Septiembre suele imponernos su liturgia de serpentinas tricolores, arengas sonoras y cornetas de plástico. Nos convoca a celebrar una idea de nación que, al contrastarse con la calle potosina de todos los días, desentona con crudeza. En nuestra ciudad, la fiesta cívica coexiste con una fractura silenciosa: la sospecha entre colonos, las rejas y concertinas que clausuran cocheras en colonias antes abiertas, las banquetas intransitables y la intemperie de un espacio público donde la prisa y el miedo van devorando la conversación. ¿Qué sentido tiene nombrar a la patria cuando el vecino se ha vuelto un extraño y las certezas mínimas del «nosotros» se desmoronan?
Hacer vivo un concepto esencialmente comunitario resulta un desafío titánico en medio del repliegue individualista. Como diagnosticaba Zygmunt Bauman en Comunidad: En busca de seguridad en un mundo hostil, padecemos la paradoja de anhelar el cobijo colectivo justo cuando el modelo social ha pulverizado las condiciones para sostenerlo; la certidumbre compartida cede ante el aislamiento defensivo. A su vez, Robert Putnam documentó con rigor en Bowling Alone cómo la erosión del capital social carcome las redes de reciprocidad y confianza cívica indispensables para cualquier vida democrática. Sin ese entramado elemental, la palabra patria se reduce a una escenografía de temporada que nada dice a quien sortea la falta de agua, las obras inconclusas o la zozobra de no saber si el camión llegará a tiempo.
Frente a la estridencia del nacionalismo de templete, la literatura devuelve la mirada a una escala más honesta. Jorge Luis Borges lo formuló con despojada lucidez al recordarnos que la patria no radica en el bronce ni en el protocolo, sino en la responsabilidad compartida: «Nadie es la patria, pero todos lo somos. / Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / ese limpio fuego misterioso». Ese fuego no se enciende por decreto; vive, si acaso, en el cuidado mutuo de la lumbre común.
Esa misma desmitificación ética encuentra su máxima expresión en la voz de José Emilio Pacheco, cuyo clásico poema Alta traición desarma cualquier tentación patriotera:
«No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / tres o cuatro ríos».
Pacheco despoja a la patria de su mayúscula retórica y la arraiga en la geografía afectiva de lo concreto: no es la abstracción territorial, sino diez lugares y cierta gente.
Para nosotros, esa patria no habita en las consignas oficiales, sino en el pulso tangible de lo local: en el crujido de la cantera rosa del Centro Histórico, en las bancas de la Plaza de Armas o del Jardín de San Francisco donde aún resiste el saludo entre desconocidos, en los andadores de Morales o en la fatiga digna de quienes madrugan en las orillas para sostener la vida en la Zona Industrial. La patria, si ha de significar algo en este tiempo herido, no se honra ondeando banderas de papel, sino cuidando la esquina propia: defendiendo el árbol del camellón, compartiendo el aljibe con el vecino en tiempos de sequía y recuperando la calle como territorio de encuentro. Menos devoción por el mito abstracto; más ternura y compromiso cotidiano por la comunidad que habita nuestro propio suelo de cantera.