La posverdad y la psicología colectiva

En nuestro tiempo, donde todo mundo tiene acceso a un sinfín de datos en la palma de su mano (literalmente), podría suponerse que la verdad sería la nota distintiva, en tanto que siempre se ha creído que, a mayor información, mayor certeza.

Sin embargo, ocurre lo contrario: el exceso de información ha abierto la puerta a la posverdad, un fenómeno que explota la psicología colectiva para manipular percepciones y consolidar narrativas políticas convenientes. En México, este recurso ha sido empleado con especial habilidad por los transformistas, empezando por López, para moldear opiniones y reforzar liderazgos, muchas veces en perjuicio de la realidad misma.

La posverdad, entendida como la distorsión deliberada de la realidad para apelar a emociones y creencias personales, no es un concepto nuevo en la política, aunque es ahora que se ha amplificado en la era digital justamente por el amplio acceso a la información en todas partes.

La mente humana está diseñada para dar preferencia a la información que refuerza sus conocimientos u opiniones previos, lo que se conoce como sesgo de confirmación. Así, las redes sociales, con sus algoritmos que guían indefectiblemente al contenido que agrada a cada usuario, se han convertido en el campo de cultivo ideal para la propagación de narrativas ficticias.

Un caso paradigmático en la política mexicana es el manejo del discurso gubernamental en torno a la corrupción. Desde el inicio del anterior sexenio, se ha construido una narrativa donde el gobierno en turno es un monumento de integridad, mientras que las administraciones anteriores al gurú de los transformistas representan la encarnación del saqueo y la impunidad. 

Si bien es innegable que en el pasado la corrupción fue un problema grave, también lo es que las prácticas opacas no han desaparecido, aun ahora que se pretende hablar de un segundo piso a la cuarta transformación…igual o peor de accidentado.

Sin embargo, la estrategia les ha resultado para sus intereses, ya que cualquier señalamiento de irregularidades dentro del gobierno actual es desestimado por una gran parte de la opinión pública como una invención de los “conservadores” o una campaña mediática. 

Otra expresión de la posverdad en México ha sido la maliciosa “interpretación” de datos económicos y de seguridad. Ante cifras que muestran un crecimiento deficiente o un repunte de la violencia, el discurso oficial recurre a minimizar, a interpretar selectivamente o la simple negación de la realidad. Y aquí entra en juego otro fenómeno psicológico: el efecto de la ilusión de verdad. Repetir una afirmación, sin importar su veracidad, aumenta la probabilidad de que la gente la crea. 

Expresiones como “la economía está mejor que nunca” o “se ha pacificado al país” terminan calando en sectores que, al ser expuestos a estos mensajes de manera reiterada, los asumen como ciertos, no obstante ser mentiras monumentales.

Ahora, el uso de la posverdad no es exclusivo del gobierno, también la oposición tiene lo suyo, ya que también profundiza la polarización social, otro de los efectos psicológicos de la posverdad, empleando exageraciones, mentiras y sesgos informativos.

La solución no es sencilla, pero definitivamente algo hay que hacer. La educación mediática y digital debe ser una prioridad, enseñando a los ciudadanos a identificar fuentes confiables, contrastar información y reconocer las técnicas de manipulación discursiva, vengan de quien vengan, además de un periodismo más riguroso que, en lugar de replicar narrativas sin cuestionarlas, ofrezca un análisis profundo y contextualizado.

La lucha por la verdad no solo es una cuestión de información, sino de resistencia. Una sociedad que se rinde a la psicología colectiva de la desinformación está condenada a repetir los errores del pasado, atrapada en una guerra de relatos donde la realidad es solo un recurso más en la lucha por el poder.

Educación, espíritu crítico y no dogmas.

Jorge Chessal Palau

@jchessal