“Mi esposa y yo siempre fuimos muy cachondos. Hicimos el amor antes de casarnos”. Ese indiscreto comentario les hizo don Ardencio a sus amigos en la mesa del Bar Ahúnda. Acotó uno: “Muchas parejas hacen el amor antes de casarse”. Preguntó don Ardencio: “¿En el atrio de la iglesia?”... El jefe de personal le dijo al solicitante de empleo: “Debo hacerle algunas preguntas. ¿Ha sido usted sometido antes a algún interrogatorio?”. A muchos -respondió el hombre-. Soy casado”... A otro le preguntó alguien: “¿Crees en la eficacia de las máquinas detectoras de mentiras?”. “Claro que sí -respondió-. En mi casa tengo una”... No falto a la verdad ni a las buenas maneras si digo que Afrodisio Pitongo es un hombre lujurioso, lascivo, lúbrico y libidinoso, dicho sea para usar sólo palabras que empiezan con la misma letra. Le hizo a Dulcilí, muchacha de buenas costumbres, una propuesta por demás indecorosa. Inquirió ella: “Pero ¿me amas, Afrodisio?”. Replicó, irritado, el impúdico sujeto: “¿Qué tiene qué ver el amor con esto?”... La linda Susiflor le comentó a su maestro: “Mi novio es todo un caballero. Siempre que nos encontramos me besa la mano”. Comentó el profesor: “La intención puede ser buena, pero la puntería es pésima”... Matrina lucía las evidentes señas de un próspero embarazo. Se la topó una amiga a quien hacía tiempo no veía. “¡Santo Cielo! -exclamó la amiga, que conservaba las jaculatorias aprendidas de su madre-. ¿Estás embarazada?”. “No -respondió con sequedad Matrina-. Es un encargo que me dejó una prima que salió de viaje”... Rosibel le dijo a Loretela: “En el cine puedes aprender muchas cosas acerca del sexo. Claro, si no te distraes con la película”... La hermosa chica que tomaba clases de natación le preguntó con inquietud a su instructor: “¿Está usted seguro de que si me quita la mano de ahí me entrará agua y me hundiré?”… El vecino de don Sufricio vio un camión de mudanzas frente a la casa de éste. Le preguntó: “¿Vas a mudarte?”. “No -respondió don Sufricio-. Es mi mujer, que regresó de hacer sus compras”... Sor Bette, maestra de moral del Colegio de las Damas, acompañó a dos de sus alumnas a comprarse ropa de invierno, pues se anunciaba una onda fría. En la tienda la encargada les mostró un abrigo. “Éste cuesta el doble que los demás -les informó-. Es de lana virgen”. “¿Lo ven, chicas? -les dijo sor Bette a sus pupilas-. La virtud paga”... Noche de bodas. Tras consumar el matrimonio el novio quedó descoñetado. Un momentito, por favor. Voy a ver que significa ese término, “descoñetado”, que nunca había aparecido en esta columna. Define el lexicón de la Academia: “Descoñetado: derrengado”. Avidia, la recién casada, le pidió ansiosamente al exhausto mancebo: “Hagámoslo otra vez”. “Espera un poco -replicó el exhausto mancebo-. Déjame reponerme”. “¿Qué? -se impacientó Avidia-. ¿Venimos aquí a perder el tiempo?”. (Esa joven debe conocer la frase que en relación con lo mismo dice don Abundio el del Potrero: “No es lo mesmo dar que recebir”)... Corita, joven mujer de rostro agraciado y armoniosa arquitectura, caminó por la playa y fue a dar a una pequeña bahía solitaria y de invitadoras aguas que se adivinaban frescas. Apretaba el calor, de modo que la bella muchacha se despojó por completo de sus ropas para nadar ahí. En eso se apareció el guardia de la playa. Corita se cubrió apresuradamente lo que pudo con brazos y manos. El guardia le indicó: “Deberá usted pagar dos multas. Una de 500 pesos y otra de 5 mil”. “¿Por qué? -se alarmó ella. Explicó el policía: “La de 500 pesos por faltas a la moral. La de 5 mil por ocultar artículos de primera necesidad”. FIN.