La terrible pandemia del Covid 19 nos ha llevado a una situación en que la afirmación de la vida humana se ha vuelto, más que nunca, un postulado indispensable de nuestro actuar social. Acudir a la aplicación de las vacunas y asumir los cuidados necesarios para contrarrestar los contagios de ese virus que se resiste a terminar, representan las mínimas responsabilidades que, personal y colectivamente, tenemos que asumir para salir, más temprano que tarde, de esa larga noche que nos ha tocado experimentar. Se trata de un postulado porque, aunque sabemos que la vida no se tiene comprada y la muerte puede llegar en cualquier momento, no por eso debemos esperar a que el destino nos alcance así nomás, sino que se debe procurar que la vida humana sea afirmada de manera cotidiana, en todo lugar, no sólo en términos de una subsistencia material digna, sino también de razonable espiritualidad, algo así como lo que el maestro Enrique Dussel ha planteado como “la vida perpetua”, parafraseando el clásico postulado kantiano de “la paz perpetua”.
Pero, además, el maestro Dussel ha relacionado esta ética de la vida cotidiana con la economía, de tal suerte que la afirmación de la vida en el sentido de contar con razonables condiciones de subsistencia sea orientada, sobre todo, a las víctimas de un sistema tan depredador como lo es el capitalismo neoliberal que va por todas las canicas, es decir, por la mayor explotación del hombre y la naturaleza para obtener lo que se conoce como tasa de ganancia pero de manera descomunal, ajustándose a pie juntillas a lo que Marx denominó como “ley de acumulación”, caracterizada por la degradación de la vida en uno de los polos de la relación capital-trabajo, como miseria del posesor de su mera corporalidad ofertada como fuerza de trabajo, mientras que en el otro polo se da un enriquecimiento brutal de unos pocos. Pero ya se sabe que el capitalismo actual enfrenta, cada vez más, límites absolutos, en el sentido de terminar con las posibilidades de la vida misma en el planeta por esa desenfrenada como irracional carrera por la devastación de la naturaleza.
Pero no se trata de la naturaleza como algo en sí, sino en relación con el ser humano, como materia susceptible de ser trabajada por la mano del hombre para afirmar la vida comunitaria, de allí la célebre frase de Marx que reza: “hablar de una naturaleza sin relación al ser humano, es tanto como hablar de una isla coralífera de reciente creación en Australia”, esto es, que no se puede hablar del ser humano como alguien aislado porque sería una “robinsonada” (creencia de que Robinson Crusoe surgió de la nada) y, sobre todo, que no se trata de un mero materialismo vulgar, sino de considerar al ser humano como el sujeto cuya vida se debe afirmar siempre en la historia. De allí que, también, Federico Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, escriba que: “en la interpretación materialista de la historia, la última instancia es la vida, sobre todo la vida inmediata”. Así las cosas, la afirmación de la vida inmediata, la que exige un mínimo de bienestar personal y colectivo, como principio ético, también exige orientarse a la reivindicación de las víctimas de una irracionalidad económica que les impide afirmar su vida, por lo que no es cosa menor que, ahora, se tomen en nuestro país decisiones de política pública en ese tenor.