La utopía de los extremos: un mundo sin el otro

Las buenas conciencias de la izquierda y de la derecha se escandalizan ante el crecimiento electoral de una u otra. En todo el mundo se expresa el miedo a que la derecha llegue donde gobierna la izquierda o a que la izquierda arribe al poder donde el gobierno está en manos de partidos de derecha. Así, en Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina, El Salvador. Europa padece otro tanto y comparte el mismo síndrome: Estados Unidos, España, Francia atestiguan luchas encarnizadas que demonizan al adversario y lo hacen parecer la amenaza de la última y eterna condena. Por si no bastara, los medios echan leña al fuego y sacan raja en el también polarizado mercado de la información y de las redes.

Los proyectos políticos que fomentan la polarización han dejado de ser ofertas electorales y se han convertido en cruzadas religiosas. Al igual que en aquellas gestas, solo una religión puede prevalecer y todos tienen que beber del vino del único santo grial, so pena de ser expulsados al mundo de los infieles. Un nivel más bajo de aceptación del sentido de la democracia por parte de los polos en pugna es difícil de encontrar, salvo en las guerras de religión. Hay en esos extremos un sentido fanático; una incapacidad mórbida para “traducir” sus propuestas al lenguaje de los ciudadanos de a pie y para reconocer en estos la última instancia de la decisión en la urna del sufragio. Hace unos días, el presidente Gustavo Petro dijo amenazante que, a propósito de las posibilidades de que gane la derecha en la segunda vuelta en Colombia el próximo domingo, él estaría dispuesto a salir a defender “las conquistas conseguidas con tanto esfuerzo”, pues no aceptaría que unas “simples elecciones” las cancelaran. Su candidato, Iván Cepeda, tomó distancia enseguida y dio por válidos los resultados.

La democracia exige de las partes en competencia la aceptación de las reglas del juego, que implican la autocontención ante condiciones adversas. El grupo en el poder tiene la obligación de respetar la integridad electoral en la competencia y de aceptar de antemano la posibilidad de su salida. Sin esta aceptación, la democracia sucumbe, pues es la antípoda de la guerra civil. En México nos estamos acercando peligrosamente a la destrucción de esa autocontención. En nuestro caso, se trata de la izquierda en el gobierno, que culpa a una “derecha” abstracta e indeterminada de toda crítica a su desempeño y de toda oposición a su proyecto. Ni siquiera admite el debate entre puntos de vista distintos dentro de su propio proyecto. Está en plan de todo o nada, y ahí solo manda el líder supremo. Las elecciones de 2024 fueron “elecciones de Estado”. Teniendo Morena el control del aparato del Estado y habiendo subordinado a las autoridades electorales, volcó su poder para reducir al mínimo las posibilidades de derrota, hacerse de una sobrerrepresentación en el Congreso y apropiarse de la Constitución, como vimos en las reformas de septiembre y octubre de 2024.

Ahora que se acerca el momento en que el INE debe decidir si otorga el registro como partidos a las organizaciones que han cumplido los requisitos de ley, ya se manifiesta la intolerancia que busca nulificar las nuevas opciones políticas. Tal es el caso de las acciones de funcionarios morenistas que actúan para que el Tribunal Electoral se vea forzado a impedir el registro de SomosMX. Así actúan los aspirantes a instituir definitivamente una autocracia que aún no ha alcanzado el control electoral absoluto. Y se atreven a decir que esa es la “verdadera democracia”, un mundo sin los estorbos del otro.

@pacovaldesu

(Investigador del IIS-UNAM)