La razón

¿Cuál es el fundamento que justifica la acción de estado? ¿quién detenta la razón justa que sustenta las decisiones de un gobierno? ¿quién tiene la capacidad de dictar los intereses del estado? ¿y cómo podemos hacer una distinción rigurosa entre los intereses individuales del príncipe y los intereses del estado?.

Desde hace algunos siglos en que como humanidad nos hemos dado normas e instituciones que regulan el comportamiento y la forma de organización social, es posible destacar entre los elementos característicos de los estados modernos a la despersonalización del poder público. Sí. Votamos por personas con nombre y apellido que se presentan ante el electorado con sus atributos personales, sus trayectorias, pero también con sus discursos; con sus recursos histriónicos. Con su manera de presentar una realidad e intercambiarla por acciones consecuentes de la ciudadanía: votar, apoyar o no hacerlo. Pero otra cosa distinta es que, ya entrado el siglo XXI, existan personas que conciben al poder público como un fin y un medio en sí mismo. Consideran que el voto popular (o incluso el voto minoritario de una representación proporcional) otorga poderes amplios, suficientes y cumplidos para proclamar las decisiones personales o de grupo en nombre del pueblo.

A propósito de la representación política en democracia, hace unas semanas escuché una idea que teórica y conceptualmente es correcta y pulcra, pero que de facto me parece preocupante. Siempre existe la posibilidad de que haya personajes políticos que logren victorias electorales a pesar de su notoria incapacidad para gobernar. Quizás Usted recuerde al expresidente ecuatoriano Abdalá Bucaram que gobernó Ecuador por un período de 5 meses y 25 días para luego ser destituido por el Congreso del Ecuador por “incapacidad mental para gobernar”. Una búsqueda sencilla en internet puede informarle sobre las conductas que propiciaron ese desenlace. Pero la preocupación de origen era que en un proceso electoral hubo una porción mayoritaria que percibió que un personaje como Bucaram era quien debía ocupar la Presidencia de ese país. Sobre este episodio escuché la siguiente idea por parte de la Dra. Flavia Freidenberg: había miles de personas que se sintieron representadas en lo que como persona y como símbolo, era Bucaram. El contexto siempre importa.

De la lección de Ecuador también podemos aprender que el orden constitucional y el andamiaje institucional funcionan como mecanismos de regulación del poder público. Lo que permite, entre otras cosas, que los destinos de una demarcación política no dependan única y exclusivamente de los designios de una persona. Evidentemente he empleado el caso extremo del Ecuador para ilustrar una idea fundamental: el voto popular -insisto, así sea mayoritario, minoritario o proporcional- no basta para justificar de forma unívoca las conductas y decisiones que después de convierten en acciones de estado.

El orden constitucional es importante. Como también lo son la división de poderes, la justificación pública de las decisiones gubernamentales, la oposición inteligente y dialógica, la prensa libre, la ciudadanía exigente. He insistido que no debemos confundir el origen democrático del poder público con una aclamación multitudinaria de una razón ficticia. Nuestra sociedad es tan heterogénea que apenas estamos entendiendo que todavía no sabemos qué reglas y/o qué tipo de instituciones necesitamos para que funcione una democracia con ciudadanía multiétnica y pluricultural. Mientras mejor entendamos que la acción del estado requiere de diálogos amplios y de inteligencia colectiva, mayores serán las posibilidades de abandonarnos a la suerte de los personajes. ¿Ha visto que existe la posibilidad de que Donald Trump contienda nuevamente para la presidencia de Estados Unidos?. Hay millones de personas que se sienten identificadas. Nos guste o no, es lo que es. 

Esto no es nuevo. Baltasar Gracián publicó entre 1651 y 1657 su obra culmen “El criticón” en donde se pueden leer las siguientes líneas: “«Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbir y en el asentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas. A tan mecánico aplauso, subió en puesto superior (más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas) un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó a hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella innumerable vulgaridad abobada. Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas, y ellos se lo tragaban; pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire dellos y risa de todos los circunstantes.” (…) “Este es un falso político llamado el Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y, bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados: razones, no de Estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa las costumbres y quema las repúblicas”.

Twitter. @marcoivanvargas