La solución está en el suelo

En pleno 2026, cuando la crisis climática ya no admite eufemismos ni discursos huecos, seguimos mirando al cielo para buscar respuestas: las emisiones, las industrias, los combustibles fósiles, las cumbres internacionales, las promesas gubernamentales. Pero una parte decisiva de la solución no está arriba. Está abajo. En el suelo.

Sí, en ese suelo que durante décadas hemos pisoteado, erosionado, contaminado, compactado y cubierto de cemento como si fuera un estorbo y no uno de los sistemas vivos más importantes del planeta. Porque el suelo no es simple tierra. Es memoria biológica, reserva de agua, soporte de alimentos, refugio de microorganismos y, además, uno de los grandes aliados en la captura de carbono.

Durante mucho tiempo se nos hizo creer que el problema climático sólo podía enfrentarse reduciendo emisiones. Desde luego, eso sigue siendo indispensable. Pero hoy entendemos mejor algo igual de importante: no basta con dejar de emitir; también tenemos que recuperar. Recuperar agua, fertilidad, biodiversidad y, sobre todo, carbono. Y el mejor lugar para hacerlo no siempre está en una gran máquina futurista ni en una promesa tecnológica milagrosa, sino en los procesos más elementales de la naturaleza.

La llamada agricultura regenerativa parte justamente de esa lógica. No se trata de una moda verde para tranquilizar conciencias urbanas, sino de una forma más inteligente de relacionarnos con la tierra. Labrar menos, cubrir el suelo, usar composta, diversificar cultivos, evitar químicos agresivos, rotar pastoreo, devolver materia orgánica. En otras palabras: dejar de tratar al suelo como un objeto explotable y empezar a entenderlo como un organismo vivo.

La naturaleza no desperdicia nada. Nosotros sí. Ese es uno de los grandes dramas de nuestra época. En la mayoría de los hogares, la materia orgánica termina mezclada con el resto de la basura y enviada a tiraderos, donde se pudre mal, contamina y genera más problemas. Lo que podría ser abono termina siendo pasivo ambiental. Lo que podría regenerar el suelo, termina degradando el aire, el agua y el entorno.

Por eso la composta, aunque parezca una acción pequeña, tiene una fuerza enorme. No va a resolver por sí sola el colapso climático, desde luego. Pero sí corrige una absurda costumbre moderna: llamar basura a lo que en realidad es vida en transformación. Compostar es cerrar un ciclo. Es devolverle al suelo algo de lo mucho que nos da. Es convertir residuos en fertilidad. Es participar, desde casa, en una lógica distinta: una lógica de regeneración y no de descarte.

Y aquí conviene decir algo con toda claridad: vivir en un departamento, tener poco espacio o no contar con jardín ya no es pretexto suficiente. Hoy existen formas sencillas de compostar incluso en espacios pequeños. Lo que hace falta no es una gran infraestructura, sino una mínima voluntad de dejar de vivir de espaldas a los ciclos naturales.

Pero tampoco caigamos en la ingenuidad cómoda de pensar que todo se reduce a acciones individuales. No. También hacen falta políticas públicas serias: manejo adecuado de residuos, restauración de suelos, impulso real a prácticas agroecológicas, protección del territorio, freno al cambio de uso de suelo y menos simulación institucional. No puede pedírsele a la ciudadanía conciencia ecológica mientras desde el poder se sigue premiando el extractivismo, la devastación y la urbanización sin sentido.

El suelo es mucho más que la superficie que pisamos. Es el punto de encuentro entre clima, alimento, agua, salud y futuro. Destruirlo ha sido una de las expresiones más torpes de nuestra arrogancia. Regenerarlo tendría que convertirse en una de las formas más inteligentes de nuestra sobrevivencia.

Quizá la respuesta siempre estuvo ahí, silenciosa, discreta, debajo de nuestros pies. Mientras algunos siguen vendiendo soluciones grandilocuentes, la naturaleza insiste en recordarnos una verdad elemental: sin suelo vivo, no hay futuro vivo.

La solución, sí, está en el suelo.

Delírium trémens.- Lo más grave no es sólo que quieran meter franquicias al Tangamanga; lo verdaderamente escandaloso es que el gobierno ya dejó claro que ve al parque como negocio y no como área verde pública: concesiones de hasta 20 años, cobro de entradas, membresías, comercios y hasta la idea de que el proyecto “debe dejar utilidad” significan más presión sobre el espacio, más lógica mercantil y menos vocación ambiental. Un parque urbano no se protege llenándolo de marcas, restaurantes y contratos de largo plazo, sino cuidando su función ecológica, social y paisajística; convertirlo en centro comercial con toboganes no es modernizarlo, es desnaturalizarlo. Tangamanga no necesita más explotación disfrazada de entretenimiento; necesita más defensa frente a un gobierno que confunde lo público con lo rentable.

 @luisglozano