La retórica del futbol

La víspera del 11 de julio de 2010 me encontré en una vinoteca de la Ciudad de México un par de botellas de un vino poco conocido entonces en nuestro país, pero muy interesante porque lo firmaba Peter Sissek, cuya fama había explotado unos años atrás al conseguir los primeros 100 puntos Parker para un vino español, Pingus 2004. ¿Un tinto de la gran añada 2004, de la Ribera del Duero y de Sissek, en oferta? Mi buena fortuna marcaba un excelente augurio para la final de la Copa del Mundo que se jugaría ese domingo, así que compré los Hacienda Monasterio con la finalidad de abrir uno de ellos para la comida post partido, con la esperanza de que fungiera como vino de celebración si España se coronaba y como consolación si los verdugos de México en el episodio del “Nofuepenal” nos vencían.

España obtuvo su primer Mundial aquella tarde veraniega de 2010 y al constatar que el vino prometía un futuro brillante, guardé en mi cava la segunda botella de Hacienda Monasterio para descorcharla cuando España añadiera una segunda estrella a su escudo.

Así como Vicente del Bosque llevó a la Selección Española al, hasta hoy, mayor hito de su historia en Sudáfrica (consolidando una generación extraordinaria de jugadores que en junio de 2008 Luis Aragonés había guiado al campeonato de la Eurocopa de Austria-Suiza —en donde avasalló a la gran mayoría de sus contrincantes—), Luis de la Fuente, un antiguo lateral riojano, ha conseguido un lugar en la final de la Copa del Mundo este 2026, habiendo ganado con la misma autoridad la Eurocopa del 2024.

Como hemos platicado en diversas ocasiones, las vertientes y posibilidades del arte son muy amplias. No se trata de encontrar coincidencias —porque nada de esto es una de ellas—, ni de hacer estadística deportiva, se trata de llamar la atención sobre algo que atañe tanto al arte como al vino, una emoción que trasciende lo futbolero: la magnitud estética y la perfección técnica que pueden alcanzar once hombres jugando a la pelota, de otra manera llamado virtuosismo. 

Importa en menor medida quién es el artífice del estilo que ha ganado las copas apuntadas que la expresión en sí, que la perfección que ha rozado el grupo que hoy la ostenta. Una de las cualidades de la ejecución artística es hacer ver fácil lo difícil. El equipo de De la Fuente, cuando está inspirado en el orden de su estilo, genera en lo particular y en conjunto el sueño del futbol —y de Agamenón—: el de la eficacia que permite la retórica. Es probable que esta eficacia de España ante Francia del pasado martes, junto a la elegancia y la plasticidad de su danza sobre el escenario, al menos por momentos, haya conseguido desplegar el mejor futbol de la historia.

Esperemos que este domingo la Selección Española de Futbol dé una nota, si no es posible mayor, al menos en igual tesitura y nos permita descorchar esa virtuosa botella de Hacienda Monasterio que ha estado esperando deciséis años por este momento.

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