La palabra y la máscara

Si la palabra de un representante popular se ha desacreditado, sobre todo cuando sus actos contradicen lo que antes ha ofrecido para ganar la confianza del electorado, se corre el riesgo de que igual ocurra si se agrega una forma peculiar de congraciarse con quien quiera escucharlo y, así, ya ni para qué “jugarle al enmascarado”. Tratando de sacar del ronco pecho todo el sentimiento y mostrarse como un “ser auténtico”, la palabra será otra manera de llamar la atención si no se logra el enmascaramiento. “Máscara el rostro y máscara la sonrisa”, diría Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”; empero, la máscara no solamente oculta, también muestra. Esto viene a cuento, luego de que un diputado local se diera vuelo haciendo referencia a la rifa del avión presidencial, en términos de “verles la cara de pendejos a los mexicanos”, como para que no quedara duda del sentido de sus palabras.

Cuando a Roberto Madrazo, siendo presidente del PRI, le preguntaron sobre una eventual candidatura de su hijo Federico, respondió: “no quiero quitarle un espacio a un militante, sobre todo por tres razones: traicionaría a mi padre, Carlos Madrazo; le haría un daño a Federico y, con perdón, no soy un pendejo”. Estas palabras de Madrazo son citadas por Jesús Silva Herzog-Márquez, en un artículo titulado “El basurero de las palabras” (Pulso, 5 de mayo de 2003), para plantear la necesidad de pulsar, sobre todo entre cierta clase política (la que forma parte de las instituciones del poder público) el sentido y sentimiento de las palabras, toda vez que en el orden político son de vital importancia para lograr comunicación, diálogo, entendimiento, sin llegar al aniquilamiento del adversario. “Para organizar el poder se requiere organizar las palabras” (Ibid).

El telón de fondo de la preocupación de Herzog-Márquez, en ese momento, era la disparatada verborrea del entonces presidente Fox, que arremetía, un día sí y otro también, contra lo que se moviera enfrente. Como es ampliamente conocido, Fox terminaría echando al bote de la basura las posibilidades de la consolidación de la transición mexicana, no sólo por sus descarados actos de intromisión, con todo el poder del Estado, en el rejuego de la sucesión presidencial, sino también por el exceso de palabrería hueca que lo acompañaba en sus actos cotidianos de “gobierno” (su “gubernamentalidad”, su mentalidad de gobernante, pretendidamente locuaz pero que, en el fondo de la máscara que adoptaba, estaba cargada de mañas y alimañas -víboras prietas y tepocatas- para “llevar agua a su rancho”), al punto de tener a su lado a un vocero (Rubén Aguilar) que pudiera precisar… “lo que Fox quiso decir”.

De lo antes reseñado, queda la impresión que la opinión del ciudadano tiene a no pocos legisladores locales sin cuidado. En su lógica de apreciación de lo que ocurre en la vida pública nacional, “verles la cara de pendencieros a los mexicanos” puede ser la premisa mayor y, por ende, con más “razón”, a los potosinos. Madrazo sabía que, en el viejo régimen, afirmar una cosa era como enmascarar el sentido de lo dicho para no revolver las aguas y lograr el objetivo inmediato. “El que se mueve no sale en la foto”, “no se hagan bolas”, “arriba y adelante”, “no soy la señora de la casa”, etcétera. Todo un catálogo de frases que implicaban consecuencias contrarias a lo que postulaban. Roberto no sería presidente de México, pero su hijo sí sería candidato “por militancia y convicción”. ¿Que a los mexicanos nos quieren ver la cara? Pues “ni que no fuéramos tan penitentes”, parafraseando el fino humor de un clásico.