La muerte de los íconos cimbra porque nos enfrente a nuestra propia mortalidad: cuando los grandes caen, nos recuerdan que si ellos fueron finitos, nosotros también lo seremos.
El Diccionario Panhispánico de Dudas establece que un ícono es la “Representación pictórica religiosa propia de las iglesias cristianas orientales y, en general, signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado; en informática, representación gráfica esquemática utilizada para identificar funciones o programas. Hoy se está extendiendo su empleo con el sentido de persona que se ha convertido en símbolo o representante de algo”. Si tomamos en consideración que los íconos forman parte del gran espectro semiótico y entendemos a la Semiótica como la ciencia derivada de la Filosofía que trata sobre los sistemas de comunicación dentro de las sociedades humanas, estudiando las propiedades generales de los sistemas de signos como base para la comprensión de toda actividad humana; nos encontramos con que los íconos son ciertamente objetos, eventos o personas que han entrado en el proceso de comunicación como parte del proceso de significación (Eco, 1994) y, por tanto, no se puede estudiar al signo fuera del proceso de comunicación.
Así, personas como Carmen Salinas y Vicente Fernández, se convierten en elementos del proceso de comunicación de la mexicanidad; nos guste o no. Veamos: en el caso de Salinas, la caracterización de personajes femeninos identificados con la vida de los estratos sociales populares, de mujeres solas que luchaban para sostener a hijos y familia, sufriendo maltratos de hombres e incluso usando su cuerpo como herramienta de supervivencia y para el placer ajeno, dieron pie a destapar un México bajo, de prostitutas, ficheras, bailarinas, de mujeres que no son santas, pero que harán todo para sostener a los suyos como mártires. Luego, con el paso de los años, Salinas se transformó en una especie de Sara García populachera: la madre, la abuelita que decía maldiciones, que se sabía albures, pero que nunca abandonaba a sus mijitos; la mujer que sufriría callada a ratos pero que estaría ahí, incondicional, abnegada, sin dudar a lado de sus hijos, aunque sean baquetones, mujeriegos, o de plano perdidos. Salinas tuvo éxito porque como cualquier ícono, representaba lo que muchas mujeres vivían y callaban, lo que las madres mexicanas no decían, pero entendían. Encarnaba también a aquellas que resignadas soportaban lo que fuera al interior de sus casas, pero que afuera peleaban como leonas para defender a su manada; esas a las que hasta Caro Quintero les tenía miedo. Carmen Salinas representaba a muchas, por eso su construcción icónica es fácilmente entendible.
En el caso de Vicente Fernández sucede un proceso más o menos similar. El llamado “último charro” es consecuencia de una saga de machos mexicanos de la más pura y descarada cepa. Fernández es el prototipo heredado de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís y tantos otros que se preciaban de ser el mexicano por excelencia: poderosos, proveedores, controladores, mujeriegos hasta donde la luna da vuelta porque no hay mujer que se les resista y si se les resiste, no es en serio, es porque a las mujeres (viejas, les dicen ellos), les gusta hacerse del rogar y no porque no signifique no. A él se le atribuye aquella famosa frase donde comparó a su esposa con una catedral, y a sus amantes como meras capillitas. A todas las visitaba religiosamente, por supuesto. Con su innegable vocerrón complementaba la imagen de macho fuerte, esos que no lloran, desprecian la homosexualidad y se quedarán así hasta que el infierno se congele, porque los machos no se rajan. Los machos aguantan, porque mientras el público no deje de aplaudir, un macho no deja de cantar.
Indudablemente Salinas y Fernández fueron talentosos. Una por entender y encarnar aquello que volaba en el ambiente pero que necesitaba ser representado por alguien, por ella, en el teatro o en la televisión y el otro, con su voz magnífica, por cuidar que la vela vernácula se alimentara del oxígeno que desprendían sus pulmones.
Absurdo sería negar que cada mexicano, cada mexicana, encuentra dentro de sí piezas de lo que ambos personajes representan: cargamos dentro de nosotros al pequeño macho, a la irracionalmente abnegada pero a la vez feroz mujer. Insulso resulta el intento por decir que nosotros no tenemos nada que ver con lo que estos dos personajes representan, porque nadie puede desprenderse del entorno social y cultural donde vive. No somos, aunque lo deseemos, ermitaños inmunes al México que todavía hoy, carga como ejemplos de hombre y mujer mexicana a Carmen Salinas y a Vicente Fernández.
El vacío de los íconos también se llena, así tan sencillo como se llena un vaso de cristal tantas veces sea necesario, con el líquido que se nos antoja tomar. Los íconos no se hacen solos, los construimos nosotros, los alimentamos, adornamos y nutrimos al contentillo. Habrá que ver entonces qué nuevos prospectos ensalzamos y a que nuevas figuras alzaremos. Los íconos han muerto, vivan los íconos.