inauguración del torneo sentó a 1,200 millones de personas en todo el planeta.
Son números que marean. Y es aquí donde una, desde la trinchera del análisis de la ciencia política y la historia, no puede evitar preguntarse: ¿Cómo es posible que un fenómeno que de ordinario a muchos nos resulta ajeno, o incluso indiferente en el día a día, se convierta de pronto en el eje gravitacional de toda una sociedad? ¿Por qué nos importa tanto, y tan de golpe, algo que no cambia nuestras realidades jurídicas, económicas ni migratorias?
La respuesta no está en las piernas de los futbolistas, sino en nuestra propia naturaleza social. Desde la sociología clásica, autores como Émile Durkheim ya nos hablaban de la “efervescencia colectiva”. Durkheim explicaba que las sociedades necesitan, de cuando en cuando, reunirse en torno a un ritual sagrado o un símbolo común para reafirmar sus lazos y su identidad. En un México profundamente fragmentado, donde la confianza pública y la cohesión social suelen estar desgastadas por la polarización y la cotidianidad, el fútbol opera como ese gran ritual secular. Durante unas semanas, no somos el burócrata, la catedrática, el comerciante o el desempleado; somos una sola masa que comparte un mismo código de pertenencia. El balón, en términos durkheimianos, se vuelve el tótem moderno.
Por su parte, la psicología social expone a través de la Teoría de la Identidad Social de Henri Tajfel cómo los seres humanos buscamos categorizarnos en grupos para inflar nuestra propia autoestima. Ganar o competir a través de “los nuestros” nos inyecta un orgullo prestado, una dosis de dopamina comunitaria que funciona como un amortiguador emocional contra las frustraciones diarias de la vida pública y privada.
Pero el hechizo siempre tiene fecha de caducidad. El problema de las grandes borracheras de identidad es que el despertar suele ser seco y desabrido.
Mañana, cuando ya no haya pantallas encendidas en las esquinas de los barrios potosinos, los 60 millones de espectadores volveremos a la realidad de golpe. Diosito nos ampare.
La cruda post-mundialista es ese momento exacto en el que el espejo nos devuelve la imagen real, sin filtros tricolores. Fue un hermoso viaje, una necesaria tregua colectiva. Pero la última y nos vamos... la fiesta terminó y es hora de hacernos cargo de la realidad, que esa no se juega en tiempos extras.