“Una nación que destruye su suelo se destruye a sí misma.”
— Franklin D. Roosevelt
Hay lugares cuya importancia se vuelve invisible precisamente porque siempre han estado ahí. La Sierra de Álvarez es uno de ellos. Se alza silenciosa al oriente del Valle de San Luis Potosí, como una muralla natural que ha acompañado la historia de esta región durante siglos. Pero lo que para muchos es simplemente una silueta en el horizonte, en realidad constituye uno de los ecosistemas más importantes para la supervivencia ambiental de nuestra ciudad.
El pasado 7 de abril, esta Área Natural Protegida cumplió 45 años desde que fue decretada por resolución presidencial en 1981, con una superficie aproximada de 16,900 hectáreas que abarcan territorios de los municipios de Zaragoza, Armadillo de los Infante y San Nicolás Tolentino.
Posteriormente, en el año 2000, la zona fue recategorizada como Área de Protección de Flora y Fauna, reforzando en el papel su importancia ecológica. Sin embargo, la historia real de la Sierra de Álvarez no es una historia de protección. Es una historia de abandono porque sigue sin contar con su Programa de Manejo, el instrumento jurídico y técnico que debería establecer qué actividades pueden realizarse en el área, cuáles están prohibidas y cómo se debe garantizar la conservación de sus ecosistemas.
La ley es clara: dicho programa debía emitirse en un plazo no mayor a un año después de la creación del área protegida. Han pasado más de cuatro décadas y media. Cuando la protección ambiental se queda en el papel, la realidad suele ser devastadora.
La Sierra de Álvarez no es solo un paisaje bonito ni un destino de excursión dominical. Es, literalmente, un sistema ecológico vital para la zona metropolitana de San Luis Potosí. Su cobertura forestal contribuye a la regulación climática, a la captura de carbono y, sobre todo, a la recarga de los acuíferos del Valle de San Luis Potosí, de donde proviene aproximadamente el 95 % del agua subterránea que abastece a nuestra región. En otras palabras: buena parte del agua que bebemos y del aire que respiramos depende del equilibrio ambiental de esta sierra.
Durante décadas se han documentado actividades extractivas, explotación de bancos de materiales, expansión de caleras, deforestación y contaminación de cuerpos de agua, muchas de ellas dentro del propio polígono del Área Natural Protegida. Empresas como Cal Química de México y CALIDRA han sido señaladas por diversos actores sociales debido a los impactos ambientales derivados de sus operaciones en la región.
No es que el problema no se conozca. Es que nadie quiere asumir la responsabilidad de resolverlo.
Desde la sociedad civil se han intentado múltiples acciones para revertir esta situación. Hace algunos años, junto con pobladores de la zona y organizaciones como Cambio de Ruta, promovimos acciones legales para obligar a las autoridades federales a emitir el Programa de Manejo de la Sierra de Álvarez. Aquella batalla jurídica incluso obtuvo inicialmente una resolución favorable, pero posteriormente fue revocada bajo el argumento —tan técnico como absurdo— de una supuesta falta de interés legítimo. Posteriormente, en 2019, más de 20 mil firmas ciudadanas autógrafas y 50mil digitales en change.org fueron entregadas al gobierno estatal solicitando su intervención ante la Federación para resolver este problema. La respuesta fue la misma que ha caracterizado la relación de los gobiernos con la Sierra de Álvarez durante décadas: indiferencia.
El deterioro ambiental continúa y en lugar de proteger este patrimonio ecológico, los distintos niveles de gobierno parecen haber optado por administrar la omisión. Porque decretar un Área Natural Protegida es fácil. Lo difícil es protegerla de verdad.
Y eso exige voluntad política, recursos públicos, vigilancia ambiental y, sobre todo, la decisión de poner los intereses ecológicos por encima de los económicos. Quizá la mejor manera de entender la gravedad de esta situación es hacer algo muy simple: visite la Sierra de Álvarez, recorra sus caminos, observe las zonas devastadas y pregúntese si lo que está viendo corresponde realmente a un área natural protegida.
Delírium trémens.- Lo que hemos escuchado recientemente sobre la calidad del aire en San Luis Potosí resulta francamente preocupante. Algunas autoridades han demostrado no solo una preocupante falta de acción, sino también una alarmante ignorancia técnica sobre lo que significa contar con un verdadero sistema de monitoreo de la calidad del aire. No, un sistema de monitoreo no son solo casetas aisladas.
Un sistema serio implica redes de estaciones, análisis continuo de contaminantes, modelos de dispersión, protocolos de contingencia atmosférica y comunicación pública transparente para proteger la salud de la población. Cuando quienes toman decisiones públicas no comprenden siquiera estos conceptos básicos, el problema deja de ser ambiental para convertirse en un problema de salud pública.
Respirar aire contaminado no es un debate político. Es una cuestión de vida.
@luisglozano