La derecha que presiona

El modelo neoliberal atraviesa por una crisis ideológica que, en el caso latinoamericano, se ha manifestado en una vuelta a gobiernos de orientación de izquierda progresista que, por eso mismo, sufren embates de poderes fácticos de la derecha, señaladamente de poderes mediáticos que manipulan la verdad. Como bien se ha observado por allí, el nuevo golpismo en la región se traduce en una andanada de descalificaciones a la narrativa de gobiernos que avanzan con éxito en sus procesos de transformación social. Pero como la realidad es más terca que cualquier voluntarismo, la crisis de credibilidad del discurso derechista se acentúa cuando se ponen de relieve los logros del gobierno que cuestionan, sobre todo si quien los reconoce es la propia población beneficiaria.

En el caso del gobierno mexicano, el inicio del año 2023 se presenta promisorio en términos de estabilidad económica. El fortalecimiento del peso, el incremento de las pensiones que reciben adultos mayores, el incremento a los salarios mínimos e incluso contractuales, así como otros beneficios para amplios grupos sociales, representan el éxito de una política económica que, desde un principio, se planteó reordenar las relaciones perversas entre el poder político y económico. Ante la contundencia de resultados que una amplia mayoría popular reconoce como beneficios antes no logrados, la derecha radical descalifica sin más. Peor para ellos, la visita del presidente estadounidense Biden a México y la Cumbre de Países de Norteamérica, mostró que esa derecha que tenemos acá es “más papista que el Papa”.

Siguiendo el clásico método “engelsiano”, de analizar dos polos de una relación por separado, sopesando las características de cada uno de ellos para luego establecer las coordenadas de su relación, habría que tener presente, primero, lo que ya se ha comentado en este espacio, en el sentido de que mientras la oposición de derecha carece de base social y le crecen como hongos los aspirantes a la candidatura presidencial, en la izquierda progresista es al contrario: la base social se extiende y la baraja de aspirantes con posibilidad competitiva se decanta cada vez más. Aparte, lo antes planteado, en el sentido de que, por más que quisieran apostarle al fracaso económico del actual gobierno federal, los resultados muestran que hay una gran diferencia con las políticas depredadoras de gobiernos anteriores. Y, en el caso de la narrativa llevada por la oposición de derecha, para tratar de descalificar el proceso de la transformación social, el extremo al que se ha llegado es más que vacuo y banal. Eso de seguir con la cantaleta de la vuelta al comunismo ya ni Obama lo tenía.

Sin embargo, la derecha se organiza y presiona. Ya congregaron en México a lo más rancio del conservadurismo continental y representantes de los Bolsonaro y otros personajes nefastos vinieron a hacer política violentando incluso nuestra Constitución Federal. Promueven hasta a uno de sus posibles personeros para contender por la candidatura presidencial (como un tal Eduardo Verástegui con el que buscarían replicar la costumbre de entronizar a un actor, quizá como Reagan -que fue su mentor- en Estados Unidos) o algún político ligado al poder mediático (como Peña Nieto en su momento). El problema, para ellos, es que el actual gobierno mexicano tiene otras características que ya se han apuntado antes en este espacio y que, así como van las cosas, va a estar medio caramba que esa derecha radical consiga descarrilar una transformación que, con todo, avanza. Pero de que andan desatados, ni dudarlo.