Cada vez cobra mayor fuerza la festividad de día de muertos, en México; las campañas publicitarias, de ésas que les fascina pagar a las dependencias gubernamentales, nos lo hacen saber. Se invierte en ellas casi lo mismo que se gastaría en aculturar a algún legislador –de los actuales– o a cualquier miembro de un gabinete gubernamental.
Para el caso de San Luis Potosí, se lee o escucha por todos lados, sobre el Xantolo, la festividad huasteca de los muertos. Comentaristas de noticias, guías de turistas, políticos de cualquier nivel, guías de turistas, y hasta conductores de camiones foráneos, que se transfiguran en verdaderas autoridades antropológicas al hablar sobre ella.
Todos son autoridades en el tema de día de muertos: milenaria e inmemorial tradición prehispánica que, por fortuna, nuestros derroteros culturales han logrado conservarla hasta el día de hoy.
Todo, como mucho que nos dicen que así fue, son falacias.
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El Día de Muertos es un producto generado por las políticas nacionalistas del Estado Mexicano de la década de 1930 –concretamente del cardenista: ateo, laico, masón, y socialista, en la búsqueda de conformar una identidad con raíces prehispánicas, y de contrarrestar, o al menos equilibrar la influencia de la iglesia católica en las festividades–, que delinean y conforman en su mayor parte, los rasgos que hoy definen esta celebración.
Así, los intelectuales de ese momento, elaborando un amasijo de elementos prehispánicos y católicos, con trasfondo romano y pagano, articulan un atrayente e interesante híbrido en torno a la cultura mexicana de la muerte.
Es más que obvio (y por más que dentro de los círculos de la burocracia cultural del Estado, se continúe diciendo que es una tradición multisecular y con profunda raigambre prehispánica), esta festividad como la conocemos en la actualidad, era inexistente; al menos hasta la mencionada década.
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El culto a los muertos, que en todo el mundo es una constante cultural, fue propuesto como festividad en el occidente católico –del cual por herencia formamos parte– a fines del siglo X, por Odón, abad cluniacense. Tres siglos después, y ya generalizada, a las oraciones, limosnas y misas para honrar a los difuntos, se había sumado la costumbre de depositar flores sobre las tumbas.
Esta festividad, sólo para quienes morían en la gracia divina, fue colocada en el calendario litúrgico, al día siguiente de la de Todos los Santos, integrada a la cristiandad desde el siglo VII.
Tras la llegada de los europeos al nuevo mundo, y luego de la conquista de los territorios que los españoles llamaron Nueva España, se trasladaron a ésta, las costumbres funerarias europeas, que fueron amalgamadas con las prehispánicas, logrando un interesante sincretismo. Recordemos, considerando lo mencionado en un inicio, que aunque refieren algunas costumbres, ninguno de los cronistas hace énfasis en rituales prehispánicos que nos permitan vincularlos con los actuales.
Es hasta el siglo XIX cuando las festividades lúdicas en torno a la muerte comienzan su aparición; fue un proceso gradual, en el que las visitas a templos y camposantos religiosos, realizadas desde el virreinato, fueros sucedidas, a partir de la sexta década, por verdaderas romerías y peregrinaciones populares, a los cementerios extramuros.
Esto es consecuencia de la secularización de los cementerios (ya no camposantos) y la profusión de las normas higienistas que prohibían sepultar a los cuerpos, en el interior de los templos. Es entonces cuando comienzan las visitas a panteones afuera de las ciudades.
Como resultado de las grandes distancias recorridas hasta los cementerios, los fatigados peregrinos llegaban hambrientos y sedientos. Así, el consumo alimenticio no deriva de comer con los muertos, sino de satisfacer la necesidad del peregrino.
Ignacio Manuel Altamirano, ideólogo liberal y heredero de la tradición indígena (que jamás menciona como conformadora de la festividad mexicana de la muerte), reseñaba: hay banquetes al aire libre, junto a los sepulcros, y estos banquetes son opíparos y consumen mayor cantidad de sustancias alimenticias; hoy, las calzadas que conducen a los cementerios están pobladas de figoneras, y el arte culinario callejero está enhorabuena, hoy se riegan las losas sepulcrales, más bien que con lágrimas, con una catarata de pulque y aguardiente.
Así, el elemento gastronómico formal, hará mancuerna con aquellos dulces de azúcar expendidos afuera de los templos. Cráneos, esqueletos y huesos, con el nombre de algún santo, sucesores de las frutti dei mori (dulces italianos elaboradas de pasta de almendras), representantes de las reliquias óseas de los santos expuestas en los altares medievales; éstas, elementos propios de la osofagia ritual, en España y Nueva España, fueron denominadas alfeñiques. Se suma a esto, el muy mexicano pan de muerto, que no es otra cosa que el español pan de ánimas, elaborado con una base de aceite de oliva, vino y anís. Estos elementos gastronómicos, en amalgama con el neoindigenismo nacionalista que agregó dulces de calabaza, camote, y guayaba, llevan a señalar que las ofrendas son compartidas con los muertos desde la época prehispánica.
Definitivamente la festividad de los muertos no es exclusiva de nuestro país, como tampoco lo son muchos de los objetos que hemos llegado a suponer como propios; sin embargo, al integrarlos a los elementos propios de cada región, de cada ciudad, de cada pueblo, o de cada hogar, se conforman las particularidades que llevan a la conformación de una costumbre identitaria, que hoy, convertida en un lugar común promovido por las instancias nacionales y locales, cultural y turística, nos enorgullecemos en denominar y considerarlo tradicional.
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Tampoco me hagan mucho caso, es mi misantropía natural la que me hace escribir en contra de lo considerado como parte de un orden común. Ustedes sean felices, visiten a sus muertos en donde quiera que los tengan reposando, o disfruten en la Huasteca de nuestro tradicional Xantolo (adaptación fonética de Sanctorum –lugar de residencia de los muertos–); yo me voy a Querétaro a escuchar un concierto de mi amigo el Chino González.