En agosto de dos mil diecisiete publiqué en esta columna un texto titulado “Xavi”, en el que me refiero a un niño de tres años que, junto con su familia, muere en Barcelona, víctima de un atentado extremista islámico. En aquella ocasión recuperé algunas ideas sobre la intolerancia, que hoy traigo a cuento de nuevo.
Voltaire escribió, allá en el siglo XVIII, un Tratado sobre la tolerancia, con motivo de la muerte de Jean Calas, hugonote (protestante calvinista) ejecutado por sentencia de un tribunal en Toulouse, acusado de haber matado a su hijo, convertido al catolicismo.
En esta obra, el filósofo reflexiona sobre si la intolerancia puede ser considerado como un ejercicio de la libertad, entendida así como un derecho natural; concluye que no, que esto no es posible: “El derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos”.
En 1916, David Wark Griffith dirigió una película muda, de casi tres horas de duración, titulada Intolerancia, donde entrelaza (es su gran mérito en la historia del cine) cuatro relatos justamente sobre intolerancia e injusticia: recrea la noche de San Bartolomé, la matanza de los hugonotes en Francia ordenada por Carlos IX, a instancia de su madre Catalina de Medici; reconstruye la pasión y muerte de Cristo; una huelga de trabajadores en el siglo XX y la caída de la ciudad de Babilonia en el siglo VI antes de Cristo, a manos de Ciro el Grande, emperador de Persia. Es una película que cumple fielmente con su objetivo: poner frente al espectador la intolerancia como una de las peores expresiones de la naturaleza humana.
Karl Popper escribió, en su obra La sociedad abierta y sus enemigos, que los ciudadanos “…Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos”.
El Diccionario de la Lengua Española define a la tolerancia como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Pero ¿ese respeto es unidireccional o acaso circula en dos vías?
Por supuesto que estoy convencido que la tolerancia es bidireccional. No se puede exigir que se sea tolerante si uno mismo no lo es, pues se rompe el equilibrio necesario entre las partes que conforman al conjunto social.
Hay muchas voces que se levantan en favor de la tolerancia, que piden respeto a sus personas, a sus ideas, a sus preferencias, a sus decisiones; sin embargo, en ese mismo ánimo, buscan someter a la voluntad de los demás, acallar sus ideas y restringir su expresión, so riesgo de ser tachados de intolerantes.
Hoy en día nuestra sociedad es altamente sensible. Muchos se refieren a las nuevas generaciones tildándolas de ser frágiles, “de cristal”. Son la contrapartida de sus antecesores que demostraban (demostrábamos) la intolerancia abiertamente a ciertos aspectos. Actualmente, esta inconformidad es soterrada, embozada bajo el manto de la cordialidad, de la apertura y de la comprensión aparente. Gilles Lipovetsky, en su reciente obra Gustar y Emocionar discurre ampliamente sobre esa necesidad de agrado que se sostiene como la más clara nota de nuestros tiempos: se es tolerante para lograr la aceptación, aunque no se crea en la tolerancia.
Dice Ignacio H. Cisneros, en su libro Los Recorridos de la Tolerancia que ésta representa un ejercicio de apertura mental que es fundamental para entender las razones de los demás. Y así es, ni más ni menos.
¿Algo no le gusta, algo le ofende? Dígalo, hágalo saber pero no quiera imponer sobre los demás su propio punto de vista a toda costa, porque eso es, justamente, ser intolerante.
@jchessal