Un día cualquiera, alguien intenta rescatar "aquellas fotos" de un celular viejo: el primer día de clases, la casa recién pintada, el abuelo sonriendo antes de enfermar; conecta el cable a la computadora, la pantalla parpadea y aparece un mensaje duro de leer: "dispositivo no reconocido". En otra casa, la computadora enciende, pero el disco duro hace unos extraños sonidos y se pierde para siempre. En una tercera, la cuenta de almacenamiento en la nube pide verificación y, tras varios intentos, anuncia que fue desactivada por inactividad.
Tres escenas domésticas, un mismo veredicto: lo digital también se pierde. A esa amenaza se le ha dado en llamar Edad de la Obscuridad Digital, no porque falte información, sino porque puede volverse ilegible. Actualmente producimos más registros que cualquier civilización previa, pero los guardamos en medios que dependen de electricidad, contraseñas, software y compatibilidad. En el pasado queda el pensar en cartas, actas, fotos en papel, libros con manchas de café, recibos y recortes., legibles con ojos y luz, sin necesitar nada más.
Nosotros dejamos archivos que piden enchufes, licencias, sistemas operativos y formatos que cambian como modas. La memoria ya no es una caja; es una cadena de compatibilidades. En otras palabras: hablamos a gritos, pero escribimos con tinta que se borra sola.
El primer eslabón débil es el almacenamiento. Un disco duro no es un cofre: es una máquina con partes que se desgastan. Un teléfono no es una bóveda: es un circuito que envejece. Incluso cuidándolo debidamente, los datos pueden corromperse por desgaste de materiales, por errores de lectura o por fallas del controlador. Basta que un bit cambie en el lugar equivocado para arruinar una foto; basta un sector defectuoso para volver ilegible un documento. No hay advertencias, solo un archivo que deja de abrir, como si nunca hubiera existido.
El segundo eslabón, actualización continua del software. El archivo está en el disco, pero el programa que lo creó ya no corre, el formato quedó atrás, la empresa desapareció, el sistema operativo dejó de soportarlo. Es como tener un libro escrito en un idioma que ya nadie habla, pero además sin diccionario. Guardamos mucho y, sin mantenimiento o actualización, convertimos ese "mucho" en jeroglíficos incomprensibles.
El tercer eslabón es la nube, palabra que suena actual y moderna pero que en realidad significa dependencia. Guardamos recuerdos en servidores ajenos, bajo reglas ajenas. Un cambio de términos, una migración mal ejecutada, una fusión corporativa o la simple decisión de cerrar un servicio pueden borrar archivos como quien apaga una luz.
Pero la pérdida digital no solo borra álbumes; borra mundos. "Club Penguin" fue, para millones, una plaza pública infantil: pingüinos, iglús, minijuegos, amistades y códigos de convivencia. Cuando cerraron sus servidores, no se apagó solo un producto; se borró una ciudad entera, con sus rituales y su lenguaje.
Cuando un gran juego en línea baja la cortina, no se pierde solo entretenimiento: desaparecen economías internas, reputaciones, historias compartidas y años de esfuerzo humano.
La paradoja es brutal: hacemos miles de fotos y casi ninguna se imprime; escribimos más que nunca y lo dejamos en plataformas que no controlamos; conversamos en hilos que mañana serán un error 404. La vida digital es una fiesta con vasos desechables: abundante, luminosa y, si nadie recoge, al día siguiente no hay rastro.
Esto puede llegar de manera alarmante a la memoria histórica real, más allá de lo virtual. En México, en años recientes, el discurso público ha insistido en revisar el pasado, resignificar episodios y replantear narrativas oficiales. Pero en la era digital, esa memoria también depende de archivos electrónicos, sitios web, repositorios institucionales y plataformas que pueden modificarse o desaparecer.
El olvido de la verdad puede ser una realidad, solo bajando el interruptor indicado.
X: @jchessal