El otro día tuve la oportunidad de sentarme con catorce niños. Once de ellos estaban directamente relacionados con la delincuencia organizada. Niños. Niños de 10, 11, 12 y 14 años que a esa edad fueron iniciados en el narcotráfico.
Y mientras los escuchaba, no podía dejar de pensar en la enorme mentira que les vendimos. Porque una cosa es la narcocultura que vemos en canciones, series, redes sociales y películas. Y otra muy distinta es la realidad que viven una vez estando adentro.
La realidad es dolorosa. La fantasía promete pertenencia. Promete poder. Promete dinero. Promete mujeres. Promete respeto. Promete una salida.
Pero la realidad que yo vi sentada frente a mí no se parecía a eso.
La realidad tenía miedo.
Uno de esos niños tenía tatuada una AK-47 atravesándole la cara. Y aun así, lo único que veía en él era miedo.
Miedo a morir. Miedo a que maten a su familia. Miedo a dormirse. Miedo a no despertar. Miedo a equivocarse. Miedo a salirse. Miedo a quedarse.
Porque algo que no entendemos es que el narcotráfico ya ni siquiera tiene reglas.
Muchos de estos niños entraron creyendo que pertenecer a un grupo criminal les daría protección, pero terminaron viendo cómo asesinaban a sus madres, a sus parejas, a sus hermanos o incluso a sus hijos como forma de venganza.
Otros viven escondidos. Huyendo. Durmiendo armados. Anestesiados en drogas para soportar la violencia que los rodea y la violencia que ellos mismos terminan ejerciendo.
Y entonces entendí algo profundamente doloroso: la mayoría de los niños reclutados por el crimen organizado nunca serán "El Chapo". Porque el problema es que hemos construido una narrativa donde parecería que entrar al narcotráfico es un camino rápido hacia el éxito.
Como si todos fueran a terminar con poder, dinero y corridos. Y no. "El Chapo" Guzmán hay uno.
El común denominador de los jóvenes reclutados por el crimen organizado no son los lujos.
Son los panteones. Son las cárceles. Son las desapariciones. Son los adolescentes convertidos en carne de cañón para una guerra que casi nunca entienden por completo. La mayoría no sobrevive sus primeros tres años dentro.
Y los que sobreviven muchas veces cargan algo todavía peor: la imposibilidad de volver a vivir en paz. Porque después de ver cuerpos mutilados, desapariciones, ejecuciones y traiciones, la tranquilidad deja de existir.
Se vuelve nostálgico algo tan simple como dormir sin miedo. Comer con tu familia. Caminar libremente. No voltear hacia atrás cada vez que entra una llamada. No pensar que alguien te va a matar.
Por eso creo que ya es momento de dejar de discutir solamente la narcocultura como fenómeno estético o musical. La verdadera discusión debería ser qué les estamos enseñando a nuestros niños sobre el significado de pertenecer a ese mundo.
Porque cuando un adolescente cree que un rifle significa respeto, llegamos demasiado tarde. Y cuando la violencia se vuelve aspiracional, el fracaso ya no es solamente del Estado. Es de todos.
Hemos romantizado tanto el horror que dejamos de mostrar cómo realmente termina esta historia.
Y casi siempre termina igual: con un niño muerto, desaparecido o preso antes de entender siquiera lo que era vivir.
(Presidenta de Reinserta)