La nostalgia es un camino

Ayer llevé a los padawanes a la escuela. Fumigaron el lugar en vacaciones, por lo que el regreso trajo consigo unos diez kilos de libros que cargar.

De niña tuve muchas mochilas. Recuero una bolsa que nos hizo mi abuelo: cosió cuero con tozos de tapiz de un sillón que acababan de renovar en su casa. Mi abuelo creía en no desperdiciar nada que pudiera servir aún. Siento todavía, si me lo propongo, el peso sobre mi hombro derecho cargando Dios sabe cuántos libros. No me gustaba mi bolsa-mochila. El tapiz tenía unas flores en tonos amarillos que nada tenían que ver con ninguna tendencia de nada. Sin embargo, la fealdad era compensada con el buen soporte de los kilos de páginas. Tuve muchas mochilas que cedieron al peso, pero esa no. Tirantes descocidos a medio camino y mis brazos, pequeños, teniendo que abrazar aquella carga escolar, deteniendo todo lo que se supone debió ir colgando en mi espalda.

En secundaria me puse a la moda. Tuve una mochila roja de rejas, tipo jaula. La estructura, estilo portafolio, estaba hecha con alambre cuadriculado. Era una cosa trendy en aquellos años, pero uno no podía meter un simple lápiz suelto, porque se salía entre los agujeros de esa tendencia fashion pero impractiquísima. Eso sí, yo me sentía lo máximo cargando mi mochila último modelo. Era roja y siempre me dejaba una marca igual en la mano. Dolía un montón, porque a nadie se le ocurrió que el asa estuviera por lo menos cubierta de algún otro material para hacerla mucho más ergonómica. La moda dolía.

No me acuerdo si usé mochila en la prepa, pero si recuerdo que entré al mundo de los lockers donde, previa renta, uno metía cómodamente sus mugres escolares para sacarlas cuando la clase lo ameritaba. Ya en la universidad y los posgrados, tuve que volver a las mochilas y buscar cargar únicamente lo necesario. Tuve una bolsa-portafolio de piel que hasta hace poco tiré. Una chulada.

Antes decían que la nostalgia era un trastorno psicológico. Una tristeza indomable que causaba serias perturbaciones mentales. En 1979 el sociólogo norteamericano Fred Davis probó lo contrario y estableció que simplemente es un anhelo sentimental por personas, situaciones o lugares que nos hicieron felices en el pasado. La nostalgia tiene utilidad. Ayuda a revalorar las situaciones bajo una nueva luz y da herramientas para lidiar con los cambios, usualmente rápidos, del presente. Constantine Sekikides, profesor de la Universidad de Southampton, ahondó en la nostalgia cuando elaboró la Teoría del Manejo del Terror, en donde uno de los experimentos, era preguntar a un numeroso grupo de personas qué imaginaban sobre su propia muerte. Aquellos que mencionaron comentarios nostálgicos sobre ciertos momentos de su vida, mostraron mucha más paz al momento de hablar sobre su propio fin y encontraban también sentido a su propia existencia. Vieron en perspectiva lo que vivieron y encontraron el porqué.

La nostalgia no necesariamente inunda a quienes tienen mayor edad. Hace unos días Padawan Scoutwalker, quien está ya en vísperas a entrar a secundaria, recordó nostálgicamente con claridad la batita azul con la que entró el primer día de clases al kínder. Describió caras de niños que ahora ya no asocia con nombres y enumeró a aquellos con quienes ha crecido. Pude ver que su cara se llenó de la certeza que da la continuidad de las compañías de siempre.

Después de dejar a mis hijos, me enfilé a la calle de Arista, donde caminé los pasos que seguramente di cuando era una niña en uniforme esperando entrar a la primaria y fue entonces que recordé las mochilas que he cargado y las cargas que he llevado sin mochila. Sentí la ligereza de la nostalgia y supe que la nostalgia es un camino por el cual no pesa andar.