“La reglas cambian” Big brother México

Como mortales testigos simplemente, en horario estelar, en las principales televisoras mexicanas, todos podemos observar sin excepción, un video en el cual se comete un delito de alto impacto, para al termino del mismo quedándonos viendo unos a otros, simplemente moviendo la cabeza en señal de negación y de miedo. Hasta ahí. Los videos criminales grabados y retransmitidos para el horror de todos, unos de origen desde las esferas gubernamentales y los más desde el ámbito privado.

La mayoría de la gente que no está involucrada en actividades ilegales, actúa con naturalidad y no se percata ni se preocupa si hay una cámara de video, (lo de vigilancia, no estoy tan seguro) o no. Lo preocupante es que al día de hoy los que tienen un modo de vida estrictamente delictual, se percatan y ni se preocupan de una cámara de video, sea esta pública o privada.

El negocio de la instalación y uso de cámaras de “video vigilancia” CCTV, esta desquiciado, desde el punto de vista normativo como operativo. En una falsa prevención de riesgos imaginaria, así como la malinterpretación del control espacial de sujetos peligrosos o sospechosos en lugares públicos ha llevado a que al día de hoy, cualquier persona delincuente o no, sea filmada y grabada tanto en lugares públicos como privados. Sin una legislación general regulatoria y algunas locales a medias, debieran empezar las autoridades por hacer un estudio de política-criminal, sobre la viabilidad de estos sistemas de video como objetivo de prevención, disminución, o como investigación pos delictual. Si bien se trata de entender un nuevo concepto de control espacial, este se ha desfasado y pervertido.

Usted estimado lector, sin deberla ni temerla puede aparecer en varios videos tanto públicos como privados, su imagen ha sido captada y oída en infinidad de sitios. Hace diez años en un estudio en Gran Bretaña, se calculó que habría cuatro millones de videocámaras en funcionamiento, tan solo en Londres había medio millón, contando las públicas como las privadas. En México usted puede ser filmado dese la óptica gubernamental, como desde el ojo del Sr. Pérez que instalo una cámara afuera de su casa que filma y graba su banqueta y la calle pública en ambos sentidos.

Con falsos discurso de prevención del delito y de Ciudades Seguras, más la inyección de importantes recursos federales a los Municipios y Estados, la instalación de cámaras a diestra y siniestra, algunas con monitoreo precario y otras sin el mismo, han llevado a que los paisajes de las ciudades este cambiando. En el entendido que se venden como “espacios seguros” y como fortalecimiento de parques, avenidas y lugares públicos de altas concentraciones de gentes, que eleva el nivel de vida, en una interpretación ilógica de que los están observando per se generó un sentimiento de seguridad con orden público.

¿Sin límites ni alcances? Sin límites normativos y con alcances subjetivos. El INEGI en su último censo de gobierno y seguridad pública 2016, en cuanto a lo que tiene que ver con infraestructura para el ejercicio de la seguridad pública, reportó 36,194 cámaras de video vigilancia 29.6% por cada 100 mil habitantes y si le súmanos el mito de los botones de pánico, en México existen 40,322, treinta y tres por cada 100 mil habitantes. “Pecata minuta” con las que están en manos de particulares, comercios, hoteles, centros turísticos, residencias, etc., sin un número exacto y sin control. A lo largo de nuestro país, todos podemos observar una cámara de video, ya sea instalada en un poste, una pared, o en un cable a media calle, nos hemos acostumbrado a verlas y suponemos que nos debemos sentir seguros, nada más lejos de la realidad.

Aún con todo, si se hiciera una encuesta entre la población usuaria de la vía pública, un gran porcentaje preferiría ver una cámara de video colgada, a no ver nada y preferirían más cámaras, sin dimensionar, su confiabilidad, los derechos personales a la privacidad y como un simple concepto de ciudadano de caminar libremente sin ser vigilado. Y viéndolo desde una perspectiva de igualdad, estaríamos en un momento dado en situaciones de mera etiquetación, perfilación y de exclusión de quienes filman y graban.

El sospechosismo y segregación en su máxima expresión: “parece peligroso, drug dealer, puta, gay, vendedor ambulante, vago, mimo, carterista, enganchador, pedófilo”, etc., estarían siendo utilizados por quienes creen factible considerar un espacio libre, seguro o inseguro, como una especie de asepsia de gente perniciosa, solamente la gente “bien”, zonas nice y las de los nacos, a través de la video vigilancia.

En consultorías en seguridad que he transmitido a industriales, me cuestionan invariablemente de la factibilidad de las cámaras de vigilancia para sus empresas, les comento que depende del monitoreo de las cámaras, así como los protocolos éticos establecidos de su manejo, grabación y estudios de movimientos, así como de flujos de personas y vehículos, etc. Sin monitoreo, una cámara es más que inservible. La difusión exagerada que se ha hecho de los beneficios de las cámaras de vigilancia, así como de su ficticia prevención del delito, como aquel cuento viejo de “dejar un foco encendido para que no se metan los ladrones”, hoy instalar una cámara de video para que no te roben, es igual de mitológico. La diferencia de uno y otro, es que con el foco encendido llegaban y lo rompían, y pa dentro; hoy con la cámara es probable que tengas una “evidencia” de que robaron, si hay nitidez en la imagen, lo cual no sucede comúnmente, es todo.

TAPANCO: La tecnología de la video vigilancia, así como el uso de Drones en materia de seguridad, sin duda son un soporte socio-técnico que debería permitir detectar y determinar aquellas conductas antisociales de las de la convivencia pacífica y de iguales, en forma por demás regulada y con profesionales éticos de la tecnología. Aconteció, que un C-4 algunos se dedican a observar en sus monitores a mujeres de bellos cuerpos y los más, se dedicaban a monitorear el despliegue de unidades de las fuerzas armadas en la ciudad para informar a la delincuencia organizada.

Francisco.soni@uaslp.mx