El Mundial ha traído estadios llenos, fiesta en las calles y millones de personas moviéndose entre ciudades, hoteles, bares, restaurantes, transporte, plataformas digitales y empleos temporales. Aunque México quiere mostrar su mejor cara hay otra oculta: la de un país que llegó al Mundial con la trata de personas ya instalada. No hay datos suficientes para afirmar que el Mundial aumentó la trata en México, Estados Unidos o Canadá. Sería irresponsable decirlo sin evidencia. Lo que sí sabemos es que los tres países sede emitieron alertas preventivas porque los grandes eventos deportivos pueden facilitar la explotación sexual, la explotación laboral y el lavado de dinero asociado a estas redes.
El Mundial no inventa la trata; la encuentra y si el Estado no actúa, puede volverla más rentable, más móvil y más invisible.
En México llegamos al torneo con una realidad alarmante. En 2025 se registraron 1,150 víctimas de trata de personas, 45% más que en 2024. Antes de que iniciara el Mundial ya había tan sólo en 2026, 206 denuncias relacionadas con trata: 58 por explotación sexual, 19 por trabajo o servicios forzados y 129 por otros fines. Ésas son apenas las cifras oficiales. La dimensión real es mucho mayor, porque la trata vive precisamente de lo que no se ve: del miedo, amenazas, pobreza, corrupción e impunidad.
La campaña Mundial Sin Trata ha señalado que en México hasta 96% de los casos no se reportan. Esto quiere decir que cuando hablamos de trata hablamos, sobre todo, de personas atrapadas en silencio; de víctimas que no denuncian porque no pueden, porque tienen miedo, porque desconfían de la autoridad o porque la autoridad también forma parte del abuso.
La trata puede esconderse en muchas formas: explotación sexual en zonas turísticas, hoteles, bares, departamentos rentados o servicios anunciados en redes sociales; explotación laboral en construcción, limpieza, cocina, seguridad privada, transporte, comercio informal o servicios temporales; trabajo infantil, mendicidad forzada, reclutamiento engañoso, retención de documentos, amenazas migratorias, deudas impuestas o salarios controlados por terceros.
Por eso el problema no son los eventos deportivos sino la impunidad. Un megaevento como el Mundial genera movilidad, dinero y demanda. Puede significar derrama económica legítima, pero también oportunidades para redes criminales que ya operan en el país. Más visitantes implican más hospedaje, más transporte, más entretenimiento y más contrataciones temporales. Sin vigilancia, inspección laboral, inteligencia financiera y mecanismos reales de denuncia, la fiesta puede convertirse en mercado para quienes trafican con seres humanos.
Lo más grave es que México no llega a este evento con instituciones fuertes; llega con fiscalías rebasadas, pocas investigaciones efectivas, enorme cifra negra y autoridades que suelen reaccionar tarde. En trata, como en desapariciones, feminicidios, extorsión y homicidios, el problema no es sólo que el delito ocurra. El problema es que demasiadas veces ocurre con la certeza de que no habrá consecuencias.
La prevención no puede reducirse a campañas de buena voluntad. Se necesitan inspecciones donde la autoridad sabe que hay más riesgo; capacitación a personal de transporte y hospedaje; protección específica para niñas, niños, adolescentes, mujeres y migrantes; coordinación con bancos y plataformas digitales, y rutas de denuncia que realmente protejan a las víctimas.
El Mundial no debe medirse sólo por goles, estadios llenos o derrama económica. También debe medirse por la capacidad del Estado para impedir que la fiesta se convierta en negocio para quienes explotan cuerpos, miedo y necesidad.
La trata no empieza en el estadio o en un magno evento, empieza donde hay pobreza, abuso, corrupción, impunidad y autoridades que prefieren mirar hacia otro lado. El Mundial sólo puede amplificar lo que ya estaba ahí y en México, lamentablemente, la trata ya estaba ahí mucho antes del silbatazo inicial.
(Presidenta de Causa en Común)