Los lugares de tránsito se han vuelto destino. Cada que podemos corremos al campo. Allá todo se respira mejor. Pero este último mes, hemos visto lo que nunca: la gente estaciona sus carros a pie de camino, extienden sus manteles, despliegan sus sillas y pasan el día debajo de los árboles, cerca del pasto. Ahí comen, corren, juegan un rato para luego volver a la vida de siempre. La carretera transitoria se vuelve punto de destino. Con los parques públicos cerrados para convivir, hemos recordado que existe la sierra.
Supongo que el aviso del viernes en algo catapultó la salida de los campistas. Volver al semáforo rojo implica, por supuesto, una reversa con aristas delicadas. Por un lado está la imperante necesidad económica, que hará casi imposible de lograr que se cierren los establecimientos no esenciales. Los comerciantes ya no pueden sostener más sus negocios. La industria ha dado todo lo que puede. Otra medida igual y muchos de ellos irán a la quiebra. Pero por otro lado, la salud no entiende de economía. El contagio de Covid 19 se transmite de persona a persona. No hay más eficiente manera de pararlo que quedarnos en casa, o, en su defecto, movernos lo menos posible y salir únicamente a lo indispensable.
Sin embargo, además de los efectos financieros, debemos tomar en cuenta el choque anímico que algunos hemos padecido al saber que estamos lejos de ver el final. Ciertamente hay muchos que nunca han creído que puedan contagiarse. Para ellos, el virus es un ente mitológico, un instrumento de control o el producto de la imaginación colectiva mundial. Como sea, ellos se creen inmunes, pasean y viven como si nada de esto ocurriera. Un conocedor de las ciencias médicas me aconsejó dejar de mortificarme por ellos: “-Esto es como un maratón, Yolanda. Si usted trae buen paso, deje de preocuparse con los que van hasta atrás por no haber entrenado. Ellos ya vivirán las consecuencias, se lo aseguro.-”
El fin de semana pude ver con detenimiento las rocas de la Sierra de Álvarez. La pandemia me ha dejado la atención a los detalles. Es increíble como bien puede pasarse la vida en el mismo entorno y no poner ni gota de atención a las pequeñas cosas. Estos meses de salidas esenciales me han hecho conocer mejor las grietas de las paredes de mi casa, la temperatura variante de cada habitación y la mejor hora de sol en la sala. He movido macetas y sembrado especies distintas conforme a ramitas secas que antes ignoraba. Así, he visto con detenimiento las peñas calizas que bien se han ganado el adjetivo de fantasmagóricas. Por la noche, hay un brillo especial en esas piedras: parecen seres de otros tiempos que visitan este mudo.
Hay algo de elegante en las piedras: sus formas delicadas, la decena de tonos con que se tiñen, las marcas que va dejándoles el tiempo, la vida que anidan en su interior. Esos monolitos que a primera vista aparecen sin ninguna gracia, guardan una delicadeza escondida que sólo se muestra si se tiene la paciencia para observarlas a detalle.
Manuel Vilas escribió: “Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, toda aquello que tras su pérdida, no pudo destruirnos y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría.” Hoy todos nos encontramos lejos de la forma tradicional en que entendemos la alegría, forzados a vernos de cerca y obligados a ver los pequeños detalles de nuestros minúsculos universos. Quizá deberíamos cambiar nuestro restringido concepto y llegar a amar la elegancia de las piedras; porque eso, también es alegría.