El mundo necesita más cooperación internacional cuando las grandes potencias parecen tener menos incentivos para practicarla. Esta es una de las contradicciones centrales de nuestro tiempo y explica la crisis que atraviesa Naciones Unidas. Cada 24 de octubre, el Día de las Naciones Unidas recuerda la entrada en vigor de su Carta fundacional en 1945. En 2026, la efeméride plantea una pregunta incómoda: ¿cómo preservar la paz internacional cuando quienes tienen mayor responsabilidad en garantizarla también pueden bloquear las decisiones colectivas?
La ONU nació de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial con una premisa fundamental, impedir que la competencia entre Estados volviera a desembocar en una catástrofe global. Ocho décadas después, las guerras, la rivalidad entre Estados Unidos y China y las tensiones en Europa y Oriente Medio evidencian un orden internacional en el que la fuerza vuelve a ganar terreno frente a las reglas compartidas. El problema de Naciones Unidas no es únicamente burocrático, sino político. Su eficacia depende de la voluntad de los mismos Estados cuya conducta debe contribuir a encauzar. El Consejo de Seguridad refleja esta contradicción: sus cinco miembros permanentes China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia conservan el derecho de veto. Cuando sus intereses chocan, la respuesta colectiva puede quedar paralizada.
Además, una estructura diseñada en 1945 difícilmente representa por sí sola la distribución actual del poder. África carece de representación permanente en el Consejo, mientras otras regiones reclaman mayor participación. Reformar Naciones Unidas significa, por tanto, discutir quién tiene voz y quién decide el futuro del orden internacional. Sin embargo, las limitaciones de la ONU no demuestran que la cooperación haya perdido importancia, sino lo contrario. Ningún país puede resolver por sí solo el cambio climático, las crisis sanitarias o los riesgos tecnológicos. Tampoco puede aislarse de las consecuencias económicas y políticas de las guerras. Debilitar los mecanismos de cooperación no elimina los conflictos, reduce las herramientas disponibles para gestionarlos.
La elección del próximo secretario general, que sucederá a António Guterres en enero de 2027, ofrece una oportunidad para renovar la legitimidad de la Organización. En más de ocho décadas, ninguna mujer ha ocupado el cargo, que una mujer latinoamericana pudiera asumir esa responsabilidad representaría un avance tanto en igualdad de género como en equilibrio geográfico. No porque el género determine la capacidad de liderazgo, sino porque una institución que aspira a representar a toda la humanidad debe abrir sus más altas responsabilidades a quienes históricamente han quedado fuera. La representación deberá acompañarse de capacidad diplomática e independencia para negociar con las grandes potencias.
Para México, defender el derecho internacional y participar activamente en Naciones Unidas no es un gesto protocolario, sino una decisión estratégica. En un entorno incierto, las reglas previsibles y los espacios de negociación permiten proteger intereses nacionales y evitar que la fuerza determine por sí sola los resultados.
A 81 años de su fundación, la ONU necesita reformas que respondan a la realidad actual, pero también el compromiso de sus miembros para hacerlas posibles. La verdadera disyuntiva no consiste en elegir entre conservar la Organización tal como existe o prescindir de ella, sino en reformarla o permitir que la fragmentación internacional avance. El multilateralismo no exige que las naciones dejen de competir, exige que comprendan que hay conflictos cuyo costo nadie puede controlar y desafíos cuyo precio ningún país puede pagar por separado.
@molaborda
(Titular del Observatorio de Política Internacional de la Universidad Panamericana)