La manipulación

Inédito. La irrupción violenta de simpatizantes del Presidente Donald Trump al Capitolio en Washington, pinta de cuerpo entero el estado de polarización y de hostilidad que se vive en una contienda electoral cuando se construyen narrativas del fraude basadas en la desinformación. Ya habíamos hablado en otro momento sobre la virtud democrática del reconocimiento de la derrota, o bien, del empleo de las vías institucionales para hacer efectivos los medios de defensa que la propia ley establece.

No se trata de una operación de bandera falsa que se realiza con la intención de disfrazar el origen de responsabilidad de un determinado acto -piense por ejemplo en un acto terrorista o una irrupción violenta- con el fin de culpar a alguien más. En esta ocasión acudimos a un triste y burdo ejemplo de manipulación basada en la desinformación. Las personas que hace unas horas interrumpieron la sesión de certificación de la Elección, realmente creen que se ha cometido un fraude. No sorprende que esta estrategia de tergiversación de la realidad pueda ser cultivada por uno de los contendientes, lo que no se espera es que esta narrativa provenga de un Jefe de Estado. 

Conviene pensar en la carga simbólica que tiene la palabra de una persona que detenta la jefatura de un estado frente a la población a la que gobierna -en lo general- y frente a quienes militan o simpatizan con sus posiciones -en lo particular-. Los numerosos enfrentamientos civiles que han ocurrido en Estados Unidos durante los últimos años no son una consecuencia necesaria de las marcadas divisiones sociales de una nación heterogénea: ha sido la construcción de una narrativa hostil que busca legitimidad a partir de la anulación del otro.

Sobre estos episodios que se encuentran en desarrollo, es posible esbozar algunas tres lecciones -quizás elementales- que nos pueden resultar útiles: 1. La población debe entender el funcionamiento de su sistema electoral. 2. Hay que aislar los efectos de la desinformación y 3. Las instituciones deben legitimarse por sobre los embates de los particulares. Detallo brevemente cada una de estas ideas.

Uno de los mayores retos de todo proceso electoral -que por definición es democrático- consiste en que debe presentar su funcionamiento de una manera razonable y lógica frente a toda la población. En ocasiones se comete el error de asumir que una explicación ha sido suficiente: lo que importa es observar de manera detallada la manera en que las personas entienden a los procesos. De lo que se desprende que las narrativas del fraude solo florecen en los fértiles campos de la desinformación, la opacidad y la ignorancia. Y hay quien deliberadamente intenta sacar provecho de eso.

Por eso es fundamental la postura proactiva que aísle los efectos de la desinformación. Uno puede dar por sentado que frecuentemente surgirán personajes interesados en obtener ventajas de un conflicto provocado por la diseminación de información deliberadamente falsa. Algunos taimados aconsejan ataviar la mentira de emotividad o de falacias, lo que despertará reacciones enérgicas en algunas personas. Es manipulación pura y dura. Y debe prevenirse. 

La mejor manera en que una Institución -por ejemplo el funcionamiento general del sistema electoral- pueda legitimarse frente a la población a la que sirve, depende de una amplia comprensión pública de su desempeño basado en la experiencia vivida. Por eso es tan importante colocar a la ciudadanía como protagonista de sus propios procesos electorales. Las instituciones encuentran en el protagonismo de la ciudadanía a su fuente de legitimidad. No son los discursos, las declaraciones de intenciones, sino las experiencias vividas.

¿Qué es lo que nos hace creer y defender lo que es nuestro? Ninguna falacia, ninguna manipulación, ninguna hostilidad lograrán legitimarse por encima de la virtud. Habemos quienes creemos en ello.

 Twitter. @marcoivanvargas