El viernes cinco de mayo de dos mil veintitrés aparecerá en los libros de historia como la fecha en que la Organización Mundial de la Salud declaró el fin de la emergencia sanitaria mundial causada por el covid-19.
Sin embargo, no desaparece el virus, sus contagios y sus consecuencias, que hoy por hoy han cambiado al mundo. Veamos algunos de esos impactos en la sociedad.
Cambió la interacción social, pues el distanciamiento y las restricciones impuestas para frenar la propagación del virus alteraron nuestras formas de relacionarnos con los demás. Las medidas de confinamiento y el trabajo remoto motivaron un aumento en el uso de la tecnología para mantener la comunicación y las relaciones interpersonales. Las videollamadas, las redes sociales y las plataformas de mensajería nos replantean la importancia de la interacción presencial y han generado cambios en las dinámicas de la vida social, cuyos efectos no necesariamente son evidentes en este momento.
La pandemia trajo un impacto significativo en la educación, obligando al cierre de escuelas y universidades en todo el mundo, por la necesidad de variar el proceso de formación a partir del aumento en clases a distancia en línea. Esto hizo evidentes las brechas digitales y la desigualdad de acceso a la educación en todo el mundo y en México en particular, además de generar un encendido debate sobre la importancia de la interacción personal y el aprendizaje colaborativo en el proceso educativo.
También se transformó el ámbito laboral. La pandemia impulsó una aceleración en la adopción del trabajo remoto y el uso de tecnologías digitales. Muchas empresas y organizaciones se vieron obligadas a implementar el teletrabajo como medida de prevención. Esto vino a cambiar de manera radical la dinámica laboral y ha planteado nuevas interrogantes sobre la organización del trabajo, la flexibilidad laboral y la conciliación entre la vida personal y profesional. También quedó en evidencia la importancia de ciertos trabajadores esenciales; este concepto de “actividades esenciales” llevó a una profunda una reflexión sobre las desigualdades laborales, la identificación de trabajadores y empleos indispensables, así como aquellos prescindibles y no necesarios.
El COVID-19 afectó la salud de diferentes formas, pero no debemos descartar el profundo impacto en la salud mental de las personas. El miedo, la incertidumbre, el aislamiento social y las consecuencias económicas aumentaron problemas como la ansiedad y la depresión, dejándonos en claro la importancia de abordar y quitar el estigma a este tipo de problemas y fortalecer los servicios de apoyo y las redes de cuidado
También cambió nuestra percepción del tiempo y la planificación a largo plazo. Las medidas de confinamiento y las restricciones impuestas causaron una sensación de incertidumbre y a una mayor atención al presente inmediato. Esto ha tenido un impacto en la planificación personal, profesional y social, además de generar una reflexión sobre la importancia de la resiliencia y la adaptabilidad en un mundo cada vez más volátil y cambiante.
El cierre de teatros, cines, museos y eventos culturales trajeron una mayor digitalización de estas experiencias. Las plataformas de streaming, los conciertos virtuales y las exposiciones en línea se convirtieron en alternativas para acceder a la cultura y el entretenimiento. Esto ha planteado desafíos para los artistas, quienes se han visto obligados a adaptarse a nuevas formas de crear y compartir su trabajo.
Nuestros hábitos de consumo y la conciencia sobre la sostenibilidad también fueron impactados notablemente. El cierre de tiendas y la disminución de la actividad económica generó una reducción en el consumo de bienes no esenciales, al mismo tiempo que puso en relieve la importancia de la producción local, la agricultura sostenible y el cuidado del medio ambiente.
Una lista no exhaustiva de las secuelas del covid-19, del mundo que nos deja.
@jchessal