En la fiesta por los quince años de Morena, se entregó un reconocimiento a Bernardo Bátiz como fundador del partido. El reconocido adulador que fue presentado como jurista, escritor e intelectual es integrante del Tribunal de Disciplina Judicial, una criatura de la reforma judicial que tiene a su cargo vigilar el desempeño de los jueces. Este órgano inquisitorio que puede destituir a jueces es otra de las pinzas que eliminan la independencia judicial en México y a juzgar por la conducta pública del magistrado Bátiz, no tiene intención alguna de simular imparcialidad. El juez acude a un evento de partido y acepta un reconocimiento de esa organización. A los dirigentes no les resultó escandaloso invitar a un evento partidista a un hombre que formalmente debería mantener distancia de los partidos por pertenecer al Poder Judicial. A Bátiz no le pareció indecente presentarse en el festejo ni recibir el diploma que le otorgó una organización política. Tampoco le incomodó exhibir su parcialidad al participar en un evento de esa naturaleza. El abogado que hace unos años declaró confiar más en el juicio del Presidente que en el suyo propio se presentó desfachatadamente en un evento del partido gubernamental, ocupó un asiento de honor y recibió un reconocimiento de Morena.
Que Bátiz haya llegado a una de las instituciones más importantes de la estructura judicial del país es una demostración clara de la atrocidad de la reforma judicial. Un cortesano es exactamente lo contrario de lo que debe ser un juez. Aquella declaración en la que reconocía que su memoria podía flaquear, pero los recuerdos del caudillo constituían para él prueba plena de lo que había sucedido debía haber descalificado definitivamente al expanista para incorporarse a un órgano judicial por modesto que fuera. Si hubiera sido árbitro de futbol habría estado pendiente de las reacciones del caudillo antes de la acción en la cancha. Colocar a Bátiz en esa nueva institución, conociendo la fuerza de su lealtad política y, sobre todo, su sumisión intelectual era una señal clarísima. No solamente se trataba de eliminar la imparcialidad sino de presumir que había desaparecido. No solamente se trataba de convertir a la judicatura en brazo judicial de un partido sino también de eliminar el rigor y el profesionalismo. Bátiz es un ejemplo de la desfachatez del nuevo régimen. Jueces que aplauden efusivamente a los gobernantes e imitan su lenguaje en sus sentencias. Militares uniformados que participan en eventos políticos. Ministros de la Corte que invocan los dichos del caudillo como fuente de derecho. Magistrados dispuestos a participar en eventos de partido.
No hablo solamente del impudor con el que un juez participa en fiestas de un partido. Hablo de las consecuencias de ese descaro. La transgresión del decoro judicial es apenas la cáscara del sometimiento político. El Tribunal de Disciplina Judicial ha empezado a tomar medidas para perseguir y castigar jueces que se apartan de la línea oficial. El caso de la jueza en retiro Martha Magaña es alarmante. El policía de los jueces busca castigo para una jueza que tomó distancia del régimen y que interpretó la ley de un modo que al poder resulta inaceptable. Magaña frenó el trámite de la reforma judicial. Evidentemente la decisión de la jueza es polémica. Algunos sostienen que es indispensable que los tribunales vigilen que las reformas constitucionales sigan el proceso estricto que define la ley. Otros piensan que es inaceptable que un juez detenga la actuación de las mayorías. Un debate que el régimen pretende terminar con el mazo del gendarme judicial.
El gobierno federal, a través de Gobernación denunció a la jueza y con la disciplina de nombre, el tribunal se dispone a castigarla. Un desacuerdo interpretativo dio lugar a un proceso punitivo. El aviso es nítido: si aparece un juez que interpreta la ley de un modo distinto al que utiliza el régimen, tendrá que atenerse a las consecuencias. El asunto es de la máxima gravedad. La reforma judicial se hace sentir en los propios juzgadores atemorizados por los castigos del disciplinador. Esa es la disciplina que se impone: la disciplina de obediencia.